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Pablo Iglesias, la amenaza del totalitarismo en España

El déja vu ibérico
febrero 11
09:48 2016

 

El movimiento que en su devenir suelen describir sociedades como la española es eminentemente circular y no lineal, debido a que en su andadura dejó muy importantes asignaturas pendientes de cuya aprobación dependía su ulterior avance. Cuando se postergan imprescindibles tareas que hubieran permitido el siguiente paso en la historia, tales sociedades, además de rezagarse, terminan por enquistarse y volverse altamente refractarias a las transformaciones, así que los deberes se van acumulando y con el paso del tiempo a los gobernantes les provoca mayor y mayor pereza darles cumplida solución.

Dicho en otras palabras, tales sociedades no consiguen superar etapas esenciales en su marcha hacia el progreso. Por su excesivo conservadurismo en medio de las coyunturas de cambio –aludo inequívocamente a sus timoratas revoluciones burguesas– no barren del todo con las antiguas estructuras entorpecedoras del libre desarrollo del mercado y de una sociedad liberal. Cuando las fuerzas que propugnan la mutación en el corpus social son más débiles, o menos resolutivas que las que lo frenan, estas terminan imponiendo su inmovilismo, pero solo durante una breve etapa histórica. Las cosas se mantienen tal cual hasta que al cabo de unas décadas se agolpan de nuevo las tareas pendientes y la fuerte demanda de un cambio sistémico emerge con redoblada fuerza. Así comienza de nuevo la enconada batalla entre el status quo y la revolución. Tales enfrentamientos derivan en dramáticas coyunturas históricas ya vividas y sobre todo amargamente sufridas por este pueblo. De esta forma, la sociedad española describe un movimiento circular en su búsqueda de la modernidad y de la libertad de manera perpetua.

La gran asignatura pendiente de España es el liberalismo, el cual desde la clarinada de 1812 con “La Pepa”, en Cádiz, está pugnando por abrirse camino en este país. Sin embargo, la alternancia en el poder del más rancio conservadurismo feudalizante y un liberalismo que en buena medida mimetizaba a su adversario político en el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX, frenó las libertades. Con posterioridad, el anarquismo y las fuertes demandas igualitaristas, propias del bolchevismo en el siglo XX, así como la imposición de un régimen corporativista, bloquearon el tránsito a una sociedad moderna fundada en las libertades. De la Transición mejor no hablar, pues siempre estuvo excesivamente valorada. La misma ha consagrado un régimen partitocrático, reflejo de una amañada componenda entre políticos notables que de espaldas al pueblo pergeñaron una Constitución. La Carta Magna solo les ha servido como coartada para su endémico clientelismo y su escandalosa corrupción desde entonces. De tal suerte, en medio de la severa recesión de 2008, la cual exigía el despliegue de profundas reformas estructurales –prácticamente todas pospuestas– se vuelven a repetir dramáticamente las amargas experiencias de polarización máxima entre la derecha actual, absolutamente desideologizada, y una ultra-izquierda populista –ambas antiliberales y por tanto anti-modernas– que hoy como ayer decide ir por libre, rompiéndole el cántaro a una socialdemocracia muy venida a menos y empeñada en competir con los zurdísimos de siempre.

En medio de este sempiterno enfrentamiento surgen formaciones políticas como Ciudadanos, la cual, con una agenda reformista, pretende introducir una mayor racionalidad y eficiencia en el modelo de Estado a partir de la implementación de un programa de modernización. Sin embargo, como era de esperarse, los zurdos radicales y los diestros conservadores se coaligaron en pos de frenar su ascendente paso, previo a las elecciones. Evidentemente, los extremos cuando detectan el más mínimo amago de centralidad en algún partido político, despliegan urgentes campañas de acoso y derribo, pues de lo que se trata es de impedir el triunfo de cualquier alternativa socio-liberal que pudiera abrir las puertas a una modernización política, así como la disminución del control de las elites extractivas de renta en la sociedad, facilitando entonces un aumento de la libertad de mercado y por tanto una mayor movilidad social.

Si la racionalidad instrumental del capitalismo, las libertades y la responsabilidad individual asociadas a la sociedad liberal, no cuajan y no se arraigan en el corpus social cuando toca, la Historia se encarga inexorablemente de pasar factura, la cual casi siempre suele ser excesivamente cara. Lo más nefasto es que entonces quienes devienen parteros de la historia no son los sectores liberales ilustrados, sino los convencidos fanáticos intolerantes: colectivistas y liberticidas. Ejemplos hay por doquier; nos asaltan a cada paso, antes, ahora y probablemente siempre. Es la Señora Historia, que no para de enseñarnos pese a nuestra permanente ceguera. De tal forma, toca ahora en España evitar a la desesperada otro presunto sorpasso del totalitarismo que pueda conducirnos a las puertas de otra tragedia.

El que más y el que menos, como yo, no deja de sentir una irrefrenable sensación de Déja Vu. Ya me entienden.

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Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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1 comentario

  1. Armando Navarro Vega
    Armando Navarro Vega octubre 02, 13:13

    Dramáticamente simple en esencia, genialmente expresado

    Reply to this comment

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