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El futuro es cosa antigua

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El futuro es cosa antigua

El futuro es cosa antigua
mayo 23
11:23 2016

 

Stephen Hawking, ese prodigio sobre ruedas, nos deja advertido que el universo se expande constantemente, y que es muy posible que dentro de 10 mil millones de años sobrevenga un colapso, un tranque descomunal entre las galaxias, pero que no debemos preocuparnos, pues para esa fecha la humanidad ya habría desaparecido como consecuencia de la extinción del sol. Parece que Hawking se las gastó en grande a la hora de levantar los ojos hacia el futuro. No es algo corriente. Ni siquiera entre lo sesudos. Woody Allen avista el futuro apenas como el sitio donde va a pasar el resto de su vida. Y a Dulce María Loynaz le gustaba verlo no más que como el sueño que soñaremos esta noche.

Los arquetipos de la inteligencia terrestre no suelen distraerse vislumbrando el futuro a gran distancia. Debe ser porque ni siquiera disponen de todo el tiempo que necesitan para mirarse por dentro. También puede ocurrir que se sientan instalados de antemano en el futuro. De cualquier manera, su relativa displicencia no deja de indicar un reconocimiento y hasta una cierta familiaridad. Excluyendo algún que otro portento futurista —locos por lo general—, resulta fácil distinguir entre una persona lúcida y un mero presumido, o un farsante incluso, precisamente por la forma en que ambos conceptualizan el futuro.

Hace poco, la revista TIME publicó el pronóstico de uno de esos expertos sabios de la metatranca, según el cual, para el año 2045, o sea dentro de un pestañazo, la especie humana será superada por la inteligencia artificial. Así que nuestro cerebro (que todavía es menos conocido que la luna por los científicos) va a quedar en desuso, obsoleto, listo para el tacho de los desperdicios. En fin, él sabrá lo que se trae entre manos. En la peor de las circunstancias podría ser una buena noticia para los caciques de la dictadura cubana. Aunque falta por ver hasta qué punto les interesa. Que no en balde ellos les han ahorrado el trabajo a la ciencia al declarar desde ya obsoletos los cerebros de sus gobernados, y sin gasto alguno.

Si nos atenemos sólo a los sabiondos futurólogos, como el de la revista TIME, y a los malbaratadores del cerebro humano, como nuestros caciques, muy bien nos convendría dormir con un ojo abierto y encomendándonos a todos los santos, no sea que derive en una siniestra pesadilla el sueño que soñaremos esta noche.

Debe ser porque siempre lo han tenido delante, como la clásica zanahoria, a un palmo de la nariz, tan pregonado como inalcanzable, sobrepasándolos a un ritmo de sesenta segundos por minuto, pero verdaderamente —a pesar de TIME y de los caciques y aun de Stephen Hawking—, para los cubanos de adentro el futuro es un paliativo, una suerte de tentempié, como esos suplementos vitamínicos que envían los parientes desde Miami, que no llenan el vacío en los calderos pero ayudan a mantener las suelas sobre el suelo mientras el palo va y viene. En el modo en que los cubanos de a pie perciben el futuro, van mezclados, complementándose, tanto quizá como en ningún otro caso, nuestra capacidad de ilusión y nuestro sentido práctico. Por eso, aun cuando no falten motivos, muy rara vez asumimos el futuro en plan dramático, mucho menos como un ente misterioso, sino como a esa tía que está casada con un finlandés y ha prometido venir a visitarnos. Pensar, para cualquiera de nosotros, es pensar en el futuro, o sea, pensar que mañana será mejor que hoy porque nos acerca a pasado mañana. Es una forma, pobre, pero es nuestra forma de aliviar la agonía de lo cotidiano. Y es la certidumbre de que nos mantenemos vivos. Además, durante mucho tiempo ha constituido casi la única expresión de disidencia generalizada en la Isla. Un ejercicio de libre albedrío ante los asaltos embrutecedores de la dictadura, la cual afinca su poder en la monopolización y en la invalidación del presente, limitándose a venderlo como promesa de futuro.

Sin embargo, algo más bien grave parece estar ocurriendo últimamente. Es como si todos los cubanos a un tiempo, sin previo acuerdo, hubiéramos resuelto darnos por vencidos, haciendo dejación de lo único que nos quedaba: nuestra muy particular perspectiva de futuro. Estamos dejando de pensar en el mañana, lo cual, en nuestro caso, significa dejar de pensar. Es justamente por pensar sólo en el hoy, en el ahora mismo (o sea, por no pensar), que nuestra gente procura subir a cualquier avión, sin que importe mucho ya hacia dónde va, o trata de mantener el alma en vidriera, alegremente dispuesta a venderla no al mejor postor sino al primero que caiga a mano. Y debe ser por eso que hemos adoptado como signos de identidad la inopia en los ánimos y el marasmo espiritual.

Tal vez habría que decir, con Paul Valéry, que para los cubanos, uno de los más graves problemas del presente, el menos remediable, consiste en que el futuro ya no es lo que era. Como a otras tantas perlas patrimoniales que hemos perdido de vista en las últimas décadas, parece que lo vemos como cosa antigua.

Te llaman porvenir porque no vienes nunca, sentenció desde hace mucho un gran poeta, al que nunca prestamos demasiada atención. Por suerte. Porque más esperanzador que el porvenir, era, hasta ayer mismo, nuestra manera de concebirlo. Así como infinitamente más devastador que el hecho de no tener futuro, resulta para nosotros, dadas las circunstancias, dejar de pensar en futuro.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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