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El espíritu que vivifica

El espíritu que vivifica

El espíritu que vivifica
abril 06
05:46 2015

A Alicia Partnoy

 

En la página 666 de El sistema de Henry Saint-Simon (1823), se plantean las bondades y la abundancia que podría traer un nuevo modelo social donde debería existir la propiedad privada, pero únicamente si esta era conseguida mediante el esfuerzo del individuo; por tanto, el manual de Saint-Simon propone una revocación absoluta del derecho a la herencia de bienes y de propiedades.  Según el ilustrado e ilustre intelectual francés, hay dos clases de individuos, los productores (trabajadores y empresarios…) y los que nada producen (comerciantes y holgazanes…).  La industrialización era buena, según Saint-Simon, pero se debía reorganizar la sociedad de tal modo que la función del Estado residiera en facilitar esa transformación.  Los trabajadores tendrían que pasar a cobrar según su productividad.

Las propuestas de Saint-Simón (sugiere el sociólogo Auguste Comte) representaron un paso de avance en el pensamiento progresista de la humanidad –aunque poco transformativas en la práctica, por cierto–.  Por esa razón, Comte sospecha que el autor de El sistema intercaló algunas interrogantes para que algún otro erudito, en un porvenir no muy lejano, diera con la solución del dilema social causado por las nuevas tecnologías—.  El siguiente manifiesto, soñado, pensado, escrito y narrado por Plácido, uno de los teósofos, filósofos y filólogos más influyentes del “nuevo mundo,” intenta respaldar su teoría sobre cómo el Nuevo Orden Mundial previsto por la Élite, no es una empresa reciente, sino una metodología que repite su marcado simbolismo, una y otra vez, a lo largo de la historia.  El suyo, el de la élite, según Plácido, es un poder basado en las antiguas tradiciones ocultas que se mueven en forma de espiral emblemática. A pesar de sus pretensiones blasfemas, el eminente pensador fue influenciado por las sagradas escrituras, y sin dudas, su legado ilumina el camino de la libertad y de la realidad creadora.

«Aunque en mí converge una diversidad de identidades, nací en el seno de ese pueblo errante, el cual representa, en primer término, la cofradía creadora de la literatura maravillosa (lo real maravilloso).  Crecí bajo la influencia de una tradición cultural que debe ser destruida, tal como el resto de las tradiciones regionales alrededor del mundo.  El símbolo ha de ser demolido.  Para ello, es menester hallar esa suerte de enciclopedia mística, estudiar sus vericuetos internos, revelar sus falacias, con el fin de redactar el manifiesto del instante presente donde reside la eternidad.  Antes que nada, invoqué la manifestación de mensajes oníricos para abrir las puertas del cielo metafísico y penetrar en el secreto.  Después de seis lunas llenas, pude ver, al fin, el lóbrego laberinto subterráneo de seiscientos sesenta y seis espejos.  El destino triunfal comienza en la gruta oculta bajo la superficie de una loma en una lejana isla, cuya localización debía yo descubrir mediante el poder de la intuición.  Una voz desconocida me fue guiando paso por paso hacia el santuario subterráneo del libro maravilloso, cuya presencia astral aún yace sobre el altar de mármol del islote monticular del lago circular de aguas turbias.  La enciclopedia reposa sobre un anaquel de blanco mármol, decorado con diamantes del más alto quilate, en medio de dos candelabros dorados, resguardada por dos querubines imaginarios, cuyas luminarias irradian una luz artificial que hace proyectar la sombra del gran libro en el fondo de la caverna.  Esa luz alumbra mi búsqueda de regreso a los orígenes del laberinto de la historia.

En mi gestión de regreso —bajo la tenue e ilusoria luz del laberinto de la lectura— he descubierto que las intersecciones de la enciclopedia maravillosa escrita por mis ancestros son mitos por los que se expresa el Volksgeist o espíritu del pueblo. Voy un paso más allá en búsqueda de la luz que fulgura con sus diáfanos rayos a la entrada de la gruta, al otro extremo del laberinto, veo las ilusorias proposiciones del tratado de mis antepasados, cuyos argumentos se reflejan en los espejos del largo y escabroso pasadizo de la tradición, en la forma de un fraude cosmogónico, cuya construcción ha sido erigida por aquellos que me preceden, y cuyo único y verdadero objetivo es el de controlar de manera absoluta a todos los habitantes del mundo.  Me he pertrechado de la información de los doctores del más allá, he leído El sistema, el Rig Veda y el Gita, las principales obras de Locke, Rousseau, Voltaire, Stuart Mill, Montesquieu, los panfletos de los antiguos gnósticos Cristianos, El Tripitaka del Budismo, los manuscritos de la médium Elena Blavastky, los trabajos del Conde San Germán, de Julio Verne, todos los tratados de nigromancia de los cinco continentes desde los anales de nuestra raza; así como, los documentos teológicos y filosóficos de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino, quienes adhirieron coherentemente las ontologías de Platón y de Aristóteles con el séptimo libro maravilloso de la enciclopedia de la gruta subterránea.  Habituado a vivir en el presente como los animales, ahora miro el cielo y pienso, que el cerco rojo del sol en su punto álgido, es la señal para comenzar el viaje de regreso.

