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El escritor vs el político

El escritor vs el político

diciembre 05
01:09 2011

1-aaa_CAMSiempre he tratado de escapar de los prejuicios, me parece que son una aberración definida como tal desde su semántica. Su significado, juzgar de antemano, viene del latín praejudicium. Es la causa indirecta del racismo, y de cualquier tipo de discriminación; su consecuencia por tanto ha sido el crimen, el asesinato en masa en nombre de una ideología superior. Junto a la intolerancia y el miedo, son tres gérmenes que trato de arrancar de raíz.

Pero como dice el refrán, el hombre propone y Dios dispone. Mi reticencia para leer la más reciente novela de Carlos Alberto Montaner, La mujer del coronel, estaba motivada por el prejuicio. En este caso se trataba de no concebir que un hombre político, con una ideología definida, podía ser un escritor que se despojara de esos límites estrechos que impone el partidismo y abarcara múltiples facetas a través de personajes que escandalizarían a quienes comparten su misma filiación, en este caso, conservadores de una derecha católica.

Mi primera sorpresa fue asistir a la presentación de la novela y escuchar la defensa de la libertad absoluta del individuo, incluyendo una insinuación del derecho de la mujer sobre su cuerpo, el derecho al aborto. Me había asombrado con anterioridad que Montaner, durante el gobierno de Bush, defendiera en un artículo el derecho de los cubanos a visitar a sus familiares en Cuba, sin que el Estado tuviera la potestad de imponer a tres años el límite de esas visitas y decidir a la vez quién era o no familia. Una medida que apoyaban los círculos de poder cubanoamericanos.

Más recientemente, en referencia a la propuesta del congresista cubano americano David Rivera, de erradicar la Ley de Ajuste Cubano, Carlos Alberto Montaner me sorprendió al declarar que en estos tiempos, en que se alimentaba cierta xenofobia por algunos grupos de poder, era más humano, en vez de erradicar los beneficios de una minoría, buscar crear una ley que favoreciera de igual forma a todos los inmigrantes.

Cuando decidí entrar en las páginas de La mujer del coronel, pude percatarme que, más allá de los valores como novela o como denuncia política, sobre la intromisión del gobierno cubano en la intimidad del individuo, había una capacidad de atrapar al lector, una habilidad para seducirlo y provocar placer al degustarla, hecho éste para el que también fue creada la literatura, y que algunos escritores parecen olvidar. Creí encontrar la razón, entre otras, de esa lucidez del político en sus declaraciones (estoy conciente que llamamos lucidez a todo punto de vista que coincida con el nuestro) y me pareció que se trataba de una dicotomía entre el escritor y el político.

Con las cartas del profesor Martinelli, sus descripciones eróticas y la irreverente narración de sus posibilidades amatorias con Nuria, la protagonista, Carlos Alberto debe de haber provocado el sonrojo de múltiples seguidores que veneran a la figura del elocuente político y no conocen esas pulsaciones, esos matices de la literatura con los que la realidad se hace creíble y no un panfleto en blanco y negro, como es a veces la Historia.

Cuando la política suele matar a un escritor, hecho que ocurre con frecuencia, se fabrica un demagogo y se pierde un buen artista. Cuando esa misma batalla, al estilo de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, suele ser vencida por el escritor, crece un político honesto y un buen artista.

Creo que por las declaraciones de los últimos años y la aparición de La mujer del coronel, Carlos Alberto pertenece al segundo grupo.

http://editorialsilueta.com/

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