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El año del fin del mundo

El año del fin del mundo

El año del fin del mundo
septiembre 10
17:54 2014

Recuerdo perfectamente aquel año en que los canales de televisión, los brujos, los gurús  del new age y los periódicos vaticinaban el fin del mundo. De repente, el tiempo pareció más fugaz y cada ser humano se preocupó por hacer lo que siempre había querido antes de precipitarse hacia la meta ineluctable. Algunos prefirieron la muerte a la angustia. Otros se volcaron a la contemplación y la autoinspección. Otros se dedicaron a vivir, a gozar o a consumir alcohol y drogas. Pero nadie sabía cómo sería el fin del mundo.

Los fanáticos de los deportes no querían dejar este mundo sin saber qué equipo ganaría la serie mundial de béisbol, el campeonato de fútbol americano, el Open de tenis, el campeonato nacional de baloncesto, la Eurocopa, el Mundial de Fútbol… Fue entonces que a alguien se le ocurrió una idea que cambiaría para siempre el mundo de los deportes y nos encaminaría hacia una nueva era post fin del mundo.

Se sabía desde hacía mucho tiempo que en un partido de baloncesto sólo importan los últimos cinco minutos. Por lo tanto, si nuestro tiempo estaba contado, como la mayoría lo creía, si se reducían los partidos a sólo cinco minutos cada uno, en una hora se podrían ver doce y entonces el campeonato podía condensarse. A cada equipo se le asignarían cien puntos al inicio, porque ningún partido de baloncesto termina cero a cero, y el puntaje es bueno para la moral del equipo. En los demás deportes se hicieron arreglos similares.

El problema con los deportes es que si no son interrumpidos por algunas publicidades, los jugadores no pueden convertirse en millonarios. Y todos querían terminar su vida con cierta riqueza, aunque no les sirviera mucho después de la fecha pautada para el fin del mundo. Entonces, en un tiempo récord, la cámara de representantes y los congresistas aprobaron nuevas leyes, autorizando el uso masivo de la publicidad subliminal.  Las imágenes más variadas fueron así mezcladas con las de los partidos, lo que se tradujo en ventas récord a precios de fin de mundo.

El mismo fervor en reducirlo todo a su mínima expresión, extrayendo así los conceptos más importantes, fue ganando todas las áreas del ámbito social.  Las telenovelas, otrora conocidas como “culebras” debido a sus enredos y su longitud en el tiempo, fueron condensadas y abreviadas. Los diálogos, las noticias y los discursos de los políticos en el congreso fueron depurados, limitándose muchas veces a una sola palabra. Los oradores, los predicadores, otrora conocidos por su verbo entusiasta, prolífico e incontrolable, también redujeron sus sermones a lo más relevante.  Los escritores no se quedaron atrás. Incluso, algunos trataron de escribir best-sellers que constaran sólo de diez palabras. El mítico Libro atómico, el que consta de una sola palabra, se convirtió en el Santo Grial de la literatura. Hasta este día, a pesar de muchos intentos, nadie ha logrado alcanzarlo.

Poco a poco y gracias a la cercanía del fin del mundo, nos fuimos dando cuenta de las cosas que realmente son importantes, fuimos extrayendo la esencia de todo lo que nos rodea y llegamos a la conclusión, ya conocida desde tiempos inmemoriales por los cabalistas, de que, a pesar de que la naturaleza aborrezca el vacío, como lo dijo Blaise Pascal, está llena de vacío. Y nuestra realidad también lo está, aunque de otro tipo.

Como era predecible, el fin del mundo no llegó en la fecha indicada. Los Mayas se habían equivocado, nos dijeron luego los mismos periódicos y canales de televisión  que tanta publicidad le habían hecho a su fatídica predicción.  La verdad es que nunca hubieran podido contabilizar las sutiles variaciones de la velocidad de la luz en el vacío, que supuestamente debiera ser constante, y usamos para medir el tiempo y las distancias. Todo es ilusión. Lo sabemos, pero no lo queremos creer.

Al alejarse de nuevo el espectro del fin del mundo, las cosas regresaron poco a poco a su cauce, y nos fuimos llenando de vacío y gastando de nuevo nuestro tiempo en cosas inútiles. No seguimos viviendo con la misma premura, ni apreciamos lo más importante. Algunas veces, al despertarme, añoro aquel año del fin del mundo, pero la esperanza de futuros recuerdos me ayuda a destilar mi esencia para estar listo cuando llegue mi final.

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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3 comentarios

  1. Manuel Gayol
    Manuel Gayol septiembre 14, 16:17

    Hay mucha esencia filosófica en este breve texto. Y para hacerle honor al “año del fin del mundo”, solo me resta decir que es muy bueno, sencillamente muy bueno. Gracias Jose Luis, un abrazo, Manuel

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  2. Kiko Arocha
    Kiko Arocha septiembre 15, 08:00

    José Luis es un creador respecto a la línea argumental de sus cuentos. Sus conocimientos de física y matemática también lo hace apartarse de caminos trillados en la literatura.

    Reply to this comment
  3. Armando Añel
    Armando Añel septiembre 16, 17:18

    José es dueño de una imaginación desbordante. Gran narrador.

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