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El espejo del último hombre

El espejo del último hombre

El espejo del último hombre
diciembre 15
03:29 2014

Cuando McLuhan publicó Understanding Media en 1964, no existían los medios de comunicación tal como los conocemos en la actualidad. Sin embargo, las extensiones tecnológicas de la conciencia humana se adelantaban a nuestra capacidad para comprender sus consecuencias. Nunca ha sido tan apremiante comprender el alcance pero, sobre todo, las implicaciones en los dominios de la información. La comunidad informacional establecida desde los principios del mensaje se está volviendo casi imposible de descifrar en las condiciones actuales de las tecnologías de la información.

Si estas primeras ideas les han parecido enmarañadas, solo quiero llamar la atención pues muchas veces, muchas más de las que quisiéramos, nos hacen pasar gato por libre. Cuando el desbordamiento informacional hace mella en la rigurosidad, cuando los dimes y diretes, cuando el “déjame verlo Lola” y el “no te lo voy a enseñar Carlota” ocupan muchos de los espacios vaciados de contenido, cuando la prosopopeya y el maquillaje de la puesta en escena opacan lo fundamental, cuando muchos piden a punta de escopeta que se les preste atención, el libro de Ángel Velázquez Callejas viene a poner un poco de orden en este mundanal desbordamiento.

El texto de Ángel recupera una rara síntesis como concreción poco usual en el discurso historiográfico y crítico cubano. Ángel, en los términos de esta síntesis, establece no una finalidad en tanto teleologismo sino una suerte de suspensión fenomenológica –en la más rancia tradición hursseriana. El potencial lector de este texto se sentirá entre parenthesis cuando se analice cada uno de los tópicos que en el se abordan.

Lo curioso del libro de Ángel es que cuando el lector intenta sumergirse en él, cada una de las piezas del mosaico no conducen a una representación apriorística en el sentido kantiano del término. Cada una de las piezas de este engranaje construye un labyrinthus donde sus encrucijadas, intencionadamente complejas, han sido diseñadas para “confundir” y a alertar a quien se adentre en él. No es casual que una de las primeras representaciones conocida de un laberinto se encuentre en una tablilla de Pilo, antecedente de lo que hoy conocemos como libro.

Correa Iglesias y Velázquez Callejas durante la presentación del libro en el primer Festival del Arte y la Literatura Independiente de Miami (VISTA)

Correa Iglesias y Velázquez Callejas durante la presentación del libro en el primer Festival del Arte y la Literatura Independiente de Miami (VISTA)

Cuba y el último hombre no te conduce a un lugar específico. Sus tesis no yacen pre-establecidas y agazapadas en la manga del prestidigitador. El texto de Ángel seduce al lector y cuando este es capturado por la euforia de sus argumentos, descubre la desfachatada e irónica impertinencia de un punto final. Es entonces que se siente suspendido.

Al mismo tiempo, esta aparente “fragmentación” y brevedad conforman la curaduría y la dramaturgia del libro. Un libro que ha tenido el cuidado de “de-limitar” su alcance no en términos de resonancias sino en zonas analíticas y esto habla muy a favor de la metodología establecida en términos de investigación. Elemento no siempre claro en cierta producción historiográfica y crítica más dada a un “enciclopedismo” pedante y altanero y a un sentido acumulativo de información más cercano a privilegios otorgados.

Es por esta razón que “conceptos” –aunque a ciencia cierta no sé si lo sean-  como Nacionalismo, Castrismo y Cambio en Cuba organizan la trama argumental de todo el libro. Y no es que el autor se haya propuesto capsular estos conceptos, todo lo contrario. Velázquez Callejas urde la trama argumental y analítica a partir del reconocimiento del carácter “vitalicio” o al menos el aparente carácter vitalicio de estos conceptos. No le vasta ponerlos en cuestión en sus morfologías y manifestaciones, la cuestión aquí está en clarificar los límites sociales, culturales pero sobre todo simbólicos, de estas expresiones que travestidas en discursos políticos se han instalado en la conciencia y el imaginario del cubano.

Al mismo tiempo, estos tres “conceptos” en el cuerpo del libro van articulando nudos gordianos que ocupan y preocupan, pero que el autor re-visita bajo la mirada tutelar de F. Nietzsche.

Nacionalismo, Castrismo y Cambio en Cuba, en tanto nudos gordianos, han sido centro de los tira y encoge de cierta e incierta intelectualidad que, embarcada en travesías inimaginables, ha decidido reproducir y defender su parcela como un niño que ante el requerimiento se enoja.

