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El genio en su lámpara

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El genio en su lámpara
octubre 06
17:20 2013

electores

A pesar de que en mi juventud aprendí el alemán, tal vez con el propósito inconsciente de algún día no tener problemas con un alemán ilustre cuyo nombre no quiero mencionar, no recuerdo la secuencia exacta de los eventos que llevaron en mi país a eliminar la intervención del ciudadano en los procesos electorales de una manera tan contundente que ahora es motivo de estudios.

Tal vez una combinación de mecánica cuántica, estadísticas y el segundo principio de la termodinámica haya sido la mezcla explosiva y volátil que permitió este adelanto sin paralelo, ni meridiano tampoco. El deber de un gobierno consiste en simplificar la vida de los ciudadanos. Las consuetudinarias elecciones ya nos tenían atormentados y sólo socavaban nuestro civismo. Teníamos que madrugar para hacer largas colas, sólo para descubrir que las mesas de votación todavía no habían sido instaladas, que no habían llegado ni los testigos ni las papeletas de votación, que la máquina que captaba nuestras huellas estaba mal calibrada y nos negaba el acceso a las urnas, que no teníamos privacidad para ejercer nuestro voto y un sin fin de percances pequeños y grandes que convertían la jornada en un caos monumental, más aún si llovía.

“En un país altamente democrático como el nuestro, lo más sano para todos era eliminar el factor humano que intervenía en las elecciones. Éste sería reemplazado por electores virtuales que recogerían la esencia de los ciudadanos y votarían en su lugar”. José Luis Borja

Fue entonces cuando a algún funcionario del gobierno, seguramente preocupado por nuestra salud mental, se le ocurrió la solución que acabaría con nuestras tribulaciones. En un país altamente democrático como el nuestro, lo más sano para todos era eliminar el factor humano que intervenía en las elecciones. Éste sería reemplazado por electores virtuales que recogerían la esencia de los ciudadanos y  votarían en su lugar. De ahora en adelante, una simple máquina escogería al presidente del país sin emociones y sin pasiones, para el bienestar de todos. Para programar la máquina, se realizaría un censo en todo el país con el propósito de determinar los perfiles sicológicos de todos los ciudadanos y la influencia que los astros, las mareas y los consabidos billetes verdes podían tener sobre sus decisiones. Los electores virtuales serían entonces creados y almacenados en la máquina, como un gigante en una lámpara mágica.

Repentinamente, acabo de recordar que yo fui quien escribió el programa de la máquina. Einstein solía decir que Dios no juega a los dados, pero, no siendo Dios, a mí sí me era permitido hacerlo. Resulta que, después de muchos estudios, concluí que cuando se trata de escoger, o de elegir, nuestro proceso mental es muy a menudo similar al de lanzar una moneda al aire y ver si salió cara o cruz. Ese fue el proceso que escogí para la máquina. Después de lanzar una moneda virtual durante un intervalo de tiempo aleatorio, la máquina finalmente elegiría al candidato que hubiera salido con más frecuencia. Una parte de los electores estaría contenta y la otra insatisfecha, como es común en todo proceso electoral, pero en todo caso ya no sería necesario sacrificar un día de playa para alcanzar el mismo resultado.

A pesar de mis mejores esfuerzos, mi memoria a veces me abandona. Cuando lo haga del todo, nadie conocerá el secreto del oráculo que inventé y hasta yo mismo pensaré que es perfecto.

Pero, ¿de qué estaba hablando?

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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