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El discurso tanático de Félix Anesio

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El discurso tanático de Félix Anesio

El poeta Félix Anesio

El discurso tanático de Félix Anesio
marzo 26
21:01 2018

 

Hoy bebo una taza de café amargo

en un lugar ajeno que se llama exilio[1]

El uso manifiesto de lo tanático es muy frecuente en la poesía cubana desde sus inicios y se ha abovedado de manera soberana en las obras de las últimas promociones de nuestros autores. Con una simple mirada en reversa pueden apreciarse textos en los que la muerte (sin violencia física) es un cifrado común y adquiere a partir de 1990 matices de exorcismo o por lo menos de higienización espiritual muy acentuados. Tanto la solución (morirse) como el proceso (irse muriendo) han fluido del “morir de amor” al “morir por la patria” hasta radicarse en la denuncia: el amor y la patria me matan, la patria me está matando… A veces esa patria simbolizada en elementos pedestres, otras, con la donosura del verso grande.

¡Niágara poderoso!

¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años

Ya devorado habrá la tumba fría

A tu débil cantor…[2]

(…)

Vale más a la espada enemiga

Presentar el impávido pecho,

Que yacer de dolor, en un lecho,

Y mil muertes muriendo sufrir.[3]

(…)

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia

Que yo perezca cual malvado impío

Y que los hombres mi cadáver frío

Ultrajen con maligna complacencia…[4]

Otros ejemplos, que van desde José Martí hasta el más joven de los bardos cubanos, solamente servirían para llenar de innecesarias páginas mi aseveración. Elijo estos por el carácter fundacional de ambos poetas. Heredia, un expatriado; Plácido un proscrito, un perseguido y un condenado dentro de la isla.[5] Ambos anegados por el amor a la patria; los dos condenados a morir por la patria. El primero murió en el exilio, lejos de la Palma Real; el segundo fue fusilado por su oposición política.

El poeta cubano Félix Anesio, exiliado en los Estados Unidos, ha publicado en la prestigiosa editorial Betania un libro conmovedor por los diversos registros que utiliza para darle a la muerte sustancia nueva.

Desde el propio título Los cuervos y la infamia, combina la muerte física y la espiritual.

La infamia es la degradación del honor civil,[6] es decir, el deceso cívico del ser humano. El hombre infamado solamente puede recuperar su honor a través del duelo a muerte… el hombre infame ya es un cadáver que respira.

Mucho ha visto nuestra patria de infames e infamados. En el caso de Anesio, condenado al exilio, ha sentido en carne propia el verbo insultante que recibe la amplísima fracción de cubanos que viven en el exterior[7] o que aun viviendo en la isla piensan de un modo diferente al de los comunistas.[8] Me gusta imaginar que con este libro le devuelve el pañuelo y reta a los difamadores.

El cuervo, por su parte es otro tipo de símbolo aunque el de la muerte le venga más por lo semiótico que por lo semántico. Ave de mal agüero; imagen que habita entre el alfa y el omega;[9] pájaro de graznido (escalofrío) no de cánticos melodiosos. Por ello, seguramente, el hablante lírico del poemario carece de modulación y modelación rítmicas. El escarceo y la denuncia provocan ‒como fórmula sutil‒ rupturas momentáneas en la hilaridad del discurso con el único objetivo de conducirnos a un segundo asunto, que en todos los casos es un asunto romántico vinculado con la patria y la muerte. Con la patria como el cuervo que envía Dios después del diluvio; con la muerte como el cuervo de luto conque ilustrara John Tenniel[10] el poema de Poe.

Juntar ambas imágenes desde el pórtico describe un escenario ceniciento, pletórico de grises, de almas en penas, de purgatorio, de otoño estacionario.

Otoño estacionario es la elección personal del exilio (del país, del tiempo, de la generación) por no soportar más la realidad circundante:

Tengo el alma, Señor, adolorida

Por unas penas que no tienen nombre

Y no me culpes, no, porque te pida

Otra patria, otros siglos, y otros hombres…[11]

Otoño estacionario es el exilio.

Ya lo fue para José María Heredia, para José Martí, Zenea, Gastón Vaquero, Guillermo Cabrera Infante, Heriberto Hernández. Ya lo es para Alberto Garrido, Félix Luis Viera,[12] Juan Carlos Valls, Sonia Díaz Corrales, Armando Añel, Waldo González, etc.[13]

Otoño estacionario es la melancolía del expatriado, del sujeto que tuvo que resembrarse en un cangilón diferente al que le otorgara Dios en su nacimiento.

