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El dilema de la degustación

El dilema de la degustación

El dilema de la degustación
febrero 19
23:09 2012

 

“Y trágatelo tutti”. Es ahí, en el estribillo, donde podría estar una buena parte de esa molestia que los ideólogos del castrismo sólo alcanzan a intuir en el famoso reggaetón del Chupi-Chupi.

Para entender —y lograr que ellos entiendan— el malestar creado por la pieza de marras tendríamos que remontarnos a una de esas raíces que deslindan culturas; tendríamos que hablar de algo que todavía separa, a pesar de los siglos y de los cambios generacionales más recientes, a la cultura latina de la anglosajona y, sobre todo, a la cultura cubana de la estadounidense.

En USA las felaciones son sinónimo de placer gourmet. En otras palabras: tragar es para las americanas una consecuencia natural y una retribución esperada. En Cuba y en Latinoamérica, sin embargo, esa acción todavía se discute desde posiciones que van desde un asco inconfesable hasta el despilfarro que podría implicar.

Empecemos por recordar que para la ética protestante —que es la piedra angular de la cultura estadounidense— el placer es un estorbo, la profundidad es el camino del infierno y el sexo es, y sólo puede ser, una actividad vinculada a la reproducción. Al mismo tiempo, cuando los protestantes transgreden los límites de su ética lo hacen a sabiendas de que están solos y desnudos ante su Dios; lo hacen convencidos que no hay cura ni parroquia, Papa ni Iglesia que pueda decirles “yo te perdono, o mejor, yo te absuelvo y te digo, delante de todos, con esta hostia, que puedes empezar de nuevo”. Recordemos: hostia sagrada en la boca, cuerpo de Señor, harina que si fuera galletica de fortuna diría: Condena el pecado y perdona al pecador.

Eso ellos no lo tienen, y eso, multiplicado por siglos y generaciones, podría explicar por qué la sociedad estadounidense puede ser vista como un espacio en el que conviven dos grupos perfectamente definidos. Uno muy  pequeño —y cada vez más reducido, por desgracia—, de seres que son capaces de vivir según los mandatos de esa ética ancestral y terminan siendo personas extraordinariamente buenas y honestas. El otro, que es mayoritario, alberga seres que son incapaces de cargar con una moral tan demandante y terminan comulgando con un cinismo y una hipocresía que llegan a invadirlo todo, hasta la lengua que ellos hablan.

Una persona de habla inglesa, por ejemplo, cuando se rinde ante un placer irresistible casi siempre termina diciendo, o pensando, “I couldn’t help myself” —no puede ayudarme—; una frase que persiste para recordarnos las raíces de una cultura que —por mucho que intente esconderlo— todavía considera que detener el placer, ponerle límites, o rechazarlo, es ayudarse a uno mismo. Cuando una persona de otra cultura (latina, por ejemplo) intenta explicar que una forma alternativa de expresarse podría ser “I couldn’t stop helping myself” —no pude parar de ayudarme— termina chocando con una barrera de rechazo que puede ir desde el reconocimiento de la falta de lógica de algunas frases idiomáticas, hasta un “no me digas como tengo que usar mi lengua”. Dios nos libre de preguntar por qué la atracción es un aplastamiento (crush), enamorarse es caer (fall), o el acto de la penetración se asocia con algo tan frío y artificial como un tornillo (screw). Pobre del que se le ocurra indagar cuál pudo haber sido esa profunda necesidad que dio lugar a una palabra tan anglo y poderosa como “denial”.

Adentrarse o penetrar —donde sea y en lo que sea— es otro de los grandes tabúes de la cultura anglosajona. Es el camino del infierno. Tan es así que cuando conquistaron sólo en muy raras ocasiones se atrevieron a ir más allá de las costas; y todavía hoy, cuando se reúnen para hablar, prefieren reducir sus intercambios a una colección de nimiedades, al uso de algunas ocurrencias infantiles (que ellos llaman pleasantries), o al lanzamiento de agudezas que casi nunca logran atravesar una piel. Estamos hablando, entonces, de una cultura, la norteamericana, que siente una gran fascinación por las superficies  y sus atributos exteriores, por las fachadas con columnas, por las portadas en colores y las marquesinas, por las carrocerías, los trajes, las corbatas y el carmín, por todo eso que se ve a simple vista y que casi siempre se asocia con el poder.

¿En qué región del cuerpo humano puede anidar una cultura así? ¿A dónde pueden ir a parar todas esas sospechas sobre el placer y las mujeres, esos temores a la penetración, esa sinonimia del sexo con la reproducción y esa soledad ante el pecado? En América todo eso desemboca en la boca. Todo eso encuentra acomodo en esa región que no está adentro ni afuera, en esa abertura que es imposible vincular con la reproducción, en esa antesala en la que todo se tritura y se mezcla antes de ser purificado en la ácida oscuridad de un órgano que recuerda mucho al infierno.

USA es un país de bocas que hablan, beben, fuman, maman, chupan sangre, negocian y mastican sin parar… ni pecar. En USA la felación —y el placer gourmet que casi siempre le acompaña— es un acto de extraordinaria coherencia cultural. Cuando una secretaria norteamericana baja la cremallera de su jefe, o colega, y se afana en el mudo discurso que describe el reggaetón del Chupi-chupi, lo hace sabiendo, o intuyendo, que ese acto está en perfecta concordancia con los más profundos dictados de la ética protestante. Eso que ella está haciendo, al no poder convertirse en reproducción, es cualquier cosa menos sexo; eso que ella ejecuta, al ser con la boca, es superficial y no lleva al infierno; eso que ella da, al no ser el placer propio, sino el ajeno, es un trabajo que la deja sin ninguna carga ni estorbo; eso que ella hizo, tragar, no fue más que pasar de un cuerpo a otro el recibo físico de una transacción, algo así como una factura. Porque es también de eso de lo que se trata; de cerrar arreglos en los que el hombre casi siempre le da a la mujer una porción del estatus que él disfruta; y ella recibe a cambio unas gotas que sirven para confirmar el placer de haberlo sentido semiduro, tembloroso y vulnerable, a pesar de su poder, entre unos dientes que supieron esconderse con astucia. Los vampiros son la metáfora perfecta de esa sociedad.

