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El dulce del frasco

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El dulce del frasco

El dulce del frasco
Mayo 17
13:19 2017

¡Qué susto! Tres de la madrugada y aquel teléfono timbra que timbra. En un segundo pensé diez mil cosas y ninguna buena, por cierto.

Un sí, seco y adormilado del lado de acá; y del otro, la voz cantarina que me sonaba remotamente conocida. Que soy Carla, sí, desde la Argentina… Buenos Aires, nos conocimos el año pasado cuando fui a La Habana al encuentro de arquitectos y te estoy llamando porque quiero volver para las Navidades y me gustaría saber… ¿si vos podés recibirme en tu casa? Del tiro, se me quitó el sueño.

A la semana siguiente estaba yo en el aeropuerto esperando a Carla. Confieso que solo la reconocí al verla frente a mí, no la recordaba tan joven, tan bonita, tan simpática ni tan parlanchina. Respiré aliviado, en mis recuerdos de borrachín -porque eso hicimos en el tal encuentro de arquitectos, tomar ron hasta por las orejas- yo la había confundido con otra arquitecta, que era bien mayorcita y con cara de bruja, y creo que la vieja ni era argentina.

Me llevé a Carla para mi casa y solo pude apaciguar a la familia, después del primer mercado con que nuestra huésped nos sorprendió, en el que incluía papel higiénico, toallas sanitarias para las mujeres, detergente para lavar y fregar, unas tartaletas de fresa y unas botellas tamaño familiar de Coca- Cola. Yo había leído en algún sitio que los mecánicos en Estados Unidos usaban la Coca-Cola para sacarle el óxido a los tornillos y que las amas de casa también la cogían para limpiar los inodoros. Cuando le comenté a la familia tan trágica información, el más chico de mis sobrinos, sencillamente, dijo que él también necesitaba limpiar el óxido de sus articulaciones, y hasta la abuela lo apoyó. Claro, yo lo había dicho con el propósito de que no se tomaran los botellones de gaseosa y así luego, con mis amigos, mezclarla con ron y saborear el Cuba Libre, que ya ni me acordaba cómo sabía. Pero ni la tomé con ron ni sola, porque “la bebida del enemigo”, como llamaban entonces en Cuba a la Coca- cola, se esfumó como por arte de magia. Hablaron tantas maravillas del dichoso refresco que Carla se comprometió, y lo cumplió, a que mientras ella estuviera en la casa no faltaría la Coca-Cola. A partir de ahí, nadie se quejó porque la argentina usara primero el baño en la mañana, ni porque le diéramos la mejor habitación de la casa con vista al mar.

Ahora, eso sí, nadie como yo para resistir todo el día la misma carreta de Carla, que andaba toda emocionada y no paraba de hablar. No sabés, Che, cuánto agradezco a vos esta oportunidad de vivir con tu familia, comer con ustedes, escuchar que no hay jabón, ni papel higiénico, así de primera mano; que no llaman a Fidel por su nombre, y oírlos burlarse cuando “Quien tú sabes” habla por la tele. Hasta ahí aguantaba sin tanto esfuerzo, me agobiaba un poco, cierto, pero un poco nada más. Me daban ganas de decirle que se callara un rato, pero aguantaba como un toro. Cuando casi casi se agota mi paciencia, fue cuando Carla arrancó con aquello de que me quería acompañar a la bodega. Yo que siempre remoloneaba y me hacía el sueco con eso de ir a la tienda en busca de los mandados, me sentía en la obligación, como anfitrión, de complacerla, y todos en la casa encantados de que asumiera la tarea. Carla quería ver cómo me anotaban el pan, las libras de arroz, de azúcar, de frijoles… Ahí yo la interrumpía y le rectificaba que eran las oncitas de frijoles.   Pero ella seguía, simplemente, me ignoraba. Y me parece genial cuando apuntan las libras de café. Y yo que me decía para mis adentros qué pasa con esta tipa, y con una sonrisa disimulando mi mal humor volvía a corregirle. Me tragaba una grosería, solo le repetía una vez más, que eran oncitas de café y mezcladas con chícharo. No le importaba, ella se divertía cada vez que llegábamos a la bodega. Hablaba con el dependiente, quien no se sonreía nunca y con Carla era como un payaso en función. Cuando fuimos a buscar el pollo, entonces importado del Canadá, para completar la cuota del núcleo de mi libreta, el carnicero metió un hachazo a la mitad de un muslo y tomó, exactamente, la parte final para obtener el peso perfecto de mi cuota. Mientras me mordía los labios por no coger yo el hacha y cortarle la cabeza al carnicero, Carla seguía con aquello de que los cubanos sí que la inventan, mira tú que fácil resolvió el señor la situación de las onzas de diferencia en el peso de tu pollo.

La verdad, verdad, contaba yo los días, los minutos, los segundos que faltaban para llevar a Carla al aeropuerto, se montara en su avión y se fuera para la mismísima Argentina. Cierto que era muy chévere eso de que me invitara con sus dólares a unas cervecitas frías en la Plaza de la Catedral. Y qué decir del fin de semana en Varadero… ¡Espectacular! La pasamos a cuerpo de rey. Yo “disfrazado de argentino”, que no era la parte difícil porque Carla me había traído camisas, pantalones, zapatos y un sombrero, que debió haber sido de su abuelo por lo menos. Intentaba hablar como ella hasta que me dijo que mejor permaneciera calladito que así me veía más bonito. Lo más interesante fue que la argentina me mostró en los días de su visita una ciudad que apenas yo conocía, la ciudad del “área dólar”. Al principio, me daba un poco de pena, pero al ver que a ella le parecía tan folklórico que yo, nativo, nacido y criado en la capital, arquitecto, nunca hubiera visitado esos lugares, ni comido esas comidas, y que se reía cada vez que yo cometía una indiscreción, terminé diciéndome a mí mismo lo que decía mi abuela: “hay que ser como los peloteros: ganemos este juego hoy y mañana ya veremos cómo ganamos el otro también”.

