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El corrimiento del profesor Nopilla

El corrimiento del profesor Nopilla

El corrimiento del profesor Nopilla
enero 20
21:09 2015

Nopilla era nuestro profesor de geografía. Ese no era su verdadero nombre, creo que se llamaba Roberto, pero nadie le conocía como tal, para todos era simplemente Nopilla, el profe de geografía. El mote se lo había ganado por su símil con un desaliñado personaje de una tira cómica que se publicaba en Cuba a finales de los 70.

A Nopilla le era muy cómodo explicar la geografía política en aquel entonces, y a nosotros nos era más fácil entenderla. Desde el momento en que los alemanes rojos, por encargo de los soviéticos, habían editado para los cubanos cuasi rojos unos planisferios gigantescos, todo era más sencillo de explicar y de entender. Eran estos mapas unos cuadros muy sencillos y de parcos colores. Bastaban tan solo unos minutos para familiarizarse con ellos y captar el mensaje que trasmitían. En aquellos años, de manera imperativa, en cada aula se instalaba un juego de estos mapas y muchos de ellos se mantenían desplegados durante todo el tiempo, como simples adornos suplementarios. Podía un alumno distraerse de la explicación de Nopilla, pero hacia donde quiera que mirara siempre tropezaba con la imagen coloreada de un idílico y bien organizado planeta.

Nopilla nos había explicado las sencillas normas para aprobar su asignatura. Por ejemplo, la primera norma, consistía en que la Unión Soviética, ese inmenso territorio de color rojo intenso, simbolizaba siempre lo bueno, y se encontraba cercano a lo perfecto. La Unión Soviética, según Nopilla, estaba en la fase del socialismo maduro y sentando ya las bases para el salto definitivo hacia la sociedad ideal y perfecta, es decir, la comunista. Cuando el profesor explicaba aquella primera norma se emocionaba tanto que se ahogaba y tenía que hacer un alto obligatorio. Segunda norma: los países socialistas de Europa del Este y de Asia comunista, que eran de un rojo menos intenso, simbolizaban lo bueno asimismo, y eran países hermanos que practicaban el internacionalismo socialista y la ayuda recíproca. Para hacer más evidentes estas dos primeras normas, nos recalcaba el noble Nopilla que la mayor parte del globo terráqueo estaba coloreado de rojo, por lo que los rojos, los buenos, eran la mayoría casi absoluta, eran los poderosos, los potentes, y de esta manera lo bueno, el socialismo real, conformaba una sociedad perfecta, eterna e indestructible.

La tercera norma del maestro Novilla, la que nos hacía repetir hasta el cansancio y la que escrutaba en todas las preguntas de control, residía en que los Estados Unidos de América se coloreaban siempre de un color azul intenso, y que siempre —y aquí hacia un alto, se erguía, repetía la frase y nos la hacía copiar en la libreta— representaba todo lo malo sobre el planeta. Nos agregaba que este país, como el resto de los países capitalistas desarrollados, era imperialista, que transitaba por la última fase del capitalismo, la cual era la antesala del socialismo, por lo que estos territorios azules estaban condenados y muy pronto estallarían las revoluciones rojas y serían teñidos de rojos. La cuarta norma consistía en que sus aliados de la OTAN y otros estados capitalistas eran los de un azul menos intenso y simbolizaban lo malo también. La quinta norma, acerca del resto de los países que se coloreaban en verde (el color de la esperanza), radicaba en que estos no eran consideradas naciones buenas ni malas, sino territorios amorfos, dependientes e incapaces que, por la inevitable ley del corrimiento hacia el rojo, llegarían algún día a ser buenos estados socialistas. Para cuando llegara este momento, el profesor nos mostraba su caja de crayolas rojas, listas, según él, para continuar agregando porciones de socialismo y aumentar la parte buena del mapa de sus clases. La sexta norma se refería a los territorios coloniales, los cuales se coloreaban en un amarillo tenue y eran insignificantes por ahora.