En la cultura Latinoamericana las cosas son distintas. Venimos de unos españoles que lo primero que hicieron fue clavar sus cruces, quemar sus naves y penetrar, a sangre, fuego y hostias, bien lejos de las costas. Unos peninsulares que cuando acabaron con imperios y emperadores se inventaron un Eldorado y una Fuente de la Eterna Juventud para seguir penetrando y seguir diciendo, sin palabras, seremos uno, seremos una raza nueva o arderemos todos juntos en el mismo infierno. Penetrar es entonces, para nuestra cultura, uno de los caminos hacia la comunión. Un camino, por demás, jalonado con una cadena infinita de absoluciones que la mayor parte de las veces fueron recibidas a través de una boca que nosotros consideramos casi sagrada; porque por ella se recibe el cuerpo del señor y su sangre, por ella mueren los peces, y por ella nos alimentaron nuestras madres con sus espléndidas tetas y sus exquisitos platos.

En la cultura cubana, además de ese fondo hispano de penetración, placeres, y perdones, existe otro rasgo que yo no sé —al no haber vivido nunca en otro país latinoamericano— si es general de la región o específico de alguno de sus países. Me refiero a esa responsabilidad que los hombres cubanos reciben desde muy pequeños a partir de las enseñanzas de sus madres, abuelas, tías, primas, amigas y amantes. Para decirlo en términos de beisbol: el placer del hombre es tan predecible y aburrido como una base por bolas intencional. El hit, el tubey, el triple y el jonrón están en el placer de la mujer; en la capacidad que tenga su amante para pasearla por las bases y lograr que ella se deslice —sudorosa, despeinada, desparramada— sobre un home plate que es cimiento de hogar y felicidad. En Cuba ser “mala hoja”, “mala cama” o “mal palo”, es un insulto, es un estigma y una humillación; es un viacrucis que en la cultura anglosajona sólo se compara con ser un “looser” (perdedor) o un desempleado.

Las cubanas saben eso. Las cubanas esperan y exigen. Las cubanas —al menos las de mi generación— viven convencidas de que un buen amante es mucho más que una superdotación anatómica, una cara linda o un status social: es el compromiso de una responsabilidad. Las cubanas saben que todos los días no son de fiesta, que el jonrón sale y que de vez en cuando hay que vivir con un “foul” a las mallas; las cubanas aceptan cualquier cosa menos un “out” por regla. La responsabilidad del swing completo siempre tiene que estar ahí; porque de esa responsabilidad nace el milagro; porque basta con el compromiso de esa fe para que un día un amante cansado, mal alimentado, sudoroso y mordido por mosquitos, logre aguantar como un hombre y alcance a  pasearlas por bases y nervios; a llevarlas desde las terminaciones nerviosas de la piel hasta el nervio pudendo; y desde el vaginal, con su místico punto G, hasta esa región que está allá,  en lo más profundo del jardín central —donde las piernas flaquean, donde los brazos se acortan— y que en muchas ocasiones sólo se puede alcanzar con un surtidor que ellas cuidan muy bien de no malgastar en sus bocas; porque cuando esa región —inervada por el nervio Vago (vaya nombrecito)— es estimulada ellas mueren en vida, se visten con un sudor frío, dejan de sentir el latir de sus corazones desbocados, hablan con sus nucas y sienten que el tiempo se detiene, que desaparecen el bien y el mal, que no hay dioses y sólo existe el amor de un ser que quiso y pudo aguantar como un hombre.

Estamos hablando, entonces, de dos visiones diametralmente opuestas del estoicismo. Una, la anglosajona, o estadounidense, está hecha del doloroso rechazo al placer y a su punto culminante: la mujer. La otra, la cubana —y quizás latinoamericana— está  hecha de la dolorosa espera, cargada de incertidumbres, que siempre antecede a cualquier comunión. Es ahí, en la confusión de esas visiones, donde se pierden los ideólogos del castrismo cuando critican el reggaetón del Chupi-chupi. No se trata, como ellos piensan y quieren esconder, de un nivel de grosería que es mínimo cuando se le compara, por ejemplo, con los gritos de las hordas que acosan a las Damas de Blanco. No se trata de un descalabro cultural que es irrisorio cuando se pone en el contexto de una cultura arrasada. No se trata del acercamiento inevitable de la sociedad cubana a la estadounidense, ni de la americanización de la vida sexual de los cubanos. Se trata de la pérdida del último bastión por el que los hombres de Cuba estarían dispuestos a sacrificarse. Y revolución es, ya sabemos, sacrificio.

Sobre el autor

César Reynel Aguilera

César Reynel Aguilera

César Reynel Aguilera (La Habana, 1963) es médico, bioquímico y escritor. Sus artículos y ensayos son frecuentemente reproducidos en publicaciones digitales e impresas de varios países. Ha publicado la novela “R.U.Y.” (Alexandria Library, Miami) y, con la misma editorial, “Monólogo de un tirano con Maquiavelo”, un libro inspirado en la muerte del líder cívico Oswaldo Payá Sardiñas. Se exilió en Montreal, Canadá, en 1995, y aún reside en esa ciudad.

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