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El fantasma de Mahoma

El fantasma de Mahoma

marzo 05
16:52 2011

Ahmadinejad-46991Desde que el imperio babilónico del sanguinario Nabucodonosor reinó hace milenios por sobre el mapa antiguo, nunca el Medio Oriente ha ejercido tal atracción. El mundo islámico ha devenido furiosamente en un vasto frente de  rechazo al Occidente.

Ultra-religioso o laico, envuelto en el misterioso declinar de su inmensa y vieja civilización, no cesa de abrazar las confrontaciones suicidas: terrorismo, teocracia, impugnación de  lo moderno. El secreto de tal frustración se remonta a una docena de siglos, a los magnos fastos de su historia que ha engendrado una exasperante paranoia religiosa, arcaicamente nacionalista.

El esplendor con que brilló el Califato de Córdoba, o el Bagdad de Harun Al Rashid o el Estambul de Solimán el Magnífico, le posibilitó brindar al Occidente “bárbaro” lecciones de civilización. Pero, del siglo XII en adelante, las victorias de sus conquistadores no concluyen con un Renacimiento, un Iluminismo, ni con el maquinismo o la revolución científica que se fecundaron en Europa. 

Podría considerarse al Islam y la entidad árabe como tendencias catastróficas imbricadas íntimamente; pero entre islamismo y arabismo existe una distinción que, de  no establecerse, a veces resulta peligrosa. Considerar a los “árabes” como una entidad es caer de lleno en la fe racista, e inversamente denunciar al Islam radical como solo culpable de los horrores contemplados en las últimas décadas y últimas semanas. Es aislar el factor religioso, el cual resulta únicamente una expresión de crisis y no su causa: la angustia de una civilización que se ha negado a aceptar su fracaso, ocurrido hace ya más de cinco siglos.

La superioridad de Occidente después del siglo XVII resultó incomprensible para el firmamento islámico, de ahí su espejismo de superioridad y su delirio de persecución; su muro de rechazo a la tecnología, al Estado secular, a la liberación femenina, por venir de los infieles. En su libro La memoria mutilada, el escritor iraní exiliado Daryush Shayegán diagnosticó la “memoria hemipléjica” de lo árabe-islámico que trata de ocultar la cara al Occidente, ligando los problemas teológicos con los políticos.  Como sintetizaría el egipcio Al-Ashmawy:  “Dios veló porque el Islam fuese una religión, pero los hombres la han hecho una política; hacer la política en nombre de la religión es transformar esta última en guerras interminables, en divisiones sin fin”.

Por esa razón, el milagro de la “unidad árabe” sólo conocerá la cimitarra laica o la lapidación devota; donde la modernidad del Occidente es un “don emponzoñado” para un Islam que no puede igualarle en capacidad tecnológica, en ciencia y en poder; y donde trata de salvaguardar su espiritualidad al estilo talibán; donde la cultura es alérgica a la idea de nación moderna, mercancía del otrora “bárbaro” vecino. Así, el Islam se dogmatizó congelando la cultura árabe, asumiendo el nostálgico arabismo religioso que  llevó la Cimitarra y la Media Luna a 60 millas de París, y a los muros de Viena. Por eso, restaurar la nación árabe es algo así como reconstruir la Europa católica que se movilizaba en las Cruzadas alrededor de la bandera papal. Dentro de tal nebulosa, el universo árabe-islámico es la sombra federada de un mundo que ya desapareció.

El accidente petrolero sobre el mapa terrestre -de Indonesia a Marruecos-, conformó un hecho extravagante al producirse la confiscación, por parte de clanes y familias camelleras, de un gran tajo de la riqueza petrolera mundial. Pero el hidrocarburo no restauró la supremacía islámica, en un trozo planetario donde la industria no ha descollado y donde el petróleo ha engendrado la arrogancia pueril y las escandalosas desigualdades. Así, el extenso cuerpo islámico, en coma prolongada, dentro de una comarca llena de injusticias históricas y aberraciones étnicas, muchas heredadas del imperio otomano y del petróleo, propaga cíclicamente los crónicos desvaríos anti-occidentales.

La propaganda de casi todos los Estados islámicos manipula ese distante pasado, contraponiéndolo de forma ingenua al Occidente; lo que manifiesta una disonancia entre la realidad vigente y las arcaicas magnificencias babilónicas, persas o cordobesas. Cada golpe que se propina al Occidente es, por tanto, la restauración de un fantasmagórico arcaísmo, el escape a una realidad política, a su lenta decadencia, a la incapacidad de aceptar que el desafío de Occidente hace siglos que resultó vencedor. Así, las fotos de un Ahmadinejad o un Ben Laden se involucran con las efigies de Saladino, Asurbanipal o Darío. Bien seguro es que no se trata de cantar las virtudes de un Occidente angelical frente a un Oriente diabólico, pero Hitler no justifica a Ben Laden, y las guerras coloniales ya son el pasado.

Desde el fracaso argelino a los civiles kurdos gaseados por Irak, pasando por el escándalo de los Versos Satánicos de Salman Rushdie, el sometimiento femenino, los rehenes, los atentados terroristas, los profetas por elección propia a lo Ben Laden, y los diamantes de los emires, la pista es ininterrumpida, y ello se evidencia en su diáspora, precisamente hacia las aborrecidas capitales occidentales de neón. Ni las carnicerías terroristas, ni el secuestro aéreo, ni el abuso de género, ni las “fatuas” han sido jamás formalmente condenados por los doctores de la fe islámica. La guerra santa religiosa de Ben Laden contra el Occidente no es otra cosa que lo explicado por Ashmawy: un desfile de grotescos valores y símbolos, cabalgando sobre el fantasma de Mahoma invencible, de Saladino o de Nabucodonosor.

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