Hasta eso de moverse por toda La Habana en turitaxis era un vacilón. Al menos en esos días descansé de las interminables filas para tomar el bus, o pelearme por montar en el almendrón y ahorrarme los diez fulas que cobraban por llevarte a cualquier sitio, lo mismo daba si viajabas hasta Marianao como si ibas a la Lisa o al Vedado. Así que la perorata de Carla la aguantaba bien a cambio de esos beneficios. Pero, carajo, lo que sí me costaba trabajo era aguantar aquel lío que tenía con la libreta de la comida, a la que llamaban en Cuba entonces, cínicamente, “de abastecimiento”. No paraba con aquello de que no sabés la emoción que me hacés sentir cuando me llevás a tu bodega y veo como te anotan las libras de café, y yo de nuevo a la carga aclarándole que eran unas oncitas de café y mezcladas con chícharo. A Carla parecía que le daban cuerda, se reía y se reía porque encontraba que era un chiste muy bueno.

Y así seguía con ese dale que dale, y la emoción con la libreta y con las libras de café, pues nunca aceptó eso de las oncitas. Se encantó cuando se enteró que al pan que nos apuntaban en la libreta la gente le decía “toma uno” por eso de que era uno por persona cada día. Una tarde andaba algo nerviosita hasta que me soltó lo último que yo podía esperar de ella. Me dejó sin palabras con eso de que por favor, por favor, dejá vos que yo le entregue al de la tienda la libreta. Me dio vergüenza con mis vecinos por la escena que montó Carla. No permitió que el empleado hiciera las anotaciones de los productos vendidos en mi libreta, hasta que no tuvo lista su cámara. No sé cuántas fotos me hizo que le tomara. Se subió al mostrador de la bodega y ¡Flash! Se bajó al otro lado del mostrador y ¡Flash! Se puso al lado del dependiente y ¡Flash! ¡Ay, pero qué gracioso que los clientes traen sus propios recipientes y bolsitas para los mandados! El bodeguero echaba el aceite en la botella que yo había traído ¡Flash! Que el arroz en mi javita. ¡Tu bolsa se sale… qué cómico! Al borde de una apoplejía, recogí el arroz regado, lo pasé a un recipiente plástico. Eché los mandados en una java de yarey que usaba para la ocasión, le dije que ni una foto más. La tomé de la mano y me la llevé a rastras. A Carla le pareció divino mi exabrupto. Eso es lo que me gusta de los cubanos, vos sos hombres de verdad: ¡Flash!

Aun aumentaría mi desconcierto cuando se echó a llorar al tener una libreta de verdad entre sus manos. Cuando al fin llegó la hora de su regreso y el momento de decir adiós a mis cervecitas y a mi turitaxis, Carla llegó al clímax, ante mi regalo, envueltico en papel de colores, reciclado de los obsequios que ella misma había traído tan finamente presentados para la familia. Al abrir el paquetico amarrado y todo con una cinta, me abrazó, lloró, moqueó. No podía creer que se estaba llevando de Cuba una libreta de la comida, una auténtica, dedicada y firmada por mí y por toda mi familia y algunos amigos. La besaba y acariciaba. Y yo pensando que se podía llevar para Argentina la dichosa tarjeta, porque estábamos en enero y ya teníamos la libreta nueva, sino mi abuela no me hubiera permitido regalársela, primero me hubiera molido a palos. Carla, encantada con su libreta, seguía con lo mismo: Vos no sabés que esto es una reliquia, un objeto museable, histórico… ¡Una maravilla!

Claro que sus lágrimas no fueron nada al lado de las mías, y las de todo el familión, que junto al enojo por poco me rompo la cabeza contra la pared cuando alrededor del quince o del veinte de enero vi en exhibición en la bodega unos frascos clásicos en esa época en Cuba, de boca ancha y redondones, que contenían unas espléndidas lascas de toronja en almíbar.

Preocupado, cuando estaba recibiendo mis cinco libras de arroz, las cinco de azúcar, las oncitas de café y de grano, vi que no me ponían en la compra el dulce del frasco. Ante mi reclamo, el bodeguero, tranquilamente, me miró y me soltó que no, que no me tocaba, “es que este es el plan Camarioca, hay, pero no te toca”. Sonrió con su bocota gigante: “es que no te toca porque el dulce del pomo es del corte del 25 de diciembre… es con la libreta vieja… con la libreta del año pasado”.

Del libro en preparación ‘El paraíso del absurdo’

Sobre el autor

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa (Guantánamo, 1949) es narradora, periodista, guionista de radio y televisión, promotora, productora cultural, crítica y ensayista. Técnica en informática, fue profesora universitaria y asesora de tesis de grado de la Facultad de Comunicación Social (Colombia 1998-2008). Es también curadora y ha obtenido numerosos lauros y reconocimientos por su obra literaria y radial. Su primer premio literario lo recibió a los 15 años de edad. Ha publicado varios libros con la coautoría del maestro Arístides Pumariega.

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