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El elocuente silencio de Germán Guerra

El elocuente silencio de Germán Guerra

El elocuente silencio de Germán Guerra
febrero 03
10:51 2014

Germán Guerra

Germán Guerra

“Hay que encontrar la palabra que guarde silencio”. Jacques Derrida.

Travís de Ireneo, más conocido como San Ireneo, Obispo de Lyon alrededor del 180 D.C., en su obra Adversus Haereses (Contra las herejías) no pudo prever la aparición posmoderna del Libro de silencio, corpus delict de Germán Guerra. Convicto y confeso de trasgresión del ceremonial, la historia y la leyenda de la iglesia, para explayar en la temática de Dios el destino, la vida y la muerte de su más cruenta/tierna creación.

Desde el “Pórtico” y a través del libro el autor se complace en trastocar la soberanía de Dios, narrada en los primeros once capítulos del Génesis –en las Sagradas escrituras: La Creación, La Caída, El Diluvio y La Torre de Babel–, para introducirnos en la onírica gestación del hembro y la varona, vibrantes corazones de vida. Prestos a cubrir “los barrios del centro, los límites del pueblo y toda la extensión de la provincia” en una espiral que se eterniza hasta el “lugar donde latía la esperanza” aún no perdida.

Germán Guerra nos llega desde Metal, penúltimo libro publicado, en el que un haz de ecos perviven en el restallar de golpes, que nos inundan en versos tan borgeanos y existencialistas como “y el hombre devorando al hombre en el espejo” o aquel otro tan desafiante y único, “ el insomnio es una sucesión de sueños,/ soñando el caos en la rueda dentada de tu ojo”, que hicieran aseverar con acierto al ensayista Antonio José Ponte que  “Este libro (Metal) viene a sumarse a lo mejor de la poesía cubana más reciente, escrita dentro y fuera de la isla”. Libro de búsqueda y amplios aciertos, en Sol Egeo seguirá una estructura concéntrica, los elementos giran en torno a un núcleo central que explican. En cambio, en Cardiomegalia la estructura será abierta y audita, en la que hay una suma de elementos integrantes.

Pero en el Libro de silencio G. Guerra se deshace del tono acre, rebelde y disquisitivo, encuentra el cómo, el con qué arropar al yo precario posmoderno, sin las estridencias del grito o el fragor de las mandarrias golpeando el metal. Su vocación y oficio, su humor genuino y su lucidez, le han llevado a la comprensión de que los poetas cantan lejos de la exaltación. Y sin renunciar a las ternuras infantiles del duende, ni a la arrogancia de la masculinidad adulta, el verso acude a la oralidad, un tanto Helénica, arrebujada con el fino manto de una cultura moderna y cosmopolita. Descubre la palabra que falta y lleva en ausencia el silencio.

Es imprescindible recordar que Germán Guerra pertenece a la hornada de los nacidos entre finales de los 50 y los 60: Ramón Fernández Larrea, Emilio García Montiel, Carlos Augusto Alfonso, Sigfredo Ariel, Alberto Rodríguez Tosca, y Damaris Calderón; y que le unen lazos a sus pares José Miguel Sánchez, Félix Lizárraga, Emilio Ichikawa, Iván de la Nuez, Rolando Sánchez Mejías, Rafael Rojas y el propio Antonio José Ponte. Homogéneo grupo de amplias disimilitudes.

En un arco que se tensa de la isla y al exilio, en su gestualidad grandilocuente entre el desgastado discurso marxista de La Habana y el kitsch político miamense, esta generación se yergue reflexiva, acariciando el verso origenista pero comprometiéndose en más de un punto con la disquisición indagatoria de Avance. Fruto y esencias inequívoca de las épocas de crisis. Y es que el concepto de la “poiesis”, que le fuera tan grato a Lezama, les aleja del aldeanismo geográfico, ideológico o estético, pero no les priva, por criterios espurios, de un compromiso militante e interactivo con los conflictos y temas de su tiempo.

No es gratuita la referencia a T. S. Eliot en el Libro de silencio, en donde encarna la noción bosquejada por Eliot en La tradición y el talento individual, de que: “La tradición es algo mucho más importante. No puede heredarse, y si se desea debe obtenerse con grandes sacrificios”. Sacrificios de dejación y redescubrimientos que marcan a esta generación y estos tiempos. De conflictos existenciales que les/nos enfrenta a los reaganomies, las letras del rock, la irreverencia contestataria de la posmodernidad a los íconos de Martí, la Patria y los valores convencionales, y a la vez les/nos lleva asir el reencuentro del cancionero cubano, Juan Manuel Serrat, Los Beatles y Freud para eludir la vacuidad de un presente inconexo con el pasado reciente que nos muerde los talones y nos conecta con el río de la vida, fluyendo desde el Génesis.