Por otra parte, uno de los elementos que hacen de este libro un libro especial es el hecho de retomar una fina y escurridiza hebra aparentemente “perdida” en la tradición del pensamiento cubano. Ángel Velázquez Callejas hace resurgir de las cenizas a uno de esos muertos. No lo anima un deseo necrológico. La exhumación de su cuerpo no reaviva un dolor que imaginamos olvidado. Sin embargo, ese cuerpo desecho y corroído por el tiempo va ganando fuerza a lo largo del texto una vez que comienza a generar una pulsión poco usual en un pensamiento que se ha polarizado en los últimos sesenta años.

Como ninguno, Ángel Velázquez Callejas tiende un puente de contemporaneidad entre F. Nietzsche y Lamar Schweyer. No olvidemos que Lamar Schweyer ha sido una de las figuras de la intelectualidad cubana más repudiadas a partir de que el periódico El Fígaro le publicara el 6 de febrero de 1927 un fragmento de su libro Biología de la democracia.

La polémica sobre su figura y su obra llega hasta hoy. En el texto “Tres sabios olvidados”, el ensayista Rafael Rojas sitúa a Lamar Schweyer como uno de los intelectuales más fascinantes de la historia del pensamiento latinoamericano. Ciertamente tiene a su haber varios textos de ensayos que merecieron elogios de Enrique José Varona, Max Enríquez Ureña y Rafael Montoro. Pero en todos ellos una figura es recurrente: Nietzsche inaugura a través de este exminorista una sucursal en el trópico, haciendo más visible la ya apodíctica definición “Maestro de la Sospecha” que Paul Ricoeur, en Freud: una interpretación de la cultura, tuvo a bien subrayar.

Angel Velázquez Callejas, como Lamar Schweyer, retoma la enigmática figura de Nietzsche y de golpe y porrazo sacude con fuerza centrípeta a este intelectual tropicalizado y tropicalero que a golpes de almíbar de café y sandunga se ha adormecido con la cálida brisa de un ventilador. Como queriéndolo sacar de este aletargamiento, Angel construye un libro afilado como el machete de Ogún, y chapea bajito en el hierbazal de la cultura cubana.

Nada ni nadie escapa de esta sospecha tutelar. Desde el intelectual diagramado en las problemáticas de la insularidad, un intelectual que ha cargado con el peso de la isla endorsada en una ideología que obstaculiza la necesaria metamorfosis; hasta la sonada idea del cambio, un cambio -proceso natural y en su naturalidad inevitable- deseado pero vaga y prematuramente pensado, estructurado; sin olvidar claro está ese panteón, mausoleo, sepulcro o tumba que ha constituido la nación que como dijera J. Mañach aún nos falta.

Cuba y el último hombre -y quisiera pensar que estoy terminando- juega y retoza con un deseo más que con una idea que ha articulado la conciencia de los cubanos de los últimos 60 años. La construcción de un hombre nuevo, esa suerte de delirium tremens, no ha sido -como se sabe— un producto de la cultura caribeña. El hombre nuevo, ese deseo más que realidad, ha sido un fantasma que atormenta, una vez que desde la añoranza se rememora algo que solo fue una ensoñación, una irrealidad en toda la cabalidad del término.

Nietzsche también soñaba con un hombre nuevo, con un superhombre, solo que este aparece con la muerte de Dios. Nietzsche era un romántico, pero esa tierna melodía nos cautiva.

En este juego de insinuaciones y guiños, el último hombre, ese patriarca senil acompañando de sus elites vegetantes, es uno de los obstáculos para el arribo definitivo de eso que Nietzsche llamara “el superhombre”.

Ahora, del último hombre al superhombre de Nietzsche hay un proceso de transformación necesaria, no olvidemos esto. Cuba y el último hombre analiza y atiza la pertinencia de este proceso, que anticipadamente reconoce el carácter agresivo de la pulsión que lo constituye.

Cuba y el último hombre es un espejo, como ese que atormentara a Lacan. Cuba y el último hombre no garantiza el eterno regreso nietzscheano de lo mismo, no apuesta por un hedonismo tardío o futuro, todo lo contrario. Cuba y el último hombre es un demoledor ensayo que señala las zonas necrosadas de una cultura que, viviendo y soñando con el pasado, ha hipotecado el futuro.

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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