Era muy fácil de entender, había muy poco que explicar y las preguntas estaban limitadas. El profesor, ajustado a su cerrado guión de clases, solo se centraba en argumentar que el globo terrestre no había tenido siempre esa tonalidad, pero que dentro de algunos años todo se correría hacia el rojo. Entonces, nuestro excelso profesor nos explicaba con una pasión que nos dejaba sin aliento que la teoría científica del “Corrimiento hacia el Rojo” había sido descubierta por los eméritos académicos del Instituto Lomonosov de Moscú, los cuales después de prolongadas e intensas investigaciones científicas habían hallado que, siguiendo el curso de las leyes de la naturaleza, la física, la historia y las ciencias sociales, todos los países del mundo en un momento dado se correrían hacia el rojo, es decir, transitarían hacia el socialismo, hacia lo bueno, arrebatados por la majestuosa fuerza de atracción que este venerable color ejerce sobre el resto del espectro político mundial. Se esforzaba el noble mentor en explicarnos que la re-coloración no sería un proceso precipitado, ni pacífico, ya que matar la alquimia del azul y lograr su conversión al rojo no era tarea nada fácil para la socio-química política socialista, se necesitarían varios procesos previos para ello, pero era posible ya que este cambio estaba sujeto a una ley universal ineludible. Sin detenerse en el memorizado guión, nos explicaba que el verde sería más factible de matar con el rojo, y que no importaba si tendía hacia el amarillo al principio, ya que al final el rojo se impondría: el corrimiento era una ley universal inexcusable, descubierta por los clásicos del marxismo e instrumentada en la práctica por el noble, pero invencible, estado proletario soviético.

Gracias a la pasión con la que el profesor Nopilla nos repetía hasta el cansancio su “Tesis marxista del corrimiento hacia el rojo”, y debido al atractivo contagioso de los gigantescos mapas colgados por todo el aula, la geografía política llegó a ser la asignatura preferida por el grupo y la de las calificaciones más notorias en la escuela.

Pero un día sucedió lo impensable. Uno de los alumnos polillas, llamado Alex, uno de esos de espejuelos de fondo de botella que siempre andan pegados a los libros y escondidos tras los estantes en los rincones más oscuros, se apareció en el aula con una publicación rara y desconocida por todos. La revista, por haber sido impresa en el país del azul más intenso, estaba por mandato prohibida en la escuela, por lo que la habían enmascarado con la cubierta de una revista publicada en el país más rojo. En el horario de la tarde, durante el estudio independiente, la amena publicación circuló de mano en mano, y en un santiamén la mayor parte del grupo había digerido el artículo de las primeras páginas. Estaba ilustrado con increíbles y brillantes recuadros que nos dejaron a todos boquiabiertos. La publicación incluía una entrevista a un eminente científico británico de apellido Hopkins. En el extenso artículo, con atractivas ilustraciones galácticas intercaladas, era explicado al detalle, por el compañero Hopkins, que el “Corrimiento hacia el Rojo” era la teoría científica mediante la cual los astrónomos de mayor reconocimiento en el mundo explican los orígenes del Universo y las causas por la cual todos los cuerpos que se encuentran en el espacio sideral se alejan unos de otros a una velocidad increíble, y agregaba que la teoría del impulso inicial justifica el origen explosivo de esa gran dispersión universal, etcétera, etcétera, etcétera. Al concluir la tarde, casi todo el grupo conocía el contenido de la publicación azul y una sensación extraña flotaba en el aula. Todos comprendimos en el acto que el profesor Nopilla se aprovechaba de nuestro encierro académico y de nuestra candidez para confundirnos y engañarnos con sus plagios y sus falsas teorías comunistas.

A partir de ese día el interés y el entusiasmo se perdieron de las clases de geografía. El profesor Nopilla, imbuido en sus apasionadas disertaciones sobre la grandeza del rojo, apenas se daba cuenta del aire tenso que se respiraba y que ningún alumno tomaba notas en los cuadernos. Cuando se percató, ya era demasiado tarde. Maritza, la pecosa pelicolorada de la juventud comunista, la que recitaba en los actos políticos de los matutinos, fue la encomendada por el grupo para aclarar la duda. La muchacha, con lágrimas en los ojos y asiendo con fuerza la revista en su mano derecha, le contó a Nopilla de nuestro descubrimiento acerca de la falsedad de su tesis y de la verdad sobre el “Corrimiento hacia el Rojo”. Ese día perdimos a nuestro noble profesor de geografía. Después de escuchar impávido la narración de su alumna preferida, el profesor tomó entre sus manos la revista enemiga, la leyó brevemente y con fuertes tirones la fue rasgando, hasta convertirlas en diminutas partículas, mientras, su semblante, usualmente lívido, se fue corriendo hacia el rojo como su tesis, hasta adquirir un tinte próximo al morado violáceo. Concluida la destrucción del folleto de marras, nos gritó que éramos todos unos traidores, unos “diversionistas” y unos malagradecidos, que en vez de estudiar los manuales rojos nos dedicábamos a conspirar con la lectura de las publicaciones del enemigo azul. Su tinte y su timbre adquirieron una resonancia tal que se aparecieron de inmediato en el recinto otros profesores y hasta el mismo subdirector. Cuando lo lograron sacar del aula, en vilo y a empellones, nuestro querido profesor Nopilla seguía con sus gritos histéricos e  inteligibles. Antes de someterlo, había logrado golpear y dañar la parte azul del inmenso mapa en la pared, y con su saliva, rauda, blanca y espumosa, había llenado de curiosas salpicaduras el centro de la parte roja.

