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El hombre con la sombra de humo (I)

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El hombre con la sombra de humo (I)

El hombre con la sombra de humo (I)
noviembre 13
18:22 2015

 

Belakís. Debemos suponer que no fuera su verdadero nombre. Jamás supe de alguien que se llamase Belakís, descontando a un cierto aterrador vampiro húngaro con nombre que suena parecido (Bela Kisz), y de cuya existencia tampoco poseía indicios hasta hace un corto tiempo. Aunque, después de haber tenido la oportunidad de meterme a fondo en lo que podríamos llamar su historia, pienso muy firmemente -a riesgo de servírsela en bandeja a quienes me acusan de chiflado- que le llamaban Belakís justo por el vampiro húngaro y que por más que no hayamos podido averiguar quién le puso el nombre, parece indudable que tenía constancia o sospechas de algún tipo de parentesco entre los dos.

Los testimonios más antiguos que he logrado acopiar sobre el paso de Belakís por La Habana datan de 1996, o sea, ochenta años después de que en el pueblecito húngaro de Czinkota, donde vivió su presunto congénere, se empezara a rumorar, primero, que éste había muerto en la guerra; y luego, que desapareció dejando apenas muy pálidas pistas, indicadoras de una posible fuga hacia el continente americano. Aquellos comentarios coincidían en tiempo y lugar con el hallazgo de unos treinta cadáveres de mujeres que habían sido desangradas mediante mordidas en las carótidas y rematadas por estrangulamiento. Digamos un aporte del bondadoso vecino Bela Kisz para que su pueblo pasara a la notoriedad convertido en referencia que eriza los pelos y revuelve las tripas.

Claro que en principio también yo hubiese asumido como una locura esto de vincular la identidad de un hombre que desapareció en Hungría teniendo unos 40 años, con la de otro que apareció en La Habana con la misma edad pero ocho décadas más tarde. Ocurre, sin embargo, que cuando yo tuve acceso por vez primera a los datos relacionados con Belakís, conocía ya algunas de sus posteriores andanzas por nuestra isla. Quiero decir que mi averiguación era en retrospectiva, de modo que estaba avisado acerca de con quién me las veía y, por avisado, también estaba curado de asombros. No obstante, más por satisfacer a mis jefes que por otra cosa, actué según las convenciones, intentando despejar la remota posibilidad de que Belakís fuera un descendiente sanguíneo de Bela Kisz, digamos un bisnieto o algo así. Pero ello solamente nos condujo a un nuevo misterio: Belakís no poseía en Cuba el más mínimo lazo familiar. Nunca lo tuvo. Rastreamos todos los registros civiles del archipiélago, pero nada, ni un primo lejano o un pariente muerto siquiera. Menos encontramos constancia de su arribo a la Isla desde el exterior, no ya con el inviable nombre de Belakís, tampoco con ningún otro de los nombres adoptados por él en diferentes circunstancias. Sobra agregar que el detalle prendió el foco rojo en nuestros mandos superiores. Este individuo –concluyeron- tiene que ser un agente que nos ha infiltrado la CIA. Y ni que decir tengo que a mí no me quedó otro remedio que seguirles la corriente, pero por supuesto que no compartía el corolario. Aunque eso no era lo más pesado. Si no coincidía con el criterio de mis jefes era porque tenía mis propios criterios. Y no solamente los tenía, sino que por muy convincentes que a mí me parecieran, no podía compartirlos con mis jefes sin arriesgarme a que resolvieran apartarme del caso, por impericia quizá, o por parcialidad sugestiva.

Fue esa precisamente la razón por la que tuve que ocultarles algunos de los datos que averiguaba. No me veía bien parado delante de mis jefes para informar, por ejemplo, que Belakís era un hombre sin huellas, peculiaridad que había comprobado yo mismo en distintas ocasiones; o que su sombra no era oscura y moldeada como la de una persona común, sino que cuando exponía el cuerpo a la luz, Belakís, en vez de sombra, proyectaba una línea de humo, muy fina, apenas perceptible, pero estirada y quemante como la cola de un trueno. De cualquier manera ya anoté anteriormente que realizábamos nuestras pesquisas en retrospectiva. Así nos lo impuso Belakís desde el inicio, pues nunca resultó factible seguirle el rastro en tiempo real. Entonces pensé que siempre iba a quedarme la probabilidad de sacar a mis jefes de su error, aun cuando no pudiese evitar que cambiaran una conclusión equivocada por otra. Es algo que iremos viendo. Cada revelación que nos llegara en torno a las actividades de Belakís, sería motivo de nuevas y descaminadas conjeturas de los de arriba.

Pero al final me convino que así fuera.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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