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El ergo proteico o la energía sublime

El ergo proteico o la energía sublime

El ergo proteico o la energía sublime
enero 11
23:11 2014

El ergo proteico es un algo extraño y quizás hasta nuevo que podemos descubrir en nosotros mismos. Su extrañeza viene de ser un momento que está oculto entre toda una gama de matices dentro de la relación entre el ego irracional (el ego del cual siempre históricamente se ha hablado y que se ha dado a conocer simplemente como “ego” a secas) y el ego racional (otra variante del ego mismo que nunca ha sido mencionada —al menos, hasta ahora, así lo creo—, y que, por supuesto, es de una naturaleza diferente a la del irracional, como si pensáramos en un enorme  paso de avanzada que se ha dado dentro de la evolución chardiana que va de la materia al espíritu).

El ergo proteico es así a priori y a posteriori del ego racional. Es decir, en su calidad de energía y espontaneidad puede aparecer, en reiteradas ocasiones, inmediatamente después de oscuros impulsos inconscientes del ego irracional. Hablaríamos entonces de un momento de culpa o arrepentimiento, o de un momento de advertencia, o también de un instante de reconocimiento sorpresivo, entre tantas posibilidades complejas que pueden surgir en el temperamento y carácter de una persona, que por ser impulsiva, o por el contrario, calculadora y fría, actúa siempre de una manera despiadada, hipócrita, cínica, traidora y hasta con alevosía en situaciones que pudieran estar relacionadas con sus intereses personales.

En su propio misterio, el ergo proteico se podría avizorar como una energía de vibraciones luminosas, chispeantes, como si de inmediato se abriera una pequeña claraboya que le deja ver a alguien en cuestión un pedazo del mundo y de la vida de la que ese alguien nunca se había percatado.

En ese momento de ergo proteico la persona puede tener un estremecimiento que se guarda bien adentro, pero que ya puede ser una señal, una pista, un adelanto de su probable cambio en otro determinado momento del futuro.

En su propio misterio, el ergo proteico se podría avizorar como una energía de vibraciones luminosas, chispeantes, como si de inmediato se abriera una pequeña claraboya que le deja ver a alguien en cuestión un pedazo del mundo y de la vida de la que ese alguien nunca se había percatado.

Así, el ergo proteico actúa sobre el ego irracional, de una manera fuerte, sorpresiva, rotunda, y mientras más hace acto de presencia íntima en ese individuo más se va afincando hasta propiciar un cambio de 180 grados, en el que en sí, en un indeterminado momento, la persona comienza a entrar (si no lo estaría ya, de hecho) en el terreno siempre atento del ego racional.

Asimismo, el ergo proteico puede actuar, con la misma investidura mistérica y con la misma energía de envergadura, sobre la racionalidad de una persona (cualquiera sea) para llevarla hacia su aceptación del alma/ su alma, de una manera individual y más tarde colectivamente. El ergo proteico aquí se desenvuelve como un fuste de curiosidad, un deseo irrefrenable, digamos, por encontrar respuestas ante la vida misma, y hasta de su propio quehacer existencial.

El ego racional entonces va más allá de su exacta racionalidad; se empeña en luchar con el alma, pero siempre dentro de una perspectiva armónica, para en su moderación esforzarse por agradarle (al alma, digo); y se deja desnudar para que todo el cuerpo contacte con lo invisible de sí mismo, con lo supuestamente irreal de sí mismo (pero que nunca es tal); o mejor, digamos, para que se encuentre con el otro que es él, lleno de humilde grandeza y esparcido como luz en todos sus poros, en cada uno de los recovecos interiores que, de alguna manera, siempre le habían ocultado su propia alma, y que no es otro que ese verdadero yo que llevamos dentro; un yo que aflora ahora y le pide constantemente estar en el presente.

Indiscutiblemente esto es un intento de acercamiento al ergo proteico. Porque también en su misterio, en su profundidad inconmensurable de energía universal que contiene una mezcla extraña de existencia con deseos de cosmovisión, este resorte que viene de Dios es la potencialidad que se hace posibilidad, y que inmediatamente aspira a pasar del individuo al ser y de este al Ser-otro (al menos, intenta mutarse a una mínima representación del Ser general o Divinidad eterna). El ergo proteico es entonces la fuerza inaudita que, convertido en alma, como un espermatozoide, se lanza a llegar al Anima Mundi para engendrarse a sí mismo como el otro que todos tenemos, secretamente, y que en realidad/y por la realidad viviente, es nuestro yo verdadero.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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