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El camino de la semilla

El camino de la semilla

El camino de la semilla
marzo 16
15:25 2014

Nací cerca del mar Caribe. En mí convergen varias razas y por mí corre sangre española, francesa, africana e indígena. Difícil dilema  para una persona como yo el calificarse como hombre puro de razas. Como todo miembro de las culturas esenciales que habitan las islas hermanas de Puerto Rico, La Española y Cuba, soy resultado de un proceso histórico complejo en el que se han cocinado las raíces de casi todos los continentes.

No en vano, algunas investigaciones realizadas en los últimos años por universidades cubanas y la Academia de Ciencias de ese país me confirman lo que a simple vista observé en algunos parientes. Los genes indígenas están aún entre nosotros y muchos nacidos en Cuba guardan en su ADN un componente que por muchos fue visto como borrado de nuestra historia.

Conferencia compartida acerca de Puerto Rico, República Dominicana y Cuba, impartida por el autor en la Biblioteca de Glendale, California, el 15 de marzo de 2014.

Hablar aquí en el centro de la ciudad que me acogió luego de mi tormentosa experiencia en mi país de origen constituye un honor. Gracias a la organización que auspicia este evento tengo la oportunidad única de compartir espacio con mis hermanos, los caribeños que hablamos alto como buscando que el mundo nos escuche desde nuestras islas y también quizás saboreando bien un mofongo, un mabí o un pru oriental en la zona del ron, el daikirí, el mojito y la piña colada.

Recuerdo en este instante el lechón asado de la nochebuena o de nuestras fiestas típicas. Me suena el merengue que bailé en los carnavales de mi ciudad natal adonde el acento de sus habitantes se confunde a veces con los dominicanos o los puertorriqueños.  No puedo menos que mirar hacia atrás y pensar en el paraíso que perdí y en las desgracias que abandoné. Mi Isla es tan mía como la de mis hermanos dominicanos o  borinqueños. Todos pensamos que nuestros lugares natales son la “tierra más hermosa que ojos han visto” como Cristóbal Colón calificó a mi Cuba  con su mirada comercial  con que describió también esas otras tierras que siento también como mías.

A mi memoria vuelven los libros de Historia de Cuba y entonces ya sentado en mi pupitre de escolar recuerdo textos de Julio Le Riverend o Levi Marrero que calificaban a Cuba como receptora de grupos indígenas básicos, todos de alguna manera repitiendo los párrafos escritos por el padre Las Casas y otros cronistas de indias que mencionaron la existencia de tres conjuntos aborígenes habitando la isla.

La academia cubana de historia repitió esa calificación que abarcaba a los llamados guanajabeyes, siboneyes y taínos como las tres divisiones encontradas por Colón, quien en su diario indica que no todos se podían  comunicar entre ellos. Siempre me dijeron que a Cuba llegaron los aborígenes que encontraron los españoles, unos pocos cientos de años antes del llamado descubrimiento  o encuentro de civilizaciones mancillado por el genocidio que acompañó la entrada en la órbita hispano católica.

Mucho ha cambiado desde entonces y hoy en día varios trabajos validados por instrumentos científicos se ha evidenciado la llegada del hombre americano a la tierra cubana en un tiempo que varía dependiendo de la fuente y que la sitúa entre siete mil y diez años antes de Colón. Esto, por supuesto, complica el acercamiento a una o a unas culturas hoy desaparecidas y solo se mantienen presentes en las marcas lingüísticas que llevan lugares como la ciudad en que nací: Guantánamo, así como a infinitos lugares en toda Cuba y en el Caribe Español.

Pecando de subjetivo, soy nacido en la tierra de Guayo, un cacique taíno que murió combatiendo la invasión española inspirado por Hatuey, un dominicano, a quien llamamos nuestro primer mártir y quien prefirió morir en la hoguera después de preguntar si los españoles iban al cielo y, casi ya convertido, al recibir la respuesta positiva dijo que si ellos iban entonces él prefería morir. No en vano mi provincia preserva la única tribu oficialmente reconocida, aunque varios de sus miembros, incluyendo el cacique, presentan rasgos mestizos.

Soy de la tierra de los Indios de Yateras, conocida por su valentía y también curiosamente por luchar junto a España contra los criollos blancos que buscaban la independencia.  Pérez, apellido casi autóctono de mi región y común entre criollos y mestizos, fue el patronímico más importante de las zonas adonde se puede apreciar ciertas características de los viejos pobladores de la isla: pequeños de estatura, piel cobriza y pelo lacio.

Hagamos un paréntesis dado el título de este trabajo que es una parodia del Viaje a la semilla de Alejo Carpentier. Tomé ese título para explicar el vínculo entre la historia más contemporánea con los orígenes olvidados de aquellos hombres que amaban la tierra y se comunicaban con lenguas similares a las tribus sudamericanas y del amazonas que utilizaban el arawak. En ese cuento  se pretende, a modo del  Alex borgiano, pero con el estilo de nuestro autor cubano-francés y caribeño, encontrar las raíces de un hombre que va caminando en un viaje a sus orígenes, los más puros y menos contaminados. Mi parte aborigen encuentra una analogía con lo que pretendemos hoy.