Soy un hombre tozudo.  Ahora lo confieso, ahora que he llevado a término un plan que nadie calificará de pragmático, pero sí de confuso e improductivo. Yo sé que fue complicada la elaboración del manifiesto.  No lo hice por amor a la historia, no, ni por amor a la filosofía de la historia, cuyos rasgos equivalen a lo que viene siendo la gramática del lenguaje.  Nada me importa el estudio de los hechos cronológicos, que me ha obligado al enclaustramiento entre viejos libros y manuscritos, ni el reconocimiento oficial de editoriales, ni el favor de públicos pequeños o grandes, sino realizar la acción por amor a la acción misma.  Además, yo sé de un maestro ascendido del “Nuevo Mundo” —un académico sincero e universal— que para mí, al menos, no es menos que Ben Franklin.  No hablé con él por más de siete horas, pero durante siete horas que hablé con él, fue más que Franklin.  ¡Es mucho decir, ese hombre asistió en la ardua tarea de desenredar la madeja del laberinto!  Lo hice, porque yo sentía que los jaféticos del viejo continente temían un poco a los de mi cultura —a ese crisol de razas y al sincretismo religioso que confluye en mí.  Yo quería probarles que un habitante de la periferia podía ayudar a exhumar la luz de la realidad, yo quería probarles que un descendiente del pueblo elegido de Dios, podía exhumar la realidad por medio de la ciencia de la verdadera religión.  Me alisté apresuradamente, me despedí frente al espejo, cerré el portón de la entrada, salí al jardín, examiné el barrio, todo estaba sereno.  El puerto, si acaso, estaba a unas tres cuadras de casa, por lo que preferí ir caminando.  Iba a las Islas Canarias, pero saqué un pasaje para cruzar el Atlántico.  Era la una en punto, el barco saldría en diecisiete minutos.  Apresuré el paso en dirección hacia el kiosco, compré los boletos; el próximo barco no saldría hasta dentro de siete horas.  No había casi nadie en el muelle.  Recorrí la cubierta de la embarcación: recuerdo dos soldados, una embarazada, un joven que leía con pasión uno de los cuentos del Conde Lucanor, y una pareja feliz y recién casada.  El barco zarpó al fin.  Una mujer que reconocí corrió en vano hasta el límite del muelle.  Era mi madre.  Enmudecido, taciturno, y trémulo, le dije adiós con la mano.

como-canicas-en-un-laberinto2De esa tristeza pasé a una placidez relajante.  Me dije que mi misión estaba predestinada y que yo ya había dado el primer paso, al emprender, siquiera de manera tardía en la presente vida, siquiera por un favor del estoicismo acumulado en vidas pasadas, el viaje de regreso a la semilla.  Deliberé que ese paso mínimo presuponía el viaje total.  Deliberé que no era mínimo, ya que sin ese paso en el ahora, ya habría sido demasiado tarde para completar la misión.  Deliberé (no menos metafísicamente) que mi ascetismo irrevocable probaba que yo podía llevar a buen término la peripecia de mi gestión.  De esos pensamientos saqué fuerzas que no me abandonaron.  Presiento que el hombre renunciará a empresas cada vez menos atroces; pronto no habrá sino monopolios (ya sean públicos o privados) y malhechores: el ejecutor de una noble empresa debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse a un porvenir que sea irrevocable como el pasado.  Así procedí yo, mientras mis ojos de hombre optimista reconocían la fluencia de aquel momento donde se conjugaban la vida y la muerte.  El barco surcó el mediterráneo con dulzura entre las verdes olas.  Después de una breve pausa en Gibraltar, prosiguió su rumbo a través de la inmensidad del Atlántico hacia tierras de América…  Unos siete días más tarde, el mar se fue desengrisando, y se pintaron las anchas lunas amarillas del Caribe sobre una barroca reaparición de algas marinas y peces voladores, ya olía distinto, el respirar la brisa subtropical marítima me traía recuerdos de un lejano pasado.  Ahí estaba, a mi vista en el litoral, la villa de San Cristóbal, tan semejante aun al grabado que de ella hiciera un artista local, cuando los ingleses la tomaran en 1762 (no sin antes tener que vérselas con Pepe Antonio, quien al frente de un puñado de vecinos mal armados del barrio de Guanabacoa, le dio una yerta resistencia a la poderosa armada inglesa).  Allí yacía San Cristóbal, con sus figuras de esclavos y de amos a caballo en primer plano, cuya triste historia de injusticias se repetiría, se mordería la cola, se tragaría a sí misma hasta el presente en que narro, a pesar de los numerosos intentos de cambios revolucionarios. Tristemente, no existe un sólo caso de revolución, excepción hecha de la inglesa en 1688 y la americana, a fines del XVIII, que haya traído el bien de manera permanente y duradera.  San Cristóbal no era más que una micro representación, rectifico, no es más que una micro representación del resto del “Nuevo Mundo,” una micro representación en cuyas definidas tradiciones folclóricas locales se iba a vislumbrar una verdad universal que podía ser encontrada en cualquier parte del subcontinente, o acaso en cualquier parte de globo terráqueo.  La ciencia, las tecnologías (incluyendo la imprenta), los medios de producción, los sistemas político económicos, y las estructuras de gobierno evolucionarían, mas no importa cuán color de rosa se tornaran todos los sistemas, ni cuántas independencias se lograran, las injusticias del hombre contra el hombre se comportarían cual rígida geometría, cual bumerán que siempre regresa al mismo sitio desde donde se lanza en virtud de su forma.  La dualidad que se encierra en el binomio oprimido-opresor, seguiría siendo una constante en la ecuación social (sobre todo) de estos parajes.  En esa línea de pensamiento dual se han perdido tantos filósofos, que es justificable que un utópico como Carlos Marx se extraviara, afectado por el humo reciente de las máquinas de vapor creadas en la Inglaterra, y cuyos efectos parecían afectarle las entendederas.  Marx, hombre cuyo pensamiento filosófico eventualmente engendraría en las Américas miríadas de incondicionales discípulos, no sentía simpatía ninguna por la periferia.  En particular, América Latina, le inspiraba a Marx indiferencia y desdén, asimismo, tuvo el mayor de los desprecios por Simón Bolívar, a quien, citando a Piar, el conquistador de Guayana, llamó el “Napoleón de las retiradas”.  En una carta a Engels se expresa acerca del Libertador con un ardor pasional del que seguramente no se excluía cierto racismo: “Es absurdo ver a este canalla cobarde, miserable, ordinario, puesto por las nubes como si fuera Napoleón”.

