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El crisantemo y la espada

El crisantemo y la espada

El crisantemo y la espada
octubre 22
17:17 2014

La prioridad de la pregunta sobre cómo deberíamos vivir se halla en manos de esquemas de gobiernos y modelos económicos. Queremos la libertad por la libertad y a través de cada circunstancia particular. Y al querer la libertad descubrimos que depende enteramente de la libertad de los otros, y que la libertad de los otros depende de la nuestra.

Todos pueden estar de acuerdo, en cualquier lugar del mundo, en que una situación actual resulta insostenible y requiere cambios, pero cuando se trata de aplicar los cambios que se necesitan resulta que solamente nos parecen aceptables y positivos los que afectan a los otros y no a nosotros mismos. Lo que vale, claro está, simultáneamente, para todos y cada uno de nosotros.

Porque, en definitiva, y paradójicamente, la libertad individual, la nuestra y la de los demás, no es un asunto particular de cada uno, sino colectivo, o mucho más aún, social. Mientras más libres se pueda ser, más asunto social resulta.

La teoría del derecho natural, o sea, los derechos imprescriptibles que ningún soberano, de ninguna manera, puede transgredir –eso a que se hace referencia también como “verdades evidentes”– no se estableció ni con el capitalismo ni con la democracia, sino mucho antes. Al igual que la teoría del contrato suscripto entre los individuos y el soberano, que incluye cláusulas que ese soberano debe acatar.

Eso ya era práctica común –aunque no escrita– desde los tiempos de Sumer, de las civilizaciones mesopotámicas, de los imperios chinos, romano, bizantino y de los califatos islámicos. Y también de los aztecas, los mayas y los incas, los malienses, los songais y los Ashanti. Porque sin un “contrato” determinado, aunque se impusiera por la fuerza y estuvieran establecidos antes de nacer tanto el “contratista” como el “contratado”, era imposible gobernar.

En Inglaterra, el Alma Mater de la actual remodelación gubernamental-mercantil, esto sucedió recientemente (desde el punto de vista histórico), a partir de la burguesía y los disidentes religiosos contra la monarquía absoluta de los Estuardo de comienzos del siglo XVII, con su cuota de decapitaciones incluidas en uno y otro bando, y que no fueron pocas.

En tiempos de los romanos o de Carlomagno, del norafricano Masinisa, o del inca Manco Capac, el “Estado” eran unos pocos burócratas –tuertos en país de ciegos– con funciones muy concretas para ayudar al soberano a administrar su territorio y recolectar impuestos, nada más. Entonces esa burocracia se preocupaba, como ahora, de cuidar sus posiciones y defender los míseros privilegios que pudieran corresponderle. Trataba de resultar imprescindible al amo, pero no era capaz todavía de reproducir la necesidad de subsistencia de la burocracia misma, en la forma en que ha resultado posteriormente con la burocracia “ilustrada” al estilo de Max Weber.

El crecimiento del volumen y lo imprescindible del poder estatal se produjeron históricamente a partir del ejército y de las instituciones judiciales. Si el monarca limitaba y reducía poco a poco los juegos complejos de los poderes feudales, lo pudo hacer en su carác­ter de piedra angular de un Estado de justicia, redoblado por un sistema armado, asumiendo en ese Estado “central” funciones diversas que llevaban a cabo cada uno de los señores en sus feudos.

La práctica judicial fue la multiplicadora del poder real durante todo el Medioevo. Cuando a partir del siglo XVII, y sobre todo de principios del siglo XVIII, se desarrolló una nueva racionalidad guber­namental, la democracia mercantil, se hizo imprescindible el Derecho, que serviría de punto de apoyo a toda per­sona que quisiera limitar la extensión indefinida de una razón de Estado que cobra cuerpo en un estado policial.

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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