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El edificio Chibás y la mala suerte

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El edificio Chibás y la mala suerte

Eduardo Chibás

El edificio Chibás y la mala suerte
junio 01
16:25 2016

 

Olga Andreu saltó al vacío desde el sexto piso del edificio Chibás, situado en la esquina este de G y 25, en el Vedado. No se tiró por el balcón o desde la azotea, como tantas veces se ha afirmado. Se lanzó de cabeza por una de las ventanas laterales que miran a la calle 23. Son unas ventanas de vértigo que llegan casi a las rodillas e invitan a tirarse en clavado para acabar de una vez. A mí me horrorizaban. Bastaba con asomar la cabeza y doblar un poco el cuerpo para consumar el suicidio.

Pero la protectora de artistas y escritores perseguidos —a quien Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas le dedicaron páginas y páginas de respeto, admiración y agradecimiento— no se mató solo por culpa de las ventanas art dèco.

Aquel 9 de mayo de 1988, el lunes después del Día de las Madres, la exesposa del cineasta Tomás Gutiérrez Alea se sentía muy sola y deprimida. La hija se había ido del país por El Mariel años atrás. Los amigos escritores y artistas que animaban las famosas tertulias de su casa (Virgilio Piñera, entre otros) o se habían largado de Cuba o se habían muerto o vivían en el ostracismo paranoico. Las penurias crecientes que anunciaban tiempos peores —el periodo especial que ya se divisaba en el horizonte gris— completaban el triste cuadro. Marginada y excluida en una sociedad que desprecia el talento y castiga la individualidad insobornable, Olga decidió abreviar el sufrimiento poniendo fin a su vida.

Tiempo después, quizás unos dos años tras la muerte de Olga, su sobrina de igual nombre, a la sazón compañera mía de trabajo, pudo heredar el apartamento e instalarse en él tras una larga tramitación. Se sentía muy contenta de tener casa propia, como es lógico, y no paraba de contarme anécdotas sobre las ocurrencias un tanto excéntricas de su tía preferida, una mujer auténtica que se pasaba de original en un país de fingidores y farsantes.

Un tarde, a la salida del trabajo, coincidimos Olguita y yo en la Casa de las Infusiones con un señor muy decente y afable, un tipo indudablemente de antes del desastre a quien todos llamaban ‘el profe’. Lo había conocido socialmente a través de los amigos de las tertulias del té con ron —chácara con gusaneo, como a él le gustaba llamarlas— en aquellos años de perestroika y vientos de cambio.

Al marcharse Olguita unos diez minutos después, el profe me miró serio y me advirtió con mucha gravedad: “Esa muchacha no sabe dónde se ha metido. Ese edificio arrastra el maleficio, la vibra negativa y la mala sombra de Eddy Chibás. Ahí han ocurrido muchas desgracias, entre suicidios y tragedias que para qué te cuento”. Hizo una pausa para tomar un sorbo del té con ron y prosiguió: “Yo, que vivo a una cuadra, siempre evito pasar por la acera del Chibás. Es una salación. Es el comité central de la mala suerte”, remató la idea con esa extraña expresión redundante.

Luego pasó a contarme el misterio de la desaparición de la cuña azul de Chibás —un Packard 49, deportivo y descapotable, según él— con la cual el líder ortodoxo se movía en sus campañas electorales. La cuña estuvo guardada en un rincón del sótano del edificio durante años y un buen día desapareció. Se comentaba que Efigenio Ameijeiras se la había apropiado para sus correrías por La Habana cuando era jefe de la Policía, de manera que el alma en pena de Chibás no encontraba reposo sin su cuña emblemática aparcada a la sombra de la historia. Una fatalidad cantada.

Yo me quedé asombrado con esa trova agorera que ni a mi abuela supersticiosa se le hubiera ocurrido. “¿Pero usted cree, profe, en esas cosas que son solo supersticiones y supercherías?”, le pregunté incrédulo y discretamente sonriente. “Cómo no voy a creer en eso, muchacho, si la mala suerte es un hecho comprobado”, me respondió muy seguro de sus palabras. “Lo único que falta es formalizarla en una fórmula matemática para elevarla a la categoría de ciencia establecida”, concluyó en un tono que a mí me pareció francamente delirante.

Me despedí al poco rato del teórico de la salación, todavía asombrado de lo que había oído. Y creo que nunca más lo volví a ver. El periodo especial arreciaba y el alcoholismo se había convertido en una especie de deporte nacional. La úlcera no me sanaba, así que tuve que aislarme en mi barrio de Santos Suárez y apartarme de la vida social para evitar la bebedera de la glasnost y el wishful thinking. Había decidido irme de Cuba lo más pronto y sano posible.

Ya fuera del país, años después, recibí la noticia de que el hijo de la amiga y sobrino nieto de Olga Andreu había fallecido al desprenderse el balcón donde estaba jugando con un vecinito. Entonces me acordé de lo que me había contado el profe sobre la salación del edificio Chibás. Fíjate que todavía es y me erizo cuando lo recuerdo. Sin caer en el fanatismo esotérico, he llegado a la conclusión de que, si la mala suerte es quizás una noción elemental y cuestionable, por lo menos a mí me resulta más creíble que la murga del calentamiento global.

Sobre el autor

Nicolás Águila

Nicolás Águila

Periodista cubano con residencia en Madrid, licenciado en Filología Inglesa, Nicolás Aguila ha sido colaborador de numerosos publicaciones en varios países, entre ellas Cubanet y la Revista Hispano Cubana. Ha trabajado como docente universitario, traductor y editor de revistas médicas. Residiendo en Brasil obtuvo por concurso una beca de ICI para curso de profesores de español en Madrid. Ha realizado numerosos cursos de posgrado en el área de Lingüística Aplicada y enseñanza de idiomas en Cuba, Brasil y Estados Unidos.

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