En San Cristóbal habían empezado a mezclarse y escindirse los de mi linaje, y desde allí, darían un salto de rayuela que brinca que te brinca llevaría a algunos de vuelta hasta las costas del Mediterráneo, a otros pocos, de regreso a Sión, y a muchos más hasta el extremo sur de la América “anglosajona,” cuya existencia (para los europeos) había sido descubierta por Vicente Yánez Pinzón y Américo Vespucio en 1498; no obstante, Juan Ponce de León bautizó la zona el día de Pascua Florida quince años después (al envejecer como todos los demás, sin poder descubrir la ansiada fuente de la eterna juventud).  Le pregunté a unos jóvenes en el dique, dónde quedaba la loma de Jesús del Monte.  En la Víbora, contestaron.  Bajé.

Ya era anochecer, una lámpara vieja de aceite iluminaba el desembarcadero, pero las caras de los adolescentes quedaban en la franja oscura de las sombras.  Uno inquirió: ¿Usted va a casa del Doctor José Caballero? Sin esperar respuesta, otro indicó: La casa queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino diestro y en cada cruce de vía dobla en dirección opuesta a la intersección anterior.  Le pagué una moneda a cada uno, crucé el área del desembarcadero dirigiendo mis pasos hacia la salida, entré en el solitario camino.  Éste, gradualmente, subía.  Era de tierra fértil; a ambos lados del sendero abundaban todo tipo de especies de plantas indígenas aromáticas y palmas reales.  Únicamente la majestuosa ceiba traída desde el Oeste de África por los yorubas, no era nativa de la zona.  Los yorubas habían sido arrancados de su reino para ser convertidos en animales de trabajo en los albores del capitalismo y del comercio transatlántico, cuando ya casi todos los taínos habían sido exterminados, cuando el viejo mundo comenzaba a tomar ventajas de sus tecnologías bélicas, de sus mejoradas embarcaciones con cañones, de espadas y armaduras de hierro, de la rueda,  de la pólvora y de los arcabuces, cuyos efectos demoledores junto con las virtudes del caballo y de las enfermedades para las cuales los nativos no poseían defensas inmunológicas, le facilitarían a los españoles la conquista del Caribe, de Tenochtitlán y del resto de las tierras al sur del Río Grande.  A lo alto se enmarañaban las ramas de las arboledas, la luna baja, redonda y plateada, simulaba escoltarme; subía yo en medio de selvas donde las hojas de los árboles se confundían con las sombras.

