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El escalpelo de Fernando Ortiz

El escalpelo de Fernando Ortiz

El escalpelo de Fernando Ortiz
marzo 20
14:17 2015

Independientemente de que Fidel Castro (FC) y su grupo no hayan podido acabar con el sentimiento de luz y de imaginación que subyace en el alma recóndita de ese cubano esencial que aún nos queda, sí lograron obnubilar las mejores características económicas, sociales, morales y espirituales que nos habían estado haciendo evolucionar hasta el año 1959, y con ello lograron que salieran a relucir e imponerse en la Isla los peores defectos de los cubanos. Nos estancaron y, por tanto, nos atrasaron.

Para entender entonces, un poco siquiera, lo que aquí sucedió, al menos lo que de nuestra existencia tenía que ver con aspectos genéticos, psicológicos, sociales y antropológicos que apuntaban o nos llevaban a un acercamiento de cómo eran nuestras potencialidades físicas y anímicas, y por qué razón FC pudo trasvasar las fronteras de ese mundo corpóreo-imaginativo del cubano e imponer su espejismo, es imprescindible —a mi juicio— retomar el análisis, aunque positivista, no menos cierto en un grado histórico, de nuestro siempre socorrido sabio don Fernando Ortiz, cuando en fecha tan temprana de la República, en los principios de la década del 10, hurgó incisivamente en “la interioridad nuestra”. Para ello están sus escritos recopilados en su libro El pueblo cubano, y dentro de este específicamente el capítulo sobre “El alma cubana”57

En efecto, Ortiz en sus observaciones nos dejó saber muchas cosas que nos duelen, porque las dijo sin tapujos. Quizás debido a su implacable escalpelo positivista de aquellos tiempos, en que aún andaba por los caminos del italiano Cesare Lombroso; pero que al menos —aunque superado por él mismo un tiempo después— la imagen interior del cubano que nos daba Ortiz no tenía por qué quedar en la tragedia de lo irremediable, sino en la instigación de lo que podíamos salvar y lo que podíamos cambiar.

Entre tantas cosas que señaló el sabio cubano en aquellos tiempos, voy a citar algunos  terribles defectos que ya históricamente nos desgajaban y empobrecían, y que muy bien pudieron prevalecer hasta 1959, puesto que los veníamos arrastrando desde siempre y que con posterioridad a ese Año Cero que tantas veces he mencionado, se tuvieron que desarrollar en grado sumo hasta el momento de hoy en día. No obstante, quiero hacer la salvedad de que a la par de esos defectos, incluso me atrevo a decir que por encima de sus observaciones positivistas, y en aparente contradicción con sus propios criterios, él sí reconocía que habíamos tenido virtudes que nos hacían avanzar, con lentitud, pero nos hacían avanzar, como también ya advertí en otro momento. En este caso aclaro que no interesa ahora hablar de las virtudes, sino de los mencionados defectos, porque pienso y siento que hay que acabar de reconocerlos para poder establecer alguna vez el punto de partida de nuestro necesario mejoramiento humano.

Dice Ortiz: “Nuestra sintética característica intelectual es la ignorancia. Somos un pueblo de ignorantes, dicho sea sin eufemismo ni rodeos” (Ob. cit., p. 36). En esta época, años de la década del 10, es innegable que la ignorancia pululaba. Además venía asimismo desde antes, desde la colonia, por supuesto, por lo que el antropólogo cubano precisaba:

No nos faltan latentes energías intelectuales, que despertadas

                        podrían darnos días de consuelo y de gloria. Y si esto es así, ¿a qué

                       achacar ese triste y bochornoso estado de incultura? Miremos hacia  

                       atrás.

                       A poco que quiera profundizar nuestra mirada, encontrará las

                       impenetrables tinieblas de la esclavitud mental, agravada aun en su

                       densidad por la esclavitud política. España no quiso instruir a Cuba.

                       Enseñanza significaba rebeldía, intelectualidad equivalía a separatismo,

                       instrucción era libertad. El analfabetismo que padecemos es un estigma

                       del  coloniaje (Idem; pp. 38-9).

