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El hambre y los brutos

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El hambre y los brutos

Fidel Castro estirando la cadena alimenticia

El hambre y los brutos
octubre 20
04:05 2016

 

Sube el precio de los alimentos, se intervienen negocios, se revocan licencias y hasta se impide que llegue comida estadounidense a los damnificados por el huracán Matthew en Guantánamo. El régimen de Raúl Castro continúa poniéndole parches de papel cartucho a la herida del hambre en Cuba.

No se trata de una broma macabra, no. Hay que entender que el castrismo no solo es liberticida, homicida, autoritario, totalitario, tramposo, inescrupuloso… Es, antes que todo eso, ‘lisa y llanamente’ bruto. De hecho, la anterior relación de atributos probablemente tenga su génesis en la ignorancia implacable, normativa, desde la que se estableció y desarrolló la llamada “revolución cubana”. El oscurantismo económico del que hace gala el oficialismo resulta monumental, y la propia naturaleza del sistema, obsesivamente cerrado y paranoico, le impide evolucionar hacia una compresión más precisa del fenómeno de la producción y el mercado, incluso hacia algo tan elemental como la compasión. Por supuesto, la nomenclatura también sabe, o intuye, que la libertad económica puede generar movilidad social y ésta, a su vez, libertad política. Pero lo esencial es la ignorancia, y el más ignorante de todos los castristas cubanos –en su soberbia ceguera– ha sido el propio Fidel Castro.

Parece oportuno subrayarlo, porque numerosos analistas han endilgado a Castro unas capacidades de las que en realidad carece. El agonizante dictador ha sido y es, básicamente, un pícaro manipulador, con un muy desarrollado sentido histriónico, una personalidad invasiva y la facultad de memorizar series de datos. Pero su inteligencia es primitiva, inflexible, incapaz de generar ideas autóctonas o hallar soluciones de fondo. Castro no crea (o no creaba): adopta, o recrea, fórmulas y concepciones ajenas (persígase un solo concepto novedoso en los textos sagrados del castrismo y se desembocará en una búsqueda inútil). De ahí que haya pretendido no ya saber de todo un poco, sino sabérselas todas. En sí misma, una pretensión que evidencia su necedad.

Retomando la metáfora: la revolución cubana no ha sido más que un parche de papel cartucho sobre la herida del subdesarrollo. Dado que era sumamente difícil contener la hemorragia institucional provocada por el pretencioso, y prepotente, nacionalismo cubano, a partir de 1959 el castrismo optó por subirle la parada. O lo que es peor: ni siquiera se enteró de qué provocaba la hemorragia. De ahí que durante más de medio siglo haya cometido los disparates económicos y políticos más inverosímiles. De ahí que en lugar de liberalizar la producción y darle a los productores la posibilidad de disponer de sus productos y comercializarlos a su manera –de ser realmente dueños de sus tierras, empresas, cultivos, etc.–, a la nomenclatura no se le ocurra otra cosa que hostigarlos, y en casos extremos impedir directamente que decenas de miles de damnificados atenúen su hambre con alimentos “imperialistas”. La brutalidad suele desembocar en la crueldad. Siempre es cuestión de tiempo.

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Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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