imagesPor un instante pensé que me perdería en medio de tanta exuberancia de nocturnos colores, de magia y de fragancias naturales de caisimón, rompesaragüey y otras especies que usaban los behíques (médicos-brujos) taínos, para quienes (así como para los yorubas, congoleses, y carabalíes traídos después), las plantas y los animales tenían atributos sobrenaturales.  El consejo de siempre cambiar de dirección en cada encrucijada me recordó que tal era el proceso para revelar la caverna del laberinto donde se encuentra la enciclopedia de la literatura maravillosa.  Algo entiendo de desfiladeros secretos, de montañas misteriosas y de grutas; no en vano soy tataranieto del Adelantado, heredero a su vez de una longeva tradición masónico-judía, perseguido por la inquisición, convertido al Cristianismo en apariencia, pero todavía fiel al kálaba, cuyos ritos practicaba secretamente con sus hermanos; fue expedicionario y cofundador de la villa de Nueva Gerona en 1494, renunció al poder efímero para escribir el sexto libro de la gran enciclopedia, y para proseguir la edificación del templo del laberinto en el que se perdieran todos los oprimidos de todas las épocas en estas inhóspitas tierras.  Bajo las matas de yagruma reflexioné en esa gruta perdida: la ideé subterránea y virgen bajo la superficie de la cumbre secreta de la loma que me fuera revelada al comienzo del ensueño, la imaginé infinita, no ya de vericuetos internos, sino de ríos, bosques, mares, naciones, provincias y reinos, a lo largo y ancho de la geografía y de la historia de la humanidad.  Medité en un enorme laberinto que abarcara el pasado, el presente, y el futuro de la lucha de opuestos, y que incluyera de algún modo a otros mundos del universo.  Ensimismado en esas apócrifas visiones, olvidé mi destino de científico religioso, o acaso, de religioso científico.  Me sentí, por un lapso indeterminado, testigo abstracto de la creación.  El vago y vivo campo, los cantos de los grillos y de las ranas, las luces de los cocuyos, la música lejana y rítmica de los tambores batá, el perfume de la tupida vegetación, influenciaron en mí; asimismo la ascensión que acentuaba el cansancio.  La noche era hospitalaria e imperecedera.  El sendero subía y se esclarecía entre los vagos matorrales.  Una melodía aguda se acercaba y se alejaba con la oscilación de la ventolera, eclipsada de cogollos y de distancia.  Ponderé que un hombre puede ser enemigo de las fuerzas invisibles y hostiles que moran dentro de sí, pero no de una geografía; no de campos, de ciclones, de animales, de flores, de arroyuelos, de crepúsculos o de otros hombres.  Llegué, así, a una alta compuerta de madera verdinosa.  Entre las tablas del alto cercado descifré una vereda y una casona colonial; hacia lo lejos siguiendo el hilo del sendero, se veían un ingenio azucarero, los barracones de los esclavos, y plantaciones de caña.  Advertí, de pronto, dos cosas, la primera baladí, la segunda casi prodigiosa: el toque de tambor venía de los barracones, la loma donde se encontraba la propiedad, era la del sueño que estaba soñando, era la morada de mis antepasados.  Por eso, yo me sentía tan a gusto en aquel entorno, sin apenas percatarlo.  No recuerdo si llamé voceando o silbando o si había una campana.  La misa negra prosiguió desde lo lejos al ritmo de Yemayá Olodo ( reina de los mares y de los marinos).

Desde lo profundo de la recóndita casa, una antorcha se acercaba: una antorcha que hacía evidente que la oscuridad era simplemente ausencia de luz, una antorcha que alumbraba los confines del entorno y que proyectaba las sombras de los troncos.  La traía un hombre de estatura mediana vestido de traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.  No pude ver su fisonomía, porque me encandilaba la claridad de la llama.  Abrió el portón y dijo lentamente:

—Veo que los hermanos de la logia se han empeñado en increpar mi soledad. ¿Usted sin lugar a dudas querrá ver el templo sagrado?

Advertí que el extraño personaje intimaba mis pensamientos y pregunté desconcertado.

— ¿El templo?

— El templo del laberinto de la historia y la enciclopedia de los siete libros de la literatura maravillosa.

Algo afloró en mi recuerdo y pronuncié con absurda determinación:

—El templo que ayudó a construir mi ancestro el Adelantado.

—¿Su ancestro? ¿Su insigne ancestro?

Pase.

El pedregoso sendero fluctuaba como el de la historia.  Llegamos a la biblioteca de la gran logia, donde habían ejemplares de libros de todos los confines de la tierra.  Reconocí algunos manuscritos polvorientos color cartucho que formaban la colección de la casa de armas, y cuyos orígenes corresponden al siglo XVI.  El sonido del batá penetraba suavemente por la ventana con el fluir de los ventarrones húmedos que anunciaban la lluvia.  Recuerdo también un damero en blanco y negro en el suelo, una espada protectora de las fuerzas externas, la cual empuña el guarda templo cuando se celebra la tenida.

José Caballero me observaba, sonriente.  Era un mulato con facciones caucásicas, de ojos verdes penetrantes y bigote blanco; en él se podía apreciar una diversa confluencia de mestizajes, en cuyos rasgos externos se podía ver la presencia del negro, del chino, del fenicio, del moro, del gaditano, del celtíbero, y sobre todo del semita.  Pensé que el proyecto de limpieza de sangre de los primeros gobernadores en el nuevo mundo había fracasado.  Algo de asceta y de místico había quizá en él, y también de hombre épico; después me confesó que había auxiliado a Toussaint Louverture en 1791 “antes de convertirse en conspirador por la causa de la abolición y de la independencia en la mayor de las Antillas.”

Nos sentamos frente a frente en sendos taburetes de madera forrados de cuero de chivo, en el suelo había arena para simbolizar la gruta secreta, un círculo mágico nos cerraba, el esqueleto de mi primer ancestro era testigo del rito, de por medio había una mesa pequeña con velas, azufre, sal, agua… elementos alquímicos para que un iniciado explique qué significan.  También había aguja e hilo para tejer.  Calculé que a la séptima hora habría terminado de tejer la bandera, el símbolo de nuestra identidad fraternal, el símbolo del engaño, para después quemarlo en el fuego de la sabiduría, en el fuego del instante presente.  Entré en el trance de una esfera más elevada.

—Extraordinario destino del Adelantado —dijo José Caballero—.  Hombre diestro en el noble arte de las armas, cofundador de la villa Nueva Gerona, docto en las ciencias ocultas, en las ciencias físicas y en la interpretación de los clásicos grecolatinos, poeta, astrólogo, narrador, filósofo, filólogo, matemático, vidente: todo lo abandonó por escribir un libro y terminar la construcción del templo del laberinto.  Renunció a las delicias que proporcionan las buenas hembras, al señorío, al don de mando, a los suntuosos banquetes e inclusive al placer de la lectura y de la música, y se encerró durante diecisiete años en el estandarte de su sagrada misión.  Después de su defunción, los descendientes directos no encontraron sino vagos, ambiguos códices de sincretismo maravilloso.  Los parientes cercanos como acaso Ud. conoce, quisieron quemarlos todos; pero el venerable maestro – el ascendido de la orden de Melquisedec —insistió en la publicación de los mismos, cuya suma de contenidos forma el sexto libro de la enciclopedia de la literatura maravillosa de la caverna del laberinto.

— Los sucesores lejanos del Adelantado —respondí desde el plano astral— seguimos imprecando a ese maestro cófrade.  Esa publicación resultó completamente irrisoria.  El libro es un amasijo de escabrosos códices y de contradictorias premisas.  Lo he explorado alguna vez: en el cuarto capítulo dice que las tradiciones Teosóficas y Rosacruces sostienen que cada nación tiene un destino espiritual guiado por una jerarquía de seres utilizando todos los medios éticos (o anti-éticos) de manifestar el plan divino a través de la voluntad de los líderes de la nación.  Sin embargo, en el capítulo trece se contradice, al decir que se había subestimado la influencia de la Élite secreta en el seno de las organizaciones globales.  En cuanto a la otra tarea del Adelantado, la coronación y  construcción del templo…

— Aquí está el templo –dijo señalando una estantería giratoria incrustada en la pared este de la biblioteca.

— ¡ La gruta de los espejos! —exclamé—. Un templo mistificado…

— Un templo de alegorías —rectificó.

laberintoUn etéreo laberinto y un templo de simbología.  A mí, mulato libre de las Antillas, me ha sido destinado revelar este límpido enigma universal.  Al cabo de varios siglos es imposible corroborar exactamente lo que sucedió, pero a través de la restauración, de evidencias arqueológicas, y del método socrático, se puede fácilmente llegar a la reconstrucción de los hechos.  El Adelantado insinuaría alguna vez: Me recluyo a transcribir el sexto libro con los consejos de los doctores del espacio. Y en otra: Me aíslo para construir el templo del laberinto de la literatura maravillosa.  Nadie se percató, nadie se dio cuenta, que el libro y el templo eran las dos caras de una misma moneda, las dos facetas que se encierran en toda unidad dicotómica, en todos los pares de opuestos de la historia.  La visión del libro en el templo, rodeado de aguas turbias en la caverna remota, y el largo y ramificado laberinto, se erigen como un indescifrable enigma para las ciegas masas.  Los espejos del escabroso laberinto confundían y confunden a la mayoría de las gentes.  La descripción sugería que el templo era un lugar físico.  Después que el Adelantado murió, nadie pudo encontrar el templo ni la gruta del laberinto en las tierras de Nueva Gerona.  Dos indicios me proporcionaron las claves para descubrir la disyuntiva.  Primero: en el laberinto habían exactamente seiscientos sesenta y seis espejos, el número de la bestia engañadora de la simbología apocalíptica.  Segundo: el testamento que dejó el Adelantado a los hermanos de nuestra logia.

Caballero se levantó.  Me dejó unos instantes, se dirigió hacia el estante giratorio; tomó un pergamino amarillento enrollado y amarrado con una cinta carmesí, el cual yacía en el anaquel más alto.  Volvió con el documento cilíndrico, acaso circular, tan circular como la historia.  Lo abrió, lo puso en mi regazo, lo examiné, era la escritura hecha a mano que había distinguido tantas veces en sueños.  Leí con incredulidad y escepticismo aquellos símbolos lingüísticos que con irremediable imaginación había redactado alguien de mi linaje:

Dejo el sagrado libro de la liberación auténtica.  El libro de la Creación, de la auténtica liberación, no ha necesariamente de buscarse en la expresión de la literatura maravillosa ni en la poesía; no es un talento que requiera manifestación externa de metáforas.  No es necesario que seáis un gran artista ni que tengáis vuestro público para encontrarlo.  Este tesoro imperecedero sólo se halla cuando el pensamiento se libra del afán de continuidad personal. La letra mata; el espíritu vivifica.  Entregué el rollo de papel todavía reflexionando.  Caballero continuó su alocución:

—Antes de analizar el testamento, yo me preguntaba de qué manera una enciclopedia o un templo podrían llegar a ser transcendentales.  La geometría me ayudó a pensar.  Medité en un libro en el cual se conjugan el comienzo y el final de la primera y de la última página; un libro de sucesos cronológicos y simbólicos que se repiten como una espiral inacabable, y que únicamente cambia de lectores aunque el libro sigue siendo el mismo. También reflexioné que los protocolos de un libro con dichas características se debieron escribir hace muchísimos años, y han pasado de generación en generación, ampliándose y perfeccionándose, lo que se ha podido probar por los muchos documentos que se han recogido en diferentes épocas, en los que pueden verse repetidas las mismas teorías, los mismos consejos, con ligeras variaciones, y es curiosísimo el observar la exactitud con que se han transmitido hasta párrafos enteros, redactados con las mismas palabras, esto puede comprobarse en las predicaciones de los doctores del más allá, el fondo de sus pláticas siempre encierran los principios fundamentales de los Protocolos y sus planes estratégicos.  En medio de ese análisis, me enviaron del Gran Oriente Francés el testamento que Ud. ha leído.  Quedé estático cuando alcancé la frase: Dejo el sagrado templo de la liberación auténtica.  El libro de la Creación, de la auténtica liberación, no ha necesariamente de buscarse en la expresión de la literatura maravillosa ni en la poesía; no es un talento que requiera manifestación externa de metáforas.  No es necesario que seáis un gran artista ni que tengáis vuestro público para encontrarlo.  Este tesoro imperecedero sólo se halla cuando el pensamiento se libra del afán de continuidad personal.  Casi inmediatamente comprendí;  la letra mata; el espíritu vivifica era el título del sexto libro transcrito (no escrito) por el Adelantado.  La frase la liberación auténtica me sugirió que el conocimiento es cuestión de emblemas, y con demasiada frecuencia constituye un estorbo para la manifestación de la sabiduría, para la búsqueda interna de uno mismo de instante en instante.  Las siete lecturas que realicé del libro confirmaron mis sospechas, cada una de ellas la realicé con un prisma analítico único, con una actitud siempre nueva y activa ante la lectura; una lectura donde yo me construía como coautor del libro que leía.  Sin embargo, en casi todos los autores y lectores de literatura maravillosa, el apego a las fórmulas es casi universal.  Y es inevitable que así sea, porque nuestra educación se basa en qué pensar, y no en cómo pensar.  Se nos educa como miembros creyentes y militantes de algún grupo: cristiano, santero, ñáñigo, izquierdista, mahometano, conservador, hindú, budista, exiliado cubano, freudiano o comunista, etc., etc.; se nos instruye igualmente bajo la ignominiosa doctrina de un chovinismo insano desde la cuna, cuyo resultado es casi siempre el conflicto y la separabilidad, típicos síntomas cancerígenos de un falso orgullo tribal y sectario que se expande y toma carácter universal en la forma de guerras mundiales.  La gran mayoría responde a los retos, que son siempre nuevos, de acuerdo con una norma vieja, y de ahí que la respuesta carezca de validez, de originalidad y de frescor.  Mediante el poder del símbolo una pequeña élite ha siempre controlado a las ciegas masas, atontándolas mediante la sensación de extrañeza, con el misterio bajo el cual se presentan los símbolos, cuyos efectos impresionan mucho a la gente, hasta a personas que ocupan posiciones importantes y que se tienen por inteligentes, fenecen y se inclinan ante el ritual del símbolo mitológico, ya sea éste en la forma de uno de los profetas veterotestamentarios, del mito mesiánico-azteca ante el cual sucumbió Moctezuma (un hombre de tez clara que habría de venir desde el oriente).  Muchos creyeron ciegamente en el mito de los poderes licantrópicos de Francisco Mackandal, cuyos atributos le facilitaban metamorfosearse en cualquier animal, ya fuera caballo, serpiente, jabalí, mosquito o mariposa.  Alucinaron incontables almas ante la leyenda del coronel Aureliano Buendía y sus poderes psíquicos para fomentar 32 guerras civiles en Macondo, aunque las perdiera todas, siempre pudo conservar la vida, y sobrevivir, inclusive, al pelotón de fusilamiento.  El mito de Emiliano Zapata, subiendo al cielo, después de muerto, en un caballo negro con aliento de fuego, es uno de los que más adeptos adquirieron acaso en México.  Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres.  Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros.  Nada camina tanto en este subcontinente como un mito en forma de caudillo.  Subcontinente en cuyos predios se vive como si se residiera perennemente en la caverna de Platón, en la caverna de la enciclopedia maravillosa.  Un mundo en que no existan el símbolo, las ideas, ni el mito, sería un mundo dichoso, porque sería un mundo sin las poderosas fuerzas que condicionan, que obligan a los hombres a emprender acciones impropias, sería un mundo sin los dogmas consagrados por la tradición que sirve para justificar los peores crímenes y dar estudiados visos de razón a los mayores y constantes desatinos.  La idea es la mera cristalización del pensamiento como símbolo; y el esfuerzo por vivir en armonía con el símbolo produce contradicción.

Su gesto canela, en el vívido círculo de las velas, era sin dudas el de un ser iluminado, pero con algo de hombre común y aun mortal, tan mortal como lo fue Sócrates.  Leyó lentamente, con certera precisión, dos pasajes de un mismo hecho revelador.  En el primero, la voz de la razón viaja con el reflejo de la luz artificial entre todos los espejos, por extensas llanuras aglomeradas y descoloridas, áridas montañas, el turbio lago, extensos y desiertos paisajes, ciudades llenas de gente pero vacías, cementerios de fábricas, caudalosas extensiones fluviales de aguas albañales, bosques de ponzoñosos árboles, disímiles climas y mucha maldad; en el segundo, la voz de la razón viaja libremente al prescindir del laberinto, de sus ramificaciones, de la luz artificial, de sus diversos tributarios, de la cueva y del turbio lago; no necesita espirales para subir al firmamento; no necesita los seiscientos sesenta y seis espejos con sus consecuentes ficciones, odios, falsedades; la voz de la razón viaja a través de un arcoiris de rosas de infinitos colores, desecha el sistema numismático, la circulación de la moneda; viaja a través de una cartografía donde todas las identidades y las máscaras han desaparecido, donde no hay egoísmo ni dicotomías, donde todos los seres se alimentan de luz verdadera, donde no acaece ya el sufrimiento, la enfermedad, la vejez, la guerra ni la muerte, donde suenan las campanas de la felicidad en los oídos de la eternidad.  Yo oía con reverencia todas estas repetidas maravillas ficticias, acaso más incómodas de escuchar de boca de un extraño personaje de otra época, en el curso de una visión, en una lejana isla del Caribe.  Evoco la frase repetida al final de cada pasaje, como un decálogo furtivo: La voz de la razón (no del pensamiento) es un río sin fin.  Y, a medida que se le escuche, que en ella se ahonde más y más, se puede encontrar la paz. 