     No por gusto el mismo José Martí había dicho, aunque desde una perspectiva universal, que “la ignorancia mata a los pueblos”. Indiscutiblemente estas palabras se enlazaban y enlazan aún con las de Fernando Ortiz. La ignorancia, a nivel popular, fue uno de nuestros talones de Aquiles, porque gracias a esa ignorancia nuestra imaginación se fue debilitando —nuestra inteligencia, sí, era práctica y estaba por encima de nuestra ninguna instrucción, pero por la falta de instrucción no pudimos darnos cuenta de que nos iban a cambiar la imaginación, nos iban a lavar el cerebro, nos iban a adoctrinar, mediante un lenguaje aparentemente revolucionario y por ello la visión mental se nos estrecharía más—, y llegó un momento en que no tuvimos el necesario poder imaginativo para responder a un mar de otras imágenes falsas que se nos echaba encima, por ejemplo, “la Revolución es tan verde como nuestras palmas”, cuando en realidad se iba volviendo roja; “Cuba, territorio libre de América”, cuando en realidad se estaban llenando las cárceles del país; “Armas, ¿para qué?”, cuando en realidad se entrenaba a uno de los ejércitos más poderosos del continente y más bien armados. Nuestra ignorancia no supo medir la imagen de la Alfabetización, en la que sí se enseñó a leer y a escribir a muchos cubanos, pero ¿a leer y a escribir qué?… El que aprendía a leer  se veía sumergido en un estanque de ideología revolucionaria: Fidel (con mayúsculas) se escribe con F, I, D, E, L; y la palabra revolución (también con mayúsculas) se pronuncia RE-VO-LU-CIÓN (¡Cuba, Estudio, Trabajo, Fusil; Lápiz, Cartilla, Manual; Alfabetizar, Alfabetizar, Venceremos!). Se proponía lo que era malo y lo que era bueno, según el criterio del Gobierno. Se le daba a la gente lo que tenía que leer y poco a poco se fue creando la lista negra de los autores prohibidos, aunque en realidad esto fue ya después de la Alfabetización, pero en la misma se habían sentado las bases para coartar la libertad de pensamiento y de expresión. Toda lectura que no acoplara con los intereses del nuevo poder sería tachada de contrarrevolucionaria. ¡Qué más infelices podíamos ser cuando nos teníamos que creer el adoctrinamiento revolucionario!

Estos dos fragmentos de un ensayo mayor vienen de los subcapítulos 79 y 82, de mi libro (inédito aún) “1959: Cuba, del ser diverso a la Isla imaginada”. Ambos textos me sirven para poner en evidencia con nitidez la aguda percepción de este sabio antropólogo, así como su amor obsesivo por hurgar en la identidad del cubano, y al mismo tiempo deshacer cualquier intento de blasfemia acerca de su persona, y de la tergiversación que pretenda hacerse sobre su ética y el pensamiento científico de su obra.

Se aprovechó “la apatía que caracteriza de manera genérica nuestra psicología [la cual] se muestra así mismo en nuestras manifestaciones mentales; somos intelectualmente perezosos. Nos gusta muy poco el trabajo mental; estamos como adormecidos y gozamos de nuestra somnolencia. Baste a demostrarlo nuestra muy escasa producción librera” (Fernando Ortiz; ídem; p.39). Ello fue en los primeros tiempos de la República, en que el sabio cubano detectó estos grandes males que acarreábamos. Y es justo que ahora aquí se reconozca que después del triunfo de la Revolución empezó una enorme producción y distribución de libros, y las campañas de lectura para tratar de masificar la instrucción y la cultura. El semanario “Lunes” del periódico Revolución llegó a crear una expectativa cultural sorprendente, pero por sorprendente en su libre expresión lo eliminaron… Porque tuvo que ser la instrucción y cultura de lo que le interesaba al Gobierno, con su marxismo, su ateísmo, su realismo socialista. Es cierto que se podían leer algunas obras universales, pero eran las que se consideraban no dañinas al nuevo sistema que se forjaba. En realidad, con los libros de textos, literatura y publicaciones periódicas no se estaba enseñando a pensar, y mucho menos a desarrollar un espíritu de libertad, sino a encerrarse en las nuevas directrices mentales, hablando de libertad sin permitir leer lo que se quisiera; hablando de patria, nación y democracia, cuando lo que ya se había ido formando era un país dependiente y la diversidad política y de ideas se había conculcado. Ciertamente eran libros, revistas y artículos periodísticos para un lavado de cerebro, un adoctrinamiento político, un vaciamiento de la imagen que había venido ampliándose con nuestra historia, como también hicieron con la televisión: películas rusas y muñequitos (animados o cartones) soviéticos, ¡in-di-ge-ri-bles.

