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El horado de Dios

El horado de Dios

El horado de Dios
octubre 31
20:41 2013

Dudo que los orificios o agujeros sean indicadores, señales o caminos del vacío; o para aclarar mejor: de ese vacío que lleva hacia la Nada.

A mi modo de ver, cualquier agujero puede conducir a una dimensión sorprendente. A través de un foramen podríamos ver lo que nunca habíamos imaginado, como lo narró Jorge Luis Borges en su cuento El aleph. Los túneles y las cuevas son senderos hacia lo inesperado. Los laberintos son las posibilidades aterradoras de lo desconocido.

Desde hace algunos años se han descubierto los agujeros negros en el espacio interestelar, y ya se sabe que en el universo hay una infinitud de estos agujeros. Sabrá Dios si la red de laberintos de los embudos negros dan lugar a otros universos, y todos juntos, concavidades, laberintos y universos, constituyen una infinita secuencia de la energía del ámbar.

“Cada vez que una persona muere deja un agujero imaginario en el espacio donde vivió. Detectar ese agujero quizás sea una oportunidad para los que aún vivimos intentando conocer la redención, intentando sentir la energía del ámbar que podemos descubrir dentro de nosotros mismos”. Manuel Gayol Mecías

De cierto, el ojo de una cerradura ha sido (y es) un recurso nunca gastado para la imaginación de cualquier historia y/o poema. De hecho, los ojos están situados en dos cuencas por donde entra no solo la energía solar, sino además la fuerza de la vida de los otros. Lo que el mismo Antonio Machado y también Octavio Paz han reconocido como la otredad, que maravillosamente nos rodea y nutre, porque es interacción de vida que se introduce por la voz en los corredores de los oídos, con los alimentos mediante la boca, o por el olor a través de las hornacinas de la nariz y por el tacto en los poros de la piel. En fin, los seres humanos estamos formados por agujeros que nos permiten vivir.

El aire de la vida y de la poesía penetra por todos los orificios del cuerpo; es como si nosotros, a través de la piel, tuviéramos la posibilidad de rehacernos constantemente.

Las ventanas y las puertas son dos metafóricas y extraordinarias aberturas. Por una ventana alcanzamos a saber que más allá, en la cercanía o la distancia, hay algo que se añora. La ventana podría ser el cuadro de otra vida real, de un paisaje nuevo, según nuestra imaginación y temperamento; y es que abrir una ventana puede significar una manera más de respirar el mundo o sentir la brisa de un poema perpetuarse en la memoria.

La puerta, por su parte, puede ser no solo la entrada o la salida a/de un ámbito de riesgo: el sueño o la pesadilla, la vida o la muerte, sino además el regreso al (o la pérdida del) origen. Pero para cualquiera de ellas, el vano de la puerta no tiene por qué ser siempre un hueco o vacío falto de solidez, o falto de realidad, sustancia o entidad, sino que puede conformar un sentido profundo de relación humana; hasta puede llegar a ser una puerta estelar hacia una galaxia impensable.

Un volcán es el agujero o pasadizo hacia las entrañas de la tierra, y decir esto también significa el hecho virtual de poder llegar al magