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El hombre con la sombra de humo (II)

El hombre con la sombra de humo (II)
diciembre 11
01:41 2015

 

Soy Rubio.

Bueno, en realidad soy negro, pero así me llaman, Rubio, porque es mi apellido. Noel Rubio, un investigador policial del montón, cuya única hazaña tal vez consista en haber vivido acumulando en la conciencia tantas mataduras como las que lleva en el lomo un mulo carretonero. También tengo dos defectos que son contraindicados para mi profesión: no me gustan los jefes y me gusta hacer siempre lo que me da la gana. No obstante, mi hoja de servicios se conservó intachable durante algo más de veinte años. Sólo queda por ver si eso es bueno o malo. En todo caso me siento capacitado para dar fe de que resulta difícil trabajar como policía tanto tiempo sin meter la pata o la mano, o ambas. Debe ser lo que determinó en principio que me encomendasen esta misión. Los tipos sin ambiciones y contrarios al deseo de protagonismo gozamos de idoneidad para ciertos encargos. Aunque con los jefes uno nunca sabe.

En el mes de junio de 1998, me ordenaron que trabajara en el completamiento de un expediente, algunos de cuyos pormenores aún quedaban pendientes de investigación. Era una labor sin importancia, aparentemente al menos. Un caso de robo de pacotilla (nunca mejor empleado el término) que había tenido lugar cuatro meses antes, en el aeropuerto internacional José Martí, justo en los días de la visita a La Habana del Papa Juan Pablo II. A uno de los sacerdotes católicos extranjeros que estuvieron presentes en el acontecimiento le habían robado una maleta llena de sotanas. Por supuesto que las fuerzas del orden tomaron por asalto el aeropuerto, activando al nutrido escuadrón de informantes para cada puesto y cada operación. De manera que en pocos minutos estaban ya presos los ladrones, trabajadores del propio departamento de equipajes. Sin embargo, las sotanas no serían recuperadas. Nunca aparecieron. Incluso apareció la maleta, pero vacía. No hubo medio ni modo entre los muchos y muy rigurosos aplicados por la policía que permitiese dar con ellas. Junto con las sotanas había desaparecido uno de los empleados del aeropuerto, precisamente el que podríamos calificar como autor intelectual del robo. Es la primera–aunque no la más remota- referencia que iba a llegarnos sobre Belakís.

Después, al tomar por completo la responsabilidad del caso, yo mismo averiguaría algunos otros antecedentes más bien peculiares sobre el tránsito de Belakís por el aeropuerto, donde estuvo trabajando como empleado del departamento de Rayos X, bajo el nombre de Octavio Marín, desde 1996 hasta enero de 1998, que fue cuando se lo llevó el remolino papal. Supe que durante todo ese período participó en diversos desvalijamientos, haciendo uso de la privilegiada función de su puesto de trabajo, el cual le permitía conocer el contenido de cada valija sin necesidad de abrirlas y antes de que llegase a las manos de sus cómplices del departamento de equipajes. Supe que fue así cómo pudo convertirse en jefe del grupo, con autoridad para disponer sus acciones. Y también supe algo (otra aparente nadería) que iba a propulsarme sin remedio a bucear en lo hondo del tema Belakís: Éste, con todo y que fuera el organizador de los robos, rechazaba beneficiarse con su producto. Con una sola excepción, las sotanas. Si había sotanas en las maletas violentadas, pasaban a ser suyas automáticamente. Todos sus cómplices coincidieron al declarar que Belakís nunca se interesó por nada más que las sotanas.

El hombre con la sombra de humo (I)

Fue el primer dato que decidí ocultarle a mis jefes. No sin agrias vacilaciones, es la verdad, y dándome golpes de pecho, sobre todo al principio. Pero es que no tuve otra salida. No podía exponerme a que me soltaran la carcajada en plena cara, o, en el mejor de los casos, a que volviesen a obstruir el curso de mis indagaciones con la hipótesis de que el tipo era un agente de la CIA que intentaba operar disfrazado de cura. Eso, como dije, fue al principio. Pero pronto agregaría nuevos y más contundentes motivos para reafirmar mi decisión. Tan pronto como empezaron a llegarme otros informes sobre las características y andanzas de Belakís. Entonces dejé de vacilar. El muy singular asunto del hombre con la sombra de humo estaba requiriendo un tratamiento singularizado. No podría yo considerarme a la altura de un auténtico profesional de la investigación policial si no actuaba en consecuencia, ante todo, tomando con la mayor seriedad cada uno de los datos de que disponía y dando curso a mis intuiciones. Además, si es que en verdad deseaba prodigarle un interés especial al caso (y no es que lo deseara simplemente, era algo más bien parecido a un imperativo de adentro, una especie de fuerza como la gravedad que tiraba de mí súbitamente, impulsándome a decidir cosas casi por inercia), si, en fin, había resuelto seguir a cuenta y riesgo el rastro de Belakís, estaba obligado a despistar a mis jefes para que me dejasen trabajar con un mínimo de independencia. Opté por proceder ante sus ojos según las prácticas de rutina. Seguramente, les dije, el sujeto era un pillo que engañaba a los miembros de su banda guardándose a escondidas la mejor tajada de los robos. De modo que cuando se produjo aquella gran movida policial en el aeropuerto, nada menos que en días de la visita del Papa, supo que no sólo iba a caer en nuestras manos, sino que además estaría obligado a responder doblemente por sus delitos: ante la ley y ante sus cómplices. Entonces determinó hacerse humo (nunca mejor dicho), escapando hacia el extranjero oculto quizá dentro del maletero de algún avión, acción que pudo facilitarle su dominio del terreno.

Desde luego que yo estaba mintiendo a conciencia, pues esperaba con seguridad que más temprano que tarde Belakís volvería a dar señales de vida desde algún otro sitio del país. Aunque ciertamente no imaginé que su próxima señal me llegaría desde tan cerca. También preveía la inevitabilidad de que mis jefes incurrieran una vez más en las acusaciones del inicio. Pero de cualquier modo necesitaba ganar tiempo. Y por el momento, no hallé a mano una mejor excusa para distender el meollo. Después ya veríamos.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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