 

II

  

     Un poco más de los aspectos que Ortiz veía en nosotros, aun cuando eran las más duras advertencias, y los más ásperos criterios antropológicos y sociales, los puedo citar ahora con el  propósito de estremecernos, y saber un tanto cómo éramos de alguna manera, reconociendo que esto fue visto y pensado por él en la década del 10 del siglo pasado, como ya dije, pero que en los años posteriores a la década del 20 podían haberse estado transformando; quiero decir, algunos defectos debieron irse modificando para bien y otros de hecho aminorándose. El caso es que no está de más que acabemos de darnos cuenta de que, a pesar de que avanzábamos, resultábamos moldeables, pues a pesar de las taras y deficiencias que veníamos limando, en realidad siempre éramos susceptibles de ser mal influenciados, y que si esto sucedía en esas décadas, por tanto, qué no pudo pasar a partir de 1959.

Fernando Ortiz no dejaba descansar su escalpelo: “Si en algún país la masa popular siempre se ha plasmado a voluntad de los caudillos, este país se llama Cuba”59. Esta es otra de las características nefastas que hemos tenido: el caudillismo (y la supuesta necesidad de sumisión a un líder), ya lo he dicho y lo reitero, porque hace falta que este defecto lo entendamos bien para que de una vez por todas nos dejemos de tantos héroes y romanticismo barato que tanto daño nos podría seguir haciendo; pero además, súmese la división, la intolerancia, la desfachatez y la masa, de lo cual ya hemos hablado.

En relación con el divisionismo —y ya he hablado de ello también, pero continúo con la insistencia—, salta el hecho de que todos tenemos ideas diferentes. Esto, en realidad, es muy bueno para un contexto y situación democrática, pero dentro de un orden y organización política. Lo que sucede es que en nosotros desde las guerras de independencias, los caudillos estaban por doquier, muchos querían mandar y no reconocer a los otros, y la gente los seguía. En realidad, en cuanto a la división de las ideas, es como si cada cubano nos creyéramos que teníamos la verdad en la mano60, incluso, hasta para discutir de pelota…

     Entiendo perfectamente la tristeza de Ortiz, que podría ser la tristeza de muchos, y, entre tantos, la mía, pero asimismo quiero hacer la salvedad de que el etnólogo cubano, cuando años después llegó a su conocida teoría de la transculturación, pudo darse cuenta de que no tenía que haber tal suma de defectos como algo congénito que se hace irremediable, sino como rasgos circunstanciales que podían ser acentuados por el entorno social, por las interrelaciones del momento de época, y que la transculturación nos salvaría como lo estuvo haciendo hasta el repetido año letal en el que se nos empezó de nuevo a estancar la mente. Lo que quiero significar es que el cubano tuvo siempre, a pesar de este desgarrador análisis bastante determinista, posibilidad de superarse, y que lo estaba haciendo en la medida en que nuevas aculturaciones y transculturaciones ocurrían, porque el cubano era y es un ser en gestación. Véase en los escritos citados de Fernando Ortiz la segunda parte de “El alma cubana” (capítulo V del cuaderno citado), otro conglomerado de ideas en el que, de alguna manera, quizás más bien breve pero habla sobre los progresos del cubano, y donde ya su mirada, su observación acuciosa se podría hacer un poco más comprensiva, y así saltan de una forma u otra los reconocimientos y el destaque de virtudes que proyectan, en definitiva, valores y aciertos del cubano.