Desde ese momento, sentí a mi alrededor y en mi aura cósmica, una invisible e intangible pululación.  No una abundancia de símbolos, contrapuestos o dicotómicos paisajes, sino una visión más incognoscible, más real que los símbolos.  Caballero prosiguió:

—No conjeturo que su egregio ascendiente jugara innecesariamente a las adivinanzas. No concibo viable que un hombre como él sacrificara diecisiete años en la región de la imaginación, lo cual se pudiera llevar sólo a cabo en las comarcas más desoladas del mundo, cuando no parecen operar las leyes del progreso, donde no existen los pilares de una estructura social.  En la mayor de las Antillas, la literatura de viajes siempre fue un género menor; en aquella época estaba inclusive prohibida por las autoridades coloniales.  El Adelantado fue un narrador sobresaliente, mas, sin dudas, fue asimismo un erudito de las letras en general, sin que se le considerara meramente un escritor de relatos cortos con tintes filosóficos.  La confirmación de sus coetáneos alude —y con creces lo proclama su vida— sus inquietudes ontológicas, místicas, filológicas, su insondable estudio de las diversas culturas.  La discusión filosófica escamotea gran parte de sus relatos o códices.  Sé que de todas las disyuntivas ninguna le inquietó y trabajó como los vagos campos de la semiología y de la semántica.  Ahora, ese es el único problema que no figura en las páginas del sexto libro de la literatura maravillosa.  Nunca usa el símbolo o palabra que quiere decir símbolo.  ¿Cómo explica usted  una elipsis de tal naturaleza?

Propuse varias teorías; todas, limitadas.  Las debatimos; al final, Caballero declaró:

— La labor del escritor es la de usar esos momentos vivos de inteligencia para transmutar la realidad en formas, metáforas, imágenes, alegorías, personificaciones, sonidos, convertir los sentimientos en matemáticas sin explicarlos a su audiencia.

— La labor del escritor, del escritor de literatura maravillosa, es posponer el significado de su obra indefinidamente, y que sus secretos no sean revelados cándidamente.

— Exactamente —dijo Caballero — El sexto libro de la literatura maravillosa es un símbolo enorme, una gran metáfora, cuyo tema es el arte y los percances de la simbología; la simbología como medio de opresión del ser humano contra el ser humano.  Si se mencionan en la obra las cosas por sus nombres, se le privaría al lector la coautoría, el privilegio de poder lograr la liberación de las energías oscuras que se encierran en el poder de la iconografía literaria, de la intertextualidad, de la metaficción, etc., etc.  Ser cultos, para ser libres (como dijera el apóstol).  Recurrir a circunlocuciones y a figuras abstractas, es quizá la mejor manera de señalar tanto el camino de la escritura como el de la lectura; así como el camino hacia espíritu que vivifica, que libera de toda opresión simbológica.  Es el procedimiento titánico que designó, en cada uno de los recovecos de su trabajosa obra, el empeñoso Adelantado.  He cotejado centenares de códices, he editado las pifias  que la negligencia de los escribanos ha introducido, he presumido el plan de esa anarquía disfrazada, he intentado desnudar la simbología, he traducido el sexto libro entero a siete diferentes idiomas: me consta que no confiesa, no transmite nunca directamente lo que quiere decir.  La explicación es obvia, para el Adelantado, “La letra mata; el espíritu vivifica”, la letra se expresa a través de lo otro, mediante una estética de la negación, a través de lo que no es, con el fin de que se entienda lo que es, ceteris paribus.  A diferencia de obras como las Meditaciones de Marco Aurelio, Las epístolas a Lucilio, de Seneca; o de los múltiples ensayos producidos por Michel Montaigne y Francis Bacon, quienes escribían más directamente, el trabajo literario de su antepasado cobra vida con la lectura, y con el grado de erudición de crítica literaria del lector, cuyas habilidades determinarán la interpretación de la obra.  La lectura de muchas otras obras influirá en cómo se interprete la obra del Adelantado.  Se ha criticado frecuentemente la falta de una estructura coherente en el sexto libro de la literatura maravillosa, pero esto se debe a que su desarrollo se realiza a base de intuiciones y asociaciones sin seguir un orden lógico riguroso.

— De cualquier modo —dije con voz trémula— yo discierno y respeto su teoría del sexto libro de la enciclopedia.