Pero en medio de esa búsqueda de las poblaciones anteriores a Colón no podemos como en varios países latinoamericanos encontrar  única y verdadera esencia de lo cubano.

Para explicar los orígenes  no podemos en modo alguno sustentar una tesis de nacionalidad basado solo en criterios antropológicos, genéticos o lingüísticos como hemos indicado con relación a  culturas que han desparecido mayormente por la esclavización, las enfermedades del primer siglo de conquista y por el mestizaje muchas veces forzado que ocurrió en nuestras islas caribeñas.

Luego de un proceso difícil y de algún modo genocida en el que muchos de los nacidos en Cuba no meditamos suficientemente,  debido a nuestra educación europeizante o a la perseverancia de lo africano y occidental como pilares mayores de nuestra identidad, se llegó al criterio casi generalizado de que los aborígenes habían desaparecido totalmente sin dejar rastros.

Si bien los primeros indígenas arribaron unos milenos antes, ya andaban en etapa de extinción el grupo de los guanajatabeyes o sus similares. Vivían en cuevas, recolectaban algunos peces y frutas y dejaron pinturas rupestres, pero fue el grupo culturalmente más atrasado y también el más fácil de eliminar por los españoles. Vivieron en la parte occidental de la isla y pueden según algunos investigadores ser originarios de Norteamérica.

Por su parte los siboneyes, una etnia un poco más avanzada que se puede observar por su organización y sus viviendas en forma de choza, se ubicaron hacia el centro de la isla y pueden haber llegado entre siete mil y cinco mil años antes de Colón. Los estudios de la Academia de Historia de Cuba señalan su posible relación antropológica y lingüística con los grupos subtaínos y taínos que habitaban más hacia el oriente aunque también llegaron a tener avanzadas en varias zonas del país.

Los taínos ocuparon más que nada el oriente de Cuba y se dividen en alfareros y semialfareros. Tenían una división más cercana a al neolítico superior debido a sus bohíos, casas, todavía usadas por algunos campesinos así como el caney típico del jefe del cacicazgo. Hubo muchos en la región oriental. Pero los de la zona más al este pueden catalogarse más como verdaderos taínos. Solo la actual provincia de Guantánamo  se relacionaba con sus pares de otras islas caribeñas como Puerto Rico. Ellos cultivaban la tierra, recolectaban frutos y usaban como base de su alimentación la yuca y el casabe, especie de tortilla producto de ese tubérculo. Practicaban un deporte similar al béisbol llamados batos y bailaban una música sensual y apoyada en las caderas que se conoce como areíto. Junto a ello, se conservaban los cemíes, símbolos de su cultura y creencia y hablaban una lengua similar al arawak amazónico de Venezuela y Colombia.

Algo de eso quedó en el subconsciente cubano por su aficción a un deporte que solo en el Caribe ha encontrado plaza fuera de Norteamérica y Asia. También la mezcla posterior con lo africano nos hace tan particulares en lo musical y danzario y me refiero a todas las islas hermanas que varias veces he señalado en el día de hoy.

Los taínos parece ser el grupo que mayor resistencia ofreció a la dominación española no solo por lo que se conoce de su enfrentamiento con ellos sino también por su sobrevivencia cultural en áreas como Manzanillo y Las Tunas lo que puede comprobarse al leer el poema Espejo de Paciencia de principios del siglo XVII adonde varios de sus personajes son descritos como indígenas. No podemos olvidar la región de Guantánamo y Baracoa así como Mayarí que se encontraban más incomunicados y por tanto pudieron coexistir mayormente hasta el siglo XIX e incluso como ya mencioné muy limitadamente hasta hoy en día adonde su desaparición parece ya inminente pues carecen de lengua propia, autonomía  y otras creencias que los identificaron.

Ahora bien, como ya he indicado no podemos hablar de un verdadero viaje a la semilla en Cuba si no tomamos en cuenta los factores que genética, lingúistica y culturalmente han dejado una marca definitiva en mi país y de un modo similar o propio en las otras islas caribeñas.

En el siglo XVI se fundaron las villas cubanas. Se parceló la tierra en hatos y caballerías, se establecieron los realengos y se trajeron los esclavos africanos que pasarían a ser la principal mano de obra en toda la etapa colonial. Junto a la colonización española vino el negro y la isla primero los utilizó en tareas difíciles pero no tan complicadas como las que tendrían que enfrentar cuando la trata negrera desbalancearía la población hasta hacerla crecer a números mayoritarios en la primera mitad del siglo XIX cuando la plantación azucarera y cafetalera traída por los franceses que huían de Haití cambiaría la base ganadera y de contrabando llamado Comercio de Rescate en los primero siglos de ocupación de la metrópoli.