Pero esto de los defectos, naturalmente, no lo estoy descubriendo yo sino lo descubrió él, nuestro Fernando Ortiz, alguien a quien nunca acabaremos de agradecer la enorme comprensión que nos legó de nosotros mismos, al mostrarnos esos defectos, y el aporte tan extraordinario que hizo no sólo a la antropología cubana, sino mundial. En un capítulo anterior de este libro (más exactamente en el capítulo IV, ‘Transculturación y futuridad’, de “El ser diverso”) pretendí ahondar un tanto, intuitivamente, en el valor de la transculturación y el sentido de la futuridad. En éste, ahora, intento resaltar la probabilidad de que algunos aspectos señalados por Ortiz hayan incidido en el debilitamiento mental, imaginativo, del cubano cuando comenzó la era del Gran Estancamiento (1959), y cómo, en efecto, fue utilizada nuestra pereza intelectual para vendernos gato por liebre, haciéndonos creer en la necesidad imperiosa, excesiva, de un patriarca, de un dictador necesario que nos lo iba a dar todo masticado, digerido, y que utópicamente nos iba a liberar de las fatigas de los explotadores procesos laborales, que nos iba a ayudar a convertir la exageración y la fantasía en una realidad de sueño, que nos iba a sacar de las trabas y el engaño de las religiones y los fetichismos, que nos iba a educar con su prensa y su palabra, que nos iba a cambiar la vanidad y la aristocracia por una importancia crucial como centro del mundo y que no nos iba a permitir el choteo y el brete, además de la vigilancia y el acoso, como un medio general, práctico y constante de relacionarnos, incluso con el mundo… ¿Y no es cierto que toda esta ingenuidad es el vacío propicio para que un espejismo lo llene?… El Espejismo creado por el régimen cubano es lo que echó por tierra la Transculturación de Fernando Ortiz. Hasta que nosotros no reconozcamos definitivamente cuáles han sido nuestros defectos, no alcanzaremos la posibilidad de ser lo que estamos llamados a ser en la Historia del mundo.



57 Consúltese a Fernando Ortiz: El pueblo cubano, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales [Edición crítica por Gladys Alonso González y prólogo de Ana Cairo Ballester], Instituto Cubano del Libro, 1997, [“El alma cubana”, capítulo IV, pp. 35-60; “El alma cubana” II, capítulo V, pp. 61-70].

59 Fernando Ortiz: Ob. cit.; p. 50.

60 Y desde su misma obra, arremete de nuevo don Fernando Ortiz:

“Cuando la vanidad se enseñorea en un pueblo, lo primero que hace es generar

                        en ese pueblo una atmósfera de una refracción tan especial, que los hombres, las

                        cosas y los acontecimientos resultan dentro de ellas estirados, henchidos y

                        magnificados fuera de toda humana proporción” (p.53).

Y otra más:

“Es también en ellos la vanidad la principal instigadora de la ambición de poder              

                        y su más efectivo acicate. El poder y el mando se aman en Cuba, y es probable que

                        continúen amándose…” (p. 54).

Y en párrafo seguido de la misma página concluye:

Pero todavía no he citado nuestra mayor desgracia [intelectual] psicológica, la

                        que esteriliza los esfuerzos más nobles, la que corroe mortíferamente nuestra

                        sociedad, la que no sólo impide nuestro progreso y liberación, sino que nos hace

                        indignos de sus bendiciones. No nos basta ser ignorantes, gregarios, imitativos,

                        fantaseadores, apáticos y [supersticiosos] crédulos; sentimos además —y esta es

                        para el cubano autor de estas líneas la confesión más triste— el alarde de nuestra

                        inferioridad, el orgullo de nuestra ignorancia y el desprecio olímpico hacia los

                        hombres y las cosas superiores. De lo mejor nos burlamos; es cubano el choteo.

                             Nos mofamos de todo, no con la sonrisa voltariana de un escéptico ilustrado,

                        sino con la estúpida carcajada de la ignorancia vanidosa.

                             El choteo es la desgracia criolla.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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