—No lo creo — dibujó una sonrisa franca—.  Entrar en la lengua significa quedar separado de lo real, ese reino, El espíritu que vivifica, está más allá de todo discernimiento, fuera de los órdenes simbólico e imaginario.

Volví a sentir la misma intangible pululación cósmica, pero esta vez alcancé una realización permanente.  Como Buda, quien nunca predicó la verdad, comprendo que cada ser humano debe descubrirla dentro de sí mismo.  Sin embargo, intentaré describir de todas maneras no la verdad, no la realidad, sino la mejor de las posibles representaciones simbólicas de la misma, en virtud del beneficio individual de todo el que ha leído hasta este punto cardinal del texto:  Hasta hoy, los símbolos sólo han sido utilizados de un modo realista en materias a las cuales no damos la máxima importancia.  En todo lo concerniente a nuestros móviles más profundos, persistimos en valernos de símbolos no sólo irracionalmente sino con asomos de idolatría y hasta de locura.  El resultado final de todo esto es que el hombre ha podido cometer, a sangre fría y por largos períodos de tiempo, actos que las bestias sólo son capaces de cometer por breves instantes, cuando están en el colmo del frenesí, del deseo o del terror.  Los hombres pueden volverse idealistas porque hacen uso de los símbolos y les rinden culto; y, por ser idealistas, pueden transformar la intermitente codicia del animal en el grandioso imperialismo de un rey Leopoldo o en el nazismo de un Adolfo Hitler; el intermitente afán de pelea del animal lo pueden transformar en el Stalinismo o en la Inquisición española; y el transitorio apego del animal a la tierra que lo sustenta, lo pueden transformar en el deliberado frenesí del nacionalismo.  En el laberinto de mi búsqueda había una mujer inequívoca; pero esa mujer emitía un amor categórico, pero esa mujer avanzaba fuera del laberinto de la caverna de la enciclopedia, bajo el diáfano cielo astral, esa mujer era mi madre.

—El destino ya existe— contesté —, pero yo no discierno, sino que soy Uno con el sexto libro de la enciclopedia de la literatura maravillosa, soy Uno con el Adelantado y Uno con Ud.  Soy uno con el ayer, el hoy y el mañana que siempre tienen lugar en el ahora.  ¿Me permite leer de nuevo el testamento?  —me dije a mi mismo.

—Caballero, yo y el Adelantado nos levantamos, tal como la trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo o teorema euclidiano.  Extendí el múltiple brazo para alcanzar el cilíndrico testamento del anaquel más alto de la estantería giratoria, entrada de la caverna secreta del laberinto de la enciclopedia de la literatura maravillosa.  El trance había alcanzado su punto álgido, había terminado Yo de tejer y de quemar el emblema de la logia en el fuego de Agni.  La infamia se había desvanecido en la séptima hora de la sagrada misión.  De repente, me vi transfigurado de regreso en el espiral de ese mundo onírico desde donde partí.

Todo es real, significativo, y a la vez no lo es, pero en un diferente sentido.  Volví de regreso a través del ancho Atlántico, de vuelta hasta el mismo puerto Mediterráneo.  Desde el dique caminé las tres cuadras de regreso hasta casa, el barrio transmitía la misma calma apacible de siempre.  Mi madre sacudió un inerte cuerpo sobre la cama donde dormía Plácido, no lo pudo despertar….  El espejo donde me había mirado antes de partir se había roto, cual resquebrajado maleficio, cuyo encantamiento se había extinguido.

He sido condenado a ir más allá de la construcción y destrucción del sexto libro, del mismo cuerpo de la obra.  Increíblemente he cumplido: he abatido la fuerza de la tradición del laberinto de mis ancestros, he demolido el símbolo.  Un periódico telepático, para cuya redacción los tres estados del tiempo son una nimiedad, transmitió la realidad de la transición cíclica de los tres estadios —vigilia, sueño y sueño profundo— y también todo lo que sucede en el mundo de los laberintos simbólicos, ya sea el de la lectura, el de la escritura, el de la política, el de la historia o el de la tradición.  El editor ha descifrado ese enigma.  El jefe sabe que mi problema es como el de un actor que hace de mujer en una obra de teatro, pero que nunca olvida que sigue siendo un hombre.  Nadie en el mundo se imagina mi verdadera condición: el gñani jamás se olvida de que él es el ser».

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Sobre el autor

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez (La Habana, 1966) es un licenciado en Literatura Española. Estudió en Los Angeles Trade Tech, donde recibió el diploma de Asociado en Artes Liberales en 2011, y el premio de honor del presidente de la institución en tres ocasiones. En la universidad jesuita de Loyola Marymount de Los Angeles, obtuvo su B.A. summa cum laude y el premio al académico del año en el programa de español de la susodicha institución. Es miembro de la Sociedad Hispánica de Honor (Sigma Delta Pi). Ha publicado varios ensayos de crítica literaria en la revista La Voz, entre los que se encuentran “Yo y mi otro yo: Manuel Machado y el dandi en El Mal poema” y “Nación y masculinidad en la España de fin de siglo”.

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1 comentario

  1. Armando Añel
    Armando Añel abril 13, 15:38

    un cuento donde la intertextualidad hace honor a la profundidad. Sorprendente.

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