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El astronauta hospitalario

El astronauta hospitalario

El astronauta hospitalario
marzo 29
22:00 2014

Me gusta frecuentar las salas de emergencias, mejor dicho sus salas de espera, no porque mi salud sea precaria, al contrario, es excelente. Pero en ninguna otra parte puedo experimentar la misma sensación de mi cuerpo en caída libre o en estado de ingravidez. Acudo a ellas cada vez que siento que necesito un descanso en mi ajetreada rutina de vendedor ambulante de enciclopedias. Ingreso bajo un pretexto que por lo general debería provocar una intensa conmoción en el hospital. Sin embargo, el resultado es el opuesto. Al entrar a  la sala de espera, todo sentido de urgencia se desvanece, todo mi estrés se esfuma. Puedo descansar tranquilamente mientras espero que me atiendan. Siempre me voy antes de que lo hagan y así nunca tengo que pagar. Mejoro súbitamente y me despido con una sonrisa, como si saliera de un spa.

Mi adicción por las salas de emergencias ha ido creciendo con los años. Es  increíble la tranquilidad que se respira en ellas no estando sometido a ninguna de esas músicas extrañas, como el rap o el reggaeton, ni al ruido de fondo de la televisión que es usual en las salas de espera de los consultorios médicos. Al contrario, muchas veces sólo hay silencio, y si hay música, es muy relajadora, casi celestial. Debe ser grandioso el efecto placebo que reina en estos lugares privilegiados del espacio-tiempo en los cuales todos se apuran con lentitud, como la tortuga de La Fontaine. Hasta las enfermedades se detienen en seco, haciendo un paréntesis séptico. Cuando era niño y no iba a la escuela porque había amanecido con gripe o con dolor de cabeza, milagrosamente me sentía mejor y hasta culpable de haber faltado a clases. Tal vez la supresión repentina de un gran estrés produzca un importante efecto analgésico.

El concepto de urgencia es relativo. Si los galenos no se apuran en atender a todos aquellos que acuden por emergencias, cabe preguntarse si realmente existen tales emergencias. En menor escala, a muchos nos ha ocurrido que al acudir al consultorio, porque ya nos sentíamos cerca de algún peligro y al borde de una enfermedad horrible, nos hayan dado cita para dentro de algunas semanas, ignorando nuestra urgencia. Y aún así sobrevivimos. Me pregunto si muchas enfermedades son sólo ficciones creadas por nuestro cerebro, ficciones que se curan con las endorfinas que nuestro propio cerebro produce, administrando así el veneno y su antídoto.

Los empleados del hospital ya me consideran hipocondríaco y no me piden que llene los formularios. No imaginan el placer que siento. Cada sesión es como un viaje a la luna y lo mejor de todo es que no me cuesta nada.

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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