Neo Club Press Miami FL

El dilema de la crítica

El dilema de la crítica

El dilema de la crítica
noviembre 28
02:59 2013

libritosCuando José Martí se refería a la crítica como cuestión de amor, no pretendió de modo alguno soslayar un principio cardinal de esa actividad intelectual que tiene que ver con el juicio profundo, con el develar la esencia del objeto criticado. Ese juego esotérico del crítico, como diría Manuel Gayol, no es cosa de comprender sino de sentir y con ello comunicar al lector el espíritu de la misma.

Era el siglo XIX y con el mismo la crítica que aún perdura nada tenía que ver con el pedestre ejercicio académico que ha asumido hoy en día la universidad, como Vargas Llosa indica claramente. Era el momento en que los dados al género se comunicaban con el objeto artístico o literario, este último objeto de las reflexiones de este trabajo. Entonces, no era la aburrida concatenación de “cito” y los ciclos huracanados de simposios y revistas universitarias donde la obra parece diseccionada como un cadáver frente al grupo de anatomía.

La concentración de ese poder en manos de docentes de alto nivel le ha arrebatado al crítico profesional su rol. Ellos se han autoproclamado santificadores de la obra en sí. Se priva de esa manera a la comunicación estética entre pares que fue la del artista o escritor y el crítico, fuera impresionista o de cualquier otra tendencia. Basta recordar a un T. S Eliot o a un Miguel de Unamuno, poetas y escritores asumiendo la labor crítica del otro. ¿Quién recuerda hoy el artículo presentado en una revista universitaria donde el estructuralismo aún vivo o la sociología marxista aniquilan el estilo que hace de este oficio no solo instrucción sino ameno ejercicio del espíritu?

El verdadero crítico debe tener no solo conocimiento sino sensibilidad para analizar y dar a conocer la obra. Debe lucir su estilo. Es la única forma de recuperar su lugar y acabar con los grupillos complacientes que se yerguen en jueces de sus propios amigos o de conveniencias consagradas.

La nueva crítica confronta también otros inconvenientes relacionados con la competencia del club de nada venerables comentaristas del sensacionalismo de último momento, del libro que escribió una celebridad acerca de sus intimidades y donde el “escritor fantasma” se desconoce mientras se asume con validez el último chisme de alguien famoso en esta época en que la seriedad de la cultura ha perdido su valor tradicional para someterse a los intereses del like en Facebook o el comentario complaciente de los medios y las redes sociales.

Y eso de la superficialidad deviene otra encrucijada de la crítica contemporánea. Nada que ver con el Martí que criticaba con amor, dejando a un lado las apologías estériles y el ataque soez contra el aprendiz de escritor. No es cuestión de ningunear pero sí de situar las cosas en su justa perspectiva. Hoy la crítica parece ser el comentario de un amigo o el envilecido juego de minorías que siempre llaman gran escritor o artista a quien conocen de cerca o con el que se quiere congraciar esa desgracia de crítico que no llega a tal.

Por eso propongo una vuelta sin vestirse de antiguo. El verdadero crítico debe tener no solo conocimiento sino sensibilidad para analizar y dar a conocer la obra. Debe lucir su estilo. Es la única forma de recuperar su lugar y acabar con los grupillos complacientes que se yerguen en jueces de sus propios amigos o de conveniencias consagradas. También reclamo que la crítica académica ocupe su lugar refinándose o de lo contrario evite la tentación de bendecir, especialmente, cuando el aburrimiento nos cala detrás de sus citatorios como caídas de agua. Vayamos a la esencia del problema. Criticar sin apologías y con estilo. Y como dije hace años en un artículo que desató una polémica provinciana: “Críticos, ustedes tienen la palabra”.

Sobre el autor

Julio Benítez

Julio Benítez

Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertes de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

Artículos relacionados

4 comentarios

  1. Norma
    Norma noviembre 29, 04:16

    Muy buen articulo. Tienes razon al decir: “Es la única forma de recuperar su lugar y acabar con los grupillos complacientes que se yerguen en jueces de sus propios amigos o de conveniencias consagradas.”

  2. Armando Añel
    Armando Añel noviembre 29, 13:27

    Por desgracia, incluso gente que se llama a sí misma “críticos” ha sucumbido al trueque de influencias y el clientelismo, llevando a los altares a personas que en materia creativa aportan poco o nada. En Miami hay varios casos. Aunque, sospecho, es un fenómeno de todas las épocas y geografías.

  3. Armando Añel
    Armando Añel noviembre 29, 13:28

    Excelente texto de Julio, gracias mil.

  4. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías noviembre 29, 16:51

    Ante todo, comienzo por darte las gracias, Julio, por citarme para bien. Pero fundamentalmente, quiero darte las gracias por tu actitud crítica hacia el crítico, por tu exacto equilibrio al exponer tus ideas, que a mi modo de ver son precisas y consecuentes con el sentido martiano de que para decir las verdades (literarias o humanas en general) no hay que ofender ni arremeter arrogantemente contra otro autor. Y me alegro muchísimo que coincidamos en un asunto que, hace mucho tiempo, viene realizándose tanto en la crítica y ensayística al uso como en la específicamente académica (quizás en esta última mucho más pronuinciada), y que es el hecho de querer mostrar, mediante una supuesta comprensión eficaz, de fórmulas, razonamientos y citas a todo tren, la profundidad o superficialidad de una obra. En fin, pienso como tú que en la literatura, como en el arte en su amplitud, primero hay que “sentir” y después comprender. Y esto no es impresionismo, sino simplemente es darle una proyección a la intuición íntima que todos llevamos como posibilidad natural de saber si una obra es buena o es mala, o tiene sus matices de uno y otro aspecto. “Hacer sentir” por parte del hecho creativo es el primer logro de este mismo hecho. Sentir el arte es estar abierto a la dimensión profundísima de la No-forma, donde la imagen solo se capta y aún no se puede describir. Lo que prevalece en la relación receptor-obra es el mundo de lo No-manifestado. Después podemos traducir esos sentimientos y convertirlos en lenguaje figurativo y simbólico. En resumen, hay que leer “sintiendo” antes que “comprendiendo”. De esta manera coincidimos con Pascal con sus “razones del corazón” y también (por qué no?) con Einstein, cuando este extraordinario ser afirmaba algo más o menos así: que “para crear, solo era necesario que la mente recibiera un rayo de luz, un relámpago misterioso y como salido de la nada, para que uno tuviera ante sí todo un universo nuevo”. Este “universo nuevo” es el que tiene que captar el crítico, primero que todo. Gracias por tu excelente artículo, tu amigo, Manuel

Escriba un comentario

Video destacado:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Jorge Olivera Castillo

Pan (de yeso) y circo

Jorge Olivera Castillo

                El circo no es el pasatiempo donde lavamos las llagas del hambre con sonrisas espontáneas y puras. Tampoco es el lugar para

0 comentario Leer más
  Juan Carlos Recio

Para desalmar un cadáver

Juan Carlos Recio

                Si no estás dispuesto a perdonar y todo lo que das es sombras cómo pudieras ser el amado cómo irías hasta el

0 comentario Leer más
  Luis Jiménez Hernández

En primera persona

Luis Jiménez Hernández

                no escribo versos en primera persona, ser decadentes es un oficio cruel como el de jugar a ser Dios. Pero hoy escribiré

1 comentario Leer más

Festival Vista Miami