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El culebrón latinoamericano

El culebrón latinoamericano

julio 25
20:48 2011

1-Destilando_amorQué duda cabe de que el culebrón es el más feroz animal de la fauna latinoamericana. Ni la boa, ni el cocodrilo, ni la policía mexicana; nada se le acerca en peligrosidad. Describamos uno prototípico.

Se llamaba Estrellita, como la horrible canción. Era hija de una pordiosera que no pedía limosna porque era tonta y sordomuda (en ese orden). Y no pedía porque se la daban. Estiraba la mano y las almas caritativas, cuando no se la pisaban con los afilados tacones que suelen usar las almas caritativas, solían darle unas monedas. Pero además le daban otras cosas. Estrellita había sido el fruto de una brutal violación. Don Máximo Cachondo, viejo, pérfido y alcohólico terrateniente, había abusado de la infeliz mujer con el peregrino argumento de que todo lo que estuviera hecho tierra le pertenecía. Ergo la sordomuda le pertenecía y nació Estrellita.
Estrellita nunca supo quién era su padre, y casi tampoco quién era su madre, porque entenderse con aquella señora era dificilísimo. Y sólo llegó a enterarse de que ella misma era Estrellita cuando lo leyó, atónita, en la licencia de conducir. Porque Estrellita llegó a conducir un automóvil. Y es que Estrellita se abrió paso en la vida con un abrelatas. Consiguió trabajo en la taberna de un prostíbulo, y una noche especialmente húmeda llegó a abrir cinco mil cuatrocientas quince cervezas. Esa noche perdió la falange del dedo índice y rodó por la pendiente de la infamia: se hizo abogado.

Abogado de oficio, que es todavía peor. Una tarde le tocó defender a un joven y hermoso caballero acusado de haber votado por Diego Arria. Estrellita se enamoró del presunto criminal y lo sacó absuelto. Pudo demostrar sin gran dificultad que nadie votó por Diego Arria. El acusado se llamaba Iván Cachondo y era hijo de Máximo, claro. Iván y Estrellita decidieron casarse v tener un bebé del tamaño de Armando Manzanero. La madre de Estrellita gesticulaba con horror, tratando de advertir el inminente incesto. Estrellita, llena de ternura, acompañaba la gesticulación golpeando la mesa con los nudillos. Creía que su madre practicaba la samba. Cuán lejos estaba de la verdad.

La noche de la ceremonia, antes del sí ritual y compartido, la pordiosera recuperó el habla y gritó: «!No!» «No ¿qué?», contestó Estrellita. «No te cases», replicó la pordiosera. «¿Por qué no?», preguntó Estrellita. «Porque tu hermano es Cachondo», gritó la pordiosera.

Iván Cachondo cayó fulminado por un infarto. Estrellita se volvió loca y se compró un «Seat». Máximo Cachondo, avergonzado por su actitud, decidió, en penitencia, leerse el “Libro de Wanuel”, de un tal Cortázar.

Fin. Aquí se acabó la telenovela. Yo pensaba escribir un sesudo texto contra las telenovelas y me puse a ensayar un argumento. Excelente ejercicio. Resulta que redactar un culebrón de televisión -o de radio- es de lo más divertido. Estoy seguro que sus autores, desde Delia Fiallo, que tiene muchísimo talento, hasta Félix B. Caignet, están llenos de imaginación y sentido del humor. Sólo que viven de darle al necio lo que el necio pide, como hacía Lope, precursor rimado del serial televisado de hoy.

La proliferación de culebrones –seriales infinitos que retornan eternos como en una pesadilla nietzscheana– es casi el único vínculo latinoamericano perfectamente identificable.

Ni ponchos, ni folklores, ni nada: el culebrón. El culebrón es el único elemento universalmente compartido por los latinoamericanos. La telenovela producida en Lima se verá con devoción en Quito y en Santiago, aun cuando los tres países lleven medio siglo hablando de entrarse a cañonazos. Haz el culebrón y no la guerra es la consigna calmada y hogareña que predican las Marías, Angélicas o simplemente Bartolas. La cursilería es más fuerte que el nacionalismo, lo cual, bien mirado, es una bendición. Es mejor llorar cuando la heroína de ficción pierde un hijo de ficción, de una caída de ficción, que cuando la misma tragedia se produce de un bombazo de (para la) carne y hueso.

Estamos unidos por el mal gusto. Un espíritu de vulgaridad y ramplonería nos unifica. Esto es horroroso, pero es así. Nuestro continente es un inmenso territorio kitsch. El que lo olvide puede morir mordido por el fatal colmillo de un culebrón.

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