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El gran hijo bobo de la economía cubana

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El gran hijo bobo de la economía cubana

El gran hijo bobo de la economía cubana
enero 11
18:18 2017

 

Se ha dicho que la política no es más que una torpe simplificación de las cosas. Es cierto. Pero ojalá no fuera más que eso. Suele ocurrir que esa torpe simplificación se proyecte con malsanos propósitos. Entonces el ejercicio de la política deriva en fundamento sine qua non de corrupción. Y es un delito muy grave.

Tal vez nunca veamos comparecer ante un tribunal, como reos de leso crimen político, a los responsables de la siempre creciente ruina sufrida por Cuba a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pero ello no significa que no lo merezcan.

Devastar las estructuras económicas y socioculturales de un país por haber supeditado todas sus bases, sus acciones y proyecciones a un simple trazado político, o aún peor, a caprichos y dislates dictatoriales esgrimidos bajo el disfraz de un trazado político, representa un delito no menos siniestro que bombardear ciudades.

Ya que es así (y nadie con dos dedos de frente tendría razones para dudarlo), entonces, a quienes hoy llevan la sartén por el mango en nuestra isla también sería pertinente juzgarlos por reincidencia en el crimen, con premeditación y felonía.

Sobran pruebas, pero para aquellos que necesitan ver llover sobre lo mojado, dejo aquí algunas de las más elementales y fáciles de entender, a tono con su disposición.

A ver, ¿quién podría calcular la cifra exorbitante de gastos irrecuperables que ocasionan anualmente al erario nacional los miembros activos del Ministerio del Interior, una plantilla de vagos altamente asalariados que sobrepasa con creces la de cualquier otro país del tercer mundo? ¿Mediante qué mecanismos podríamos llegar a conocer algún día cuánto paga el pueblo cubano, bien en dinero efectivo o en prebendas, por ser vigilado a tiempo completo por cientos de miles de agentes encubiertos, colaboradores e informantes del MININT que actúan en todas y cada una de las empresas del país o dentro de cada institución u organización de cualquier tipo? ¿Mediante qué estadística oficial sería posible consultar los enormes gastos que generan los miles o cientos de miles de colaboradores de la dictadura cubana en Europa, Estados Unidos, o Latinoamérica?

¿Serán capaces los historiadores del futuro de establecer el daño ocasionado a la economía nacional por el desmesurado e improductivo aparato de administración y represión de la dictadura castrista? Yo creo que no. Pero tal vez sí podamos concluir desde ahora que Cuba no saldrá de la crisis económica en que agoniza si antes no logra deshacerse de ese gran hijo bobo, derrochador e inútil.

El parasitismo es un mal endémico del fidelismo. Nació apenas iniciado su dominio, en los 60, y fue creciendo incesantemente a través de los años, como la socorrida bola de nieve (o de excremento): mientras más vueltas daba, mayor era su volumen, hasta llegar a convertirse en un monstruo de insaciable apetito.

Luego, para colmo, desde las entrañas de ese Polifemo tragón que es el régimen, creció otro parásito monstruoso, que es su contingente de represores y burócratas.

¿Podremos conocer algún día el verdadero monto de las dilapidaciones, tanto en salarios como en otros gastos, de organismos parásitos como las gigantescas FAR, o PCC, CTC, UJC, CDR, FMC, Poder Popular, ICAP, UNEAC…?

La necesidad de importarlo todo, no obstante las muy reducidas demandas de consumo de una población acostumbrada a la pobreza extrema, es hoy una (otra) de las grandes tragedias de nuestro país. El régimen depende de las exportaciones para darle de comer migajas al pueblo. Y como no es capaz de producir ni siquiera lo mínimo indispensable, se ha visto impelido a vaciar los hospitales y los policlínicos para exportar sus recursos médicos, en una maniobra parasitaria y neo-esclavista sin precedentes en la historia del mundo moderno.

El monopolio estatal de las inútiles capacidades de producción, mediante el racionamiento del producto, en combinación onerosa con la poca demanda, le ha permitido reducir al máximo las exigencias poblacionales, de manera que pueda seguir ejerciendo su vocación de parásito que emplea a otros innumerables parásitos para mantenerse. Es la fórmula base del gran hijo bobo.

¿Llegaremos a tener algún día pleno conocimiento de causa sobre la retranca impuesta al desarrollo de nuestro país por esa política del hijo bobo? ¿Nos queda al menos la esperanza de que los responsables de tanto desmadre y de tamaño crimen de lesa patria sean obligados a comparecer alguna vez ante los tribunales?

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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