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El desquite

El desquite

Mayo 16
15:00 2011

“No salgas ahora que va a llover”, le dijo la madre a un muchacho larguilucho un caluroso mediodía de agosto de 1937, cuando lo vio levantarse del taburete y dirigirse a la puerta. Pero hablaba por gusto: su tercer hijo era desobediente, sobre todo cuando estaba lejos de la severa mirada del padre.

Salió al campo y comenzó a caminar a zancadas, sin rumbo fijo, para gozar de las vacaciones, el único tiempo que podía estar en su casa. Cuando llegó al límite de la propiedad alzó con su mano izquierda el tercer alambre de púas, se inclinó, cruzó la cerca y siguió caminando al trote de su espíritu aventurero.

Los primeros goterones, anunciados por el cielo encapotado y el viento de agua, golpearon su cara. Olió la tierra mojada y corrió contra la lluvia. Llegó empapado a la casucha abandonada. Se alegró cuando vio en ella a un rubio corpulento, ojiazul, rojizo y con cara de bonachón. Ahora podía esperar a que pasara el aguacero torrencial practicando inglés.

Acog1-antonio-castro-jetsetedor, el extraño le dio la mano derecha mientras con la otra sacaba un juego de barajas del bolsillo trasero. —Want to play cards?—. No entendió una papa, pero su inteligencia suplía la casi nula comprensión de un inglés que no se parecía al que le enseñaban en la escuela. —Yes—, dijo atrevido. —Let’s play blackjack—. “¿Qué carajo estará diciendo ahora?”. El americano se sentó a horcajadas en lo que quedaba de un largo banco y le invitó con un gesto. Ya uno frente a otro, comenzó a repartir las cartas. “Qué suerte, quiere a jugar a las siete y media”. Era el único juego que le habían enseñado en Santiago con barajas americanas; en su casa jugaban al tute con naipes españoles.

El americano se dejaba ganar. Reía gozoso y lo felicitaba con gestos de cariño. Lo tocaba suavemente en el hombro, le pellizcaba la cara, le alborotaba el cabello, sus piernas ya tocaban las del muchacho que por primera vez recibía ternura proveniente de un hombre. Su padre y  su tutor eran duros, secos y distantes. Al americano no le gustaba perder, su gozo provenía de la oportunidad: edad, lugar y circunstancia. —Want a taste?—. Y sacó una botellita aplastada del bolsillo posterior derecho. —The winner gets a shot—. Entendió la próxima vez que ganó. Se sentía hombre tomando y jugando cartas. Contento con ganar y ganar, que era su obsesión, se emborrachó.

Sin explicarse lo del beso en la boca, el asco lo estremeció y luchó con todas sus fuerzas por zafarse, pero ya el ex-marine lo había inmovilizado.

II

Sintió que el grandulón perdía sus fuerzas. Juntó todo su ímpetu y se soltó. A trompicones se subió los pantalones y corrió a todo lo que daban sus largas piernas, cayéndose y levantándose del fango. No paró hasta el platanal. Todavía llovía y limpió su ropa y la herida de alambre de púas en el brazo. Se alisó el cabello. Dejó de llover repentinamente, su respiración se acompasó y entró a la casa.

—Te lo dije, mira como te has puesto—. Fue directamente a su cama y se tiró de bruces. Puso la almohada sobre su cabeza y se le reveló el padre: “los hombres no lloran”, “los americanos son unos hijos de puta”. Sin el alivio de una explosión comenzó a crecerle una presión de rabia y odio. “Juro que nunca voy a olvidar esto”. Y susurró entre dientes muy apretados lo que en otras palabras le diría a Celia veintiún años después: “Juro que voy a acabar con los americanos”. Entonces se acordó de que era el treceavo día del mes y que cumplía 11 años.

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Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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