No vimos más durante el curso a nuestro querido profesor Nopilla. Se nos informó después que había sido enviado a un centro de recuperación en Topes de Collantes, en las montañas del Escambray, y se quedaría impartiendo clases por aquella zona. A partir de ese fatídico día, un sentimiento de culpa se apoderó del grupo y no se mencionó jamás al profesor o al incidente. Poco a poco el desinterés por las clases de geografía fue tal que no nos dimos cuenta, cuando retiraron todos los mapas del aula, de cómo al alumno que nos trajo la revista azul, unos días antes de concluir el curso, lo expulsaron de la escuela por practicar el “diversionismo” ideológico, y de cómo a Maritza, la pelicolorada, la habían elegido como secretaria de la juventud comunista de la escuela.

Unos años después, casi al final, de sorpresa, nos encontrarnos de nuevo frente a uno de nuestros queridos mapas, pero curiosamente ya no formando parte de la asignatura de geografía política. Estos panfletos pertenecían ahora a la cátedra de historia contemporánea, y el joven profesor que los utilizaba lo hacía para describir la estructura política que había tenido el planeta en la década anterior. El locuaz profesor, sin detenerse en vanas explicaciones sobre lo sucedido, lo cerraba de pronto y desplegaba de golpe uno más pequeño y policromo: con este valoraba la actualidad internacional. Era tonto preguntar, sabíamos que ni el joven profesor ni nadie en la escuela estaba autorizado a explicarnos los detalles o las causas acerca de los cambios en la coloración de los mapas.

rebelion-en-la-granja-george-orwell-portada1Un día, alguien se apareció en el aula con un libro forrado, con el sencillo título de 1984, lo había escrito otro científico británico llamado George Orwell. Raudo. El libro paso de mano en mano y en menos de un mes ya todo el grupo lo había leído. En nuestros ratos libres, apartados de la atenta mirada de Maritza, la de la juventud comunista, debatíamos lo que considerábamos más interesante en el texto. Ante nuestra manifiesta avidez por conocer un poco más a Orwell, otro alumno nos trajo un pequeño libro del mismo autor, titulado Rebelión en la granja. La lectura eufórica de esta breve sátira causó un fervor desconocido hasta ahora en el grupo. En los reiterados debates sobre los pasajes de Rebelión en la granja alguien comentó, y nos indujo a creer, que esta lectura era como otear dentro de un gigantesco caleidoscopio, el cual nuestro antiguo y querido profesor de geografía, Nopilla, hacía girar de manera incansable hasta lo infinito. Con esta abstracción, inverosímil al principio, certera después, creímos tener al fin nuestra propia respuesta a la interrogante inconclusa acerca del cambio acelerado en la coloración de los mapas hechos por encargos. A partir de ese día, sucumbida ya la inocencia de nuestra imperfecta conspiración, incorporamos como un himno las baladas del trovador de turno y tarareamos en silencio el estribillo “ahora que los mapas cambian de color”. El profesor Nopilla, los mapas coloreados, la tesis del corrimiento hacia el rojo, el diversionismo ideológico, 1984, Rebelión en la granja, Orwell y Carlos Varela, en conjunto, nos hicieron comprender de pronto que todo había sido una gran farsa y que los años perdidos, nuestra juventud, como los mapas y las teorías de Nopilla, habían sido falsos e inservibles desechos. Mierda.

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Twitter: @gregorioacejas

Email: gregorioacejas@gmail.com

Sobre el autor

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas

Gregorio A. Cejas nació en La Habana en 1959. Es Licenciado en Historia desde 1993 y en Derecho desde 2008. Ha colaborado en publicaciones hispanas como Cubanet, Prensa Libre, Letras y Voces News, Hola Miami News y La Voz de la Calle. Colabora con la Asociación de Educadores de La Florida y con la Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos de Miami. En Amazon pueden hallarse sus libros “El semientierro de mi abuelita” y “Santos Clon”, entre otros.

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