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El crepúsculo del español

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El crepúsculo del español

El crepúsculo del español
noviembre 07
11:07 2015

 

Se tiene por cierto que hace más de un milenio, para aclarar un ya incomprensible texto latino, un copista de San Millán de la Cogolla hizo unas breves anotaciones marginales en español rudimentario. Desde entonces el español es eso mismo: unas anotaciones al margen de otras lenguas cardinales.

Porque, seamos serios: ¿a quién le importa lo que se escriba, piense o diga en nuestra benemérita lengua? Está bien que nos consolemos –a mí me horroriza– con la cifra irresponsable de varios cientos de millones de hispanoparlantes, pero eso, ¿de qué sirve? ¿Sabe el lector cuántos libros escritos en español se traducen a otras lenguas?

Por algún rincón de mi desordenada mesa tengo el dato; unas pocas docenas. ¿Cuántos libros –en cambio– traducimos anualmente al español? Millares. Las páginas de nuestros periódicos se rellenan con traducciones –ni siquiera buenas– de las agencias norteamericanas, francesas, inglesas, incluso italianas. La televisión exhibe programas doblados. Nuestras cervantinas hordas abarrotan los cines para contemplar las hazañas de King-Kong, Alien y otros bichos angloparlantes. Y ni hablar de Internet.

Borges tenía razón: el español es un idioma para cantar en la ducha.

Ni es justo ni vale la pena censurar a las culturas pujantes. Si el español apenas existe en el orden de la Gran Cultura Planetaria es, en primer término, por nuestra soñolienta debilidad. No hemos sido capaces de crear circuitos comerciales por los que se deslicen los libros a lo largo y ancho del idioma.

México, Argentina y España siguen siendo los autárquicos vértices de un misterioso triángulo que no abarca perímetro alguno y en el que naufragan los esfuerzos comunes como si se tratara de una réplica metafísica del de Bermudas. Menos algunos nombres fulgurantes, más citados que leídos, las literaturas nacionales y regionales continúan siendo desconocidas fuera de las parroquias indígenas. Salvo alguna agencia de colaboraciones periodísticas, heroicamente solitaria, no hemos creado vehículos capaces de transmitir las ideas pensadas en el lenguaje que tristemente ha cumplido más de mil años.

Pero no nos equivoquemos. Para que el español sea un idioma importante –importante más allá del número y de la extensión, es decir, realmente importante– hay que comenzar a decir cosas importantes. Nuestra débil intelligentsia tiene que pensar ideas novedosas y útiles. Nuestros sicólogos, físicos, médicos, químicos, politólogos y demás fauna instruida tienen que liberarse de la “subalternidad” moral que los embarga. Tienen que pensar en español ideas nuevas, puesto que para eso se han educado, y no para ser cotorras amaestradas por otras culturas e idiomas. Esto es como pedirle peras al olmo.

¿Y si ahora, al cabo de más de mil años de escribir en este corrupto latín de blasfemias e imprecaciones, se hiciera una convocatoria universal, un acto de fe colectivo para rectificar el triste derrotero de la lengua? Una gran ceremonia para pedirles a nuestros científicos que descubran o inventen en español, a nuestras universidades que innoven en español, a nuestros políticos que piensen en español. Sería una bonita manera de acallar el inexplicable alboroto de quienes se felicitan por llevar más de un milenio repitiendo cosas.

Hace más de mil años que el español, al menos gráficamente, se desgajó del latín. De aquel prometedor inicio, sostenido a mitad del camino por las cabezas vigorosas de Vives, Mariana, Servet, Cervantes y Quevedo, hemos venido a parar en la multitudinaria indigencia del siglo XXI. Aunque lo juren los académicos, no es verdad que el español viva un pujante momento.

Más bien agoniza en su etapa crepuscular. No lo habla más gente, sino más gente repite en español lo que se habla en otros idiomas. El español se ha extendido por una amplia zona del planeta y el ciberespacio, pero más amplios son los casquetes polares y eso trae al mundo sin cuidado. Paradójicamente, la importancia de una lengua, como hecho cultural, no pueden marcarla el número de sus habitantes ni su ámbito geográfico (¿qué valdría si no la pequeña Grecia clásica?), sino su capacidad de influir en otras lenguas y culturas. La nuestra es prácticamente nula.

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Originalmente publicado en La literatura como una forma de urticaria (1980)

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Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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