Germán no ha amagado un discurso de ruptura, continua superándose sin que se desdibuje la fuerza arquetípica de su verso. La palabra ruta que transita el libro, el cedazo del poeta que preconiza la escritura lacerante de un elocuente Silencio escuchado por los místicos. Poesía que vibra inaudible, en su praxis o entelequia, en las estructuras del verso.

De la vieja rebeldía escapista de un José Manuel Poveda (1888 – 1926), sin duda el poeta más innovador de la primera época republicana, imbuido en el simbolismo francés y el satanismo de Baudelaire, vemos a un Germán Guerra, testigo de la caída del Muro de Berlín, compartir inquietudes desde texturas versales diferentes en el ejercicio de la riesgosa comunicación, eludiendo ambos el parloteo, de maniqueas ideologías, que con exiguos logros compartieron exponentes de generaciones intermedias:

Desagravio a Phocas

“Vagas sombras, leves brumas, / semejantes a un cortejo de ideas trágicas en marcha. / Peregrinos del silencio y del misterio / que desfilan en compacta caravana”. Poveda

Soledades.

 

Soledad de quien descifra el paso de las horas,

las horas ya, de números vestidas.

 

Soledad de la palabra en el silencio del poema.

 

Soledad de quien escribe estas palabras que ya no significan

palabras tatuadas en la sombra

como la luz taladra en el silencio.

 

En la temática del silencio le antecede La Avellaneda, Martí, José Manuel Poveda y Mariano Brull, con La casa del silencio (1916), entre los mejores de un posible largo etcétera. Tema recurrente y eterno de disímiles aristas al que el poeta del Guaso aportará nueva sabia y flujo. Silencio elocuente, de incontables matices, como en este obscenamente tierno poema de la soledad.

 

Wilhelm Tell

I (variación de soledad)

 

El sol ya está parado en la mitad del día, en el centro del mundo.  Setecientos millones de esperanzas y la misma cantidad de rascacielos insondables, efímeros, dejan caer una espada de luz sobre el único árbol que alienta en el silencio de la plaza, donde late el corazón de la ciudad.

         Un niño de madera, sal y estaño —su nombre es John, Abdul, José— encuentra una manzana junto al árbol y la muerde.  Morder en la delicia de la fruta es saciar el hambre que guardan las paredes del planeta.  Un niño que preguntó a su padre por el paso del tiempo y ahora le pregunta al tiempo —a la sombra del árbol— por qué se fue su padre, dónde ha muerto y cuándo acabará la guerra.

         El árbol, testigo de todos los incendios, responde con silencios y la flecha clavada en su costado va pariendo manzanas.  Es abril en la plaza, en las ramas del árbol hay un parto de pájaros suicidas.  Hay un puente y un abismo en cada puerta, una casa vacía naciendo en el pecho de los hombres, y no hay puertos, no hay puertos, no hay puertos.

El silencio universal ha obcecado al hombre de todos los tiempos. Quizás por ello Octavio Paz ha sentenciado: …lo más digno es el silencio. Pero hay que merecerlo. Para callar es necesario haberse arriesgado a decir. El silencio se apoya en la palabra y por ella se vuelve significación– una significación que las palabras no pueden ya decir. El poeta no tiene más remedio que escribir con los ojos fijos en el silencio.

Sobre el autor

Augusto Lemus

Augusto Lemus

Augusto Lemus Martínez (Guantánamo). Poeta y ensayista. Fundador de la editorial Ediciones EntreRíos y editor de las revistas Linden Lane Magazine y La Peregrina Magazine. Como poeta ha publicado “Tropismos” (2005) y está representado en las antologías “Lenguas recurrentes” (1982), “Lauros” (1989) y “Epigramas” (1994). Es autor de “Regino E. Boti” (1991) y “Cinco preguntas sobre el Changüí” (1992). Su poesía y ensayística están dispersas en publicaciones seriadas de Cuba, México y los Estados Unidos, tanto impresas como digitales. Tiene en proceso de edición “Entre la montaña y el mar”. Trabaja en “Los archivos guantanameros”. Reside en Estados Unidos.

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