La Revolución de Haití influyó y mucho en la cultura de la isla, principalmente en la parte oriental  Por primera vez en la colonización se permitió la emigración de miles de extranjeros no hispanos. Ellos trajeron su cultura, su tecnología y también sus esclavos. De ahí que se desarrollaría una conexión cultural con lo francés y haitiano. De alguna manera, se matiza lo cubano con un nuevo elemento que puede observarse en los cafetales de la zona de Guantánamo y Santiago de Cuba, declarados por la UNESCO como patrimonio de la humanidad y que son una muestra de lo que trajeron los franco-haitianos al ser aceptados en el país.

En la novela Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, se retrata esa sociedad cubana del siglo XIX mayormente de la parte occidental adonde la población se entremezclaba como en el resto del país produciendo el mal del incesto entre hijos bastardos y legítimos, y adonde se cocinaría la mezcla de los cuarenta nombres del negro o mestizo, como Fernando Ortiz clasificó las mezclas existentes en el país ya entrado el siglo XX.

Pero los criollos que se dividieron en independentistas y pro-españoles no cejaron en su intento de forjar la nación o preservar la provincia que fiel a España siguiera la corriente de la economía floreciente pero de una dependencia innecesaria.  Por eso tanto tardó Cuba en forjarse como nación aún a costa de una división que yo miro a distancia como un lastre de mi país de origen y que solo se explica por la falta de coherencia entre sus pobladores y por la individualización de las situaciones allí existentes.

A diferencia de Puerto Rico que recibió la autonomía bien temprano o de la República Dominicana invadida por Haití, reintegrándose a España o alcanzando su independencia primero, Cuba se debatió en conspiraciones, el miedo al negro y las guerras por la independencia que duraron más de quince años sin contar períodos de tregua que alargaron la confrontación por casi treinta años.

Así el fenómeno conocido por miedo al negro se corrigió en una resolución colonial inédita. Ya después de la década del sesenta se permitió la emigración europea con el fin de cambiar la configuración racial del país. De un 30 por ciento de blancos en la primera mitad del siglo XIX se pasó a más de un 70 por ciento. La novela expresionista de Mi tío el empleado de Ramón Meza describe La Habana como asiento multicolor de rusos, serbios, y otros europeos que continuaría una tradición que se cortará con la entrada de los barbudos en 1959.

Los chinos, llegados a Cuba en fecha tan temprana como 1847, según un descubrimiento reciente, colocan a mi país en la avanzada de esa emigración en todo el continente americano. Ellos se mezclarían en sus primeras décadas con africanas libres o esclavas y constituyeron una fuerza indomable en nuestras guerras de independencia.

En la segunda mitad del siglo XIX, la presencia indígena solo era visible aisladamente en algunos lugares pero curiosamente en una evolución del romanticismo tardío cubano se idealizará al indígena en una corriente poética llamada siboneyismo y que encontró su figura principal en el poeta Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, maestro de la décima y conocido por el sobrenombre de Cucalambé. Paradoja de la época, cuando el indio había casi desaparecido se idealizó su influencia como ocurre en el poema “Hatuey y Guarina”.

Ya a fines del siglo XIX se producirá algo que truncará en mucho la evolución de lo cubano con la intervención norteamericana en la guerra de independencia. Luego de la reconcentración genocida y una tardía concesión de autonomía  Cuba pasará transitoriamente a manos norteamericanas hasta lograr la independencia en 1902 con muchas limitaciones que marcaron la historia de Cuba republicana, especie de parodia latinoamericana de dictadores y presidentes electos junto a una riqueza económica que le permitía en medio de muchas discrepancia alcanzar un lugar en la economía de la región solo superada por Argentina o Uruguay,  según estadísticas de la ONU y la Unicef correspondientes a la década de 1950.

Quizá por eso es difícil comprender el cambio que vino con el 1959 y que por razones personales prefiero no abordar, por mis amargas experiencias y mis discrepancias con un proceso que pretendió saldar la deuda incompleta de la República para convertirse, en mi opinión, en la pesadilla de la nación que vio nacer.

Para terminar creo que cuando Nicolás Guillén escribió el poema de “Los dos abuelos” y buscó explicar las raíces europeas y africanas de su identidad y de los cubanos aún no habíamos encontrado la evidencia de esa carga genética y tampoco la persistencia de una huella que acompaña a millones de cubanos.

Aun cuando ser caribeño implique la mezcla de razas, mayoritariamente africanas o españolas y algún toque asiático, en el caso cubano no podemos olvidar la noble raza que pobló la tierra que ellos llamaron Cubanacán y que los españoles pretendieron renombrar como Juana y hoy vibra como Cuba, a pesar de sus miserias en medio del Caribe con toda la carga que heredamos los nacidos allí.

Sobre el autor

Julio Benítez

Julio Benítez

Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertes de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

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2 comentarios

  1. Callejas
    Callejas marzo 17, 12:57

    excelente recorrido historico por la tierra del Guayo.

  2. Armando Añel
    Armando Añel marzo 17, 13:01

    muy bueno, clase de historia y aguda mirada…

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