Y aún resembrado (huella casi tangible en la poética de Anesio) sigue oliendo a Cuba. No solo por el uso de ciertas fórmulas y timbres que son peculiares en nuestra poesía, sino por esa como candorosa y desnuda naturalidad con que el poeta asume el reto de denunciarlo todo de una vez, para desahogarse, para botar en un mismo atadillo lo que pesa en su alma. Pero, de botar sin renunciamientos; de botar la carga para que el lector vea las dimensiones del dolor, que es casi siempre la misma dimensión de la muerte.

El otoño estacionario es la figura tanática, el aviso de la muerte que se esboza desde el exergo del libro (Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta), y después, por todos sus versos, un sonido similar a la última estrofa de To Autumn de Keats, la eufonía espectral, el yunque ya inservible y mohoso en el patio, cubierto por un lago de hojas.

Por todo el libro la patria desgajada, sin la fijeza del verde ni el batir vivísimo del aire. Por todo el libro la ansiedad que concurre, las huellas del desastre humano, la revelación de que todo está perdido. La muerte, la muerte como única fórmula para escapar del círculo vegetativo y llegar —por fin llegar— a un sitio de liberación (más bien resurrección) para a través de un fino ejercicio oral transmitir sus vivencias. Experiencias que van a llegarnos sin el tutelaje de la metáfora oscura sino envasadas en líneas excesivamente despejadas, excesivamente sentenciosas, excesivamente irrebatibles.

No se aprecia temblor ni duda ante lo «definitivo». La vacilación que a veces surge desde el hablante viene desde una deuda recóndita: su intención de ser feliz fuera del ciclo vital; es decir en el espacio que ocupa durante el «trance creativo».

En una entrevista para prologar el texto, Lilliam Moro formula un cuestionario muy exhaustivo al autor sobre las motivaciones poéticas y otros asuntos generales. Inmediatamente llamaron mi atención ciertas sentencias de Anesio ‒fuera de «trance»‒ que respaldan no solamente la tesis de la inundación de lo tanático en su obra sino también en su ciclo vital. Muere y renace hacia otros derroteros.

Una clave esencial es su apostilla de cómo y por qué comienza a escribir; dice: «La literatura tocó a mis puertas ya en la adultez y fueron las circunstancias de tener que emigrar las que propiciaron mis primeros escritos, algunos en Cuba y luego en los Estados Unidos».

Termina (muere) para él el espacio físico; aparece (nace) el espacio espiritual. La patria discurre de la tierra que pisan sus plantas hacia su re-creación imaginaria. Desde ese instante su país será la poesía, y las calles (ya muertas) de su patria, serán los versos fúnebres que se sucederán en sobredosis durante todo su libro.

Para Anesio —como para una porción significativa de la diáspora literaria cubana— sucede un acontecimiento inédito: ha muerto la relación idílica con la isla; no habla de transformación política o social en sus versos, de sueños de cambios, de retorno. Lo que para poetas de otras generaciones fue esencial (la libertad de Cuba, el añorado regreso) desaparece en los textos (no así en los diálogos comunes) de los poetas contemporáneos. Para Anesio, en específico, el pasado sirve para decorar sus poemas, y muy lejos deja el interés poético por «la resurrección de la patria».

Tal vez los sociólogos deberían detenerse en este aspecto del exilio en general: muy pocos piensan (de verdad) regresar a Cuba aunque la línea lexicalizada «están haciendo las maletas» se perpetúe con sorna en el discurso oficial cubano.

II

El desenfreno tropológico como recurso para el hablante lírico en cada uno de los poemas (no hay reposo siquiera en aquellos que no son catárticos)[14] anuncia el desespero, la necesidad de denunciarlo todo de un jalón, como si no existiera mañana, como si el final de la vida le esperara en el próximo verso. Es el mismo desespero de quien recibe la extremaunción y necesita confesar los horrores que ha vivido,[15] los horrores que ha visto, los horrores de los que fue víctima o victimario.

El uso de escenarios calamitosos y de referentes que acentúan la marca de decadencia humana es casi tangible[16] y propician la atmosfera convulsa donde el sujeto (casi siempre el mismo moribundo) exterioriza su deseo de “terminar de una vez” ya sea por su propia mano (suicidio) o por disposición divina o natural.

Revisemos momentos del sujeto suicida:

            El pistoletazo no se hizo esperar, sobre la sien, la víspera.[17]

            (…)

La vida

como un caballo desbocado

azaroso y feliz.

Soltar las riendas:

he ahí la clave.[18]

(…)

Y enfrentar la vida ahora

con menos células corticales

bajo la prescripción facultativa

de no dejarte pensar

en el deseo abismal

de renunciar

a todo[19]

La sugerencia del suicidio político es evidente en el siguiente texto:

Una mano escribe en la pizarra:

“El Imperialismo se derrumba.

El futuro pertenece por entero

al Socialismo…

Hace ya muchos años que la profesora descansa en paz.[20]

 

Desde el poema con el que inicia su larga caminata (Los seminaristas), el poeta nos habla de la pérdida de la libertad (muerte espiritual del individuo, en este caso por decisión personal al consagrar sus votos a Dios), para luego sumergirnos en otras estancias de esa misma muerte espiritual o ‒para ser justo y exacto‒ del asesinato espiritual del Hombre:

 

Desterrada del paraíso por la fuerza,

vulnerada su inocencia,

ha de cruzar errante

el vasto desierto

donde hiere la luz

entre los cuervos de la infamia.[21]

(…)

Acaso no distingue la laxitud del que espera lo peor

del que sigue acoquinado en este tren de seres moribundos[22]

(…)

Cada día muere

con su propia gesta

encima.[23]

(…)

Nos consumimos

como cirios

en el altar de nadie.[24]

La presencia de arquetipos que señalan hacia la muerte como destino es abrumadora durante todo el volumen. El hospital, el médico, el enfermo, la medicina, la camilla, el paciente…

Bajo la luz de una lámpara se agrupan

los medicamentos[25]

(…)

y el ruido de la camilla

sobre el piso desnivelado

de un hospital de pobres

donde no se cura nadie.[26]

(..)

La extraña felicidad de un poeta que yace en una cama de

hospital,

rodeado de amigos, ante el umbral de una muerte

insospechada.[27]

(…)

Los sabios doctores contemplan totalmente desnudas

sus jorobas,

toda su anatomía; su genitalia de hombre-bestia expuesta,

impúdicamente,

bajo las frías luces que recuerdan la Lección de Anatomía

de Rembrandt.[28]

(…)

Gente cansada, coja

los bastones y las muletas sonando

el cáncer al acecho por su turno

el asma, y también el lumbago

en este largo tren que abordo

y que no parece llegar nunca a su destino.[29]

Asimismo la pérdida total del deseo de vivir se expresa en:

Retira los mullidos cojines de su cama de hospital

para yacer como cualquier otra persona

desnudo y sin afeites

sin concederle

ni a los dioses

ni a los hombres

ni a los astros

una jornada más de su existencia.[30]

Sin tono elegíaco aparece este poema dedicado al poeta Pedro Alberto Assef, que parece ser también el objeto lírico:

Has muerto, poeta,

pero has dejado una huella

a contrapelo del camino:

tu voz de cántaro gentil,

vasija rústica que escancio

cuando abruma la sed.

No mueras más de lo que has muerto.[31]

En la amplia gama de referencias que posee Los cuervos y la infamia se torna imprescindible detenerse en el paradero cruel que es el poema-denuncia El callejón de los vencidos. Para sortear su espinoso recorrido es necesario conocer la existencia del escritor y pintor polaco Bruno Schulz, sujeto bajo el que sumerge Anesio al personaje de su texto. Más allá de las referencias visibles o simples, este largo poema permite al autor conectar su propia experiencia de «destierro» con varios sucesos que precedieron al Holocausto. Resulta tan reveladora la similitud sintáctica entre El callejón de los vencidos y El callejón de los milagros (novela fabulosa de Naguib Mahfuz),[32] como la hermandad en el trazado de los personajes y la atmosfera del texto. En ambas obras el esquema lineal permite una lectura dramática, y la descomposición social impide que tanto el sujeto lírico como los personajes subordinados solamente puedan sumergirse en la rabia que genera la pérdida de la ilusión.

Revisemos los rasgos semánticos de callejón: calle estrecha o calle sin salida… es decir hacia la nada, hacia el vacío; pero en lo semiótico el callejón es sequía, polvo (del polvo viniste y al polvo volverás), pobreza, exclusión, el camino del diablo, la muerte… Vencido es el que pierde… absoluta y tristemente también el que fallece, el que cae vencido por algo que le es superior o por su propia desidia.

Bruno Schulz muere el mismo día[33] en que pretendía escapar de Drohobycz con papeles falsos y la ayuda económica de sus amigos. El sujeto de El callejón de los vencidos es declarado inútil, inservible, miserable de toda solemnidad/ más cercano a su destino natural, la inexistencia,[34] mientras intentaba idéntico propósito.

En esta trama descansa lo conflictual del poema, la voz enérgica (más bien desordenada y trepidante) del sujeto que utiliza los números treinta y uno, treinta y dos… para nombrar a los demás desterrados… por ser el 30 número abundante… y guardarse para sí el 33, número del arsénico, medio arquetípico de la muerte más brutal… y luego, hacia el final, cuando solamente cabe en él la posibilidad del suicidio, aísla la palabra silencio como significante absoluto de la muerte.

Ese silencio allí, en las postrimerías, es también todo el silencio que va cayendo sobre el libro en la medida en que se oscurecen los contornos y la luz va cayendo encima del sujeto acorralado, cercado por los ruidos tremendos de la muerte.

[1] Todas las notas sobre el poemario objeto del estudio se refieren a la edición de Los cuervos y la infamia, ed. Betania, 2018.

[2] José María Heredia, Niágara.

[3] José María Heredia, Himno del desterrado.

[4] Plácido, Plegaria a Dios.

[5] Revisar además la vida, muerte y obra de Juan Clemente Zenea.

[6] La Infamia en la Antigua Roma conceptúa el término como “Degradación del honor civil”, que consiste en la pérdida de reputación o descrédito en la que caía el ciudadano romano una vez efectuado el Censo por parte del magistrado competente (Censor). De esta forma, era tachado con nota de Infamia.

[7] Los medios masivos cubanos les han llamado gusanos, escoria, lumpen, vende patrias, entre docenas de términos peyorativos.

[8] Al poeta Francis Sánchez por crear una página web y exponer sus ideas en ella le acusaron de Ciberterrorista en el programa de TV cubana La Mesa Redonda, por solo citar uno de los variadísimos ejemplos.

[9] En la Biblia hay varios relatos referentes a los cuervos: en el primero, Noé suelta un cuervo para ver el retroceso de las aguas después del diluvio. En el segundo, son enviados por Dios para sustentar al profeta Elías de manera sobrenatural. En el primer libro de Reyes, se narra que los cuervos le llevaban, por orden de Dios, alimento (pan y carne) a Elías dos veces al día, cuando éste tuvo que esconderse junto el arroyo Querit. Además, hay varios versículos que utilizan la imagen del cuervo como ejemplo de impureza o maldad. (Copiado directamente de Wikipedia.org).

[10] Sir John Tenniel (Bayswater, Londres, 28 de febrero de 1820 – Londres, 25 de febrero de 1914), fue un dibujante británico.

[11] En días de esclavitud II, Juan Clemente Zenea.

[12] Leer su texto La patria es una naranja.

[13] Coloco un etcétera porque el lector podría horrorizarse con la cantidad de excelentes poetas cubanos en el exilio. Nunca, en ninguna fase de nuestra historia hubo tantos autores expatriados.

[14] Un ejemplo clarísimo puede apreciarse en el poema El pez abisal, p. 28.

[15] «¿Es misión del artista desentrañar/la oculta belleza de lo horrendo?», Los cuervos y la infamia, ed. Betania, p. 27.

[16] Léase Rara avis, pp. 29 y 30.

[17] De El callejón de los vencidos, p. 40.

[18] De Clases de equitación, p. 47

[19] De El paciente, p. 25.

[20] De Clase de historia en Cuba, año 60, p. 44

[21] De Los cuervos de la infamia, p. 23.

[22] De El callejón de los vencidos, p. 37.

[23] De Carpe Diem, p. 45.

[24] De Ceremonial litúrgico, p. 46.

[25] De En las altas horas, p. 24.

[26] De El paciente, p.25.

[27] De Sucesión y límite, p.26.

[28] De Rara avis, p. 29.

[29] De El callejón de los vencidos, p. 35.

[30] De Rara avis p.30.

[31] De Cuando abruma la sed, p. 32.

[32] Escritor egipcio. Premio nobel de Literatura 1988.

[33] 19 de noviembre de 1942.

[34] De El callejón de los vencidos, p. 38.

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Sobre el autor

Otilio Carvajal

Otilio Carvajal

Otilio Carvajal (Chambas, 1968). Escritor y director artístico. Ha publicado numerosos libros y obtenido múltiples premios en Cuba, entre ellos el “José María Heredia” (teatro y poesía), “Manuel Navarro Luna” (poesía), “Regino E Botti” (teatro) y “Eliseo Diego” (novela para jóvenes). Su novela “Ponme la mano aquí” fue traducida al holandés y publicada en la editorial La Pluma de Oro. Su obra ha aparecido en decenas de antologías en Cuba, España, Argentina, México y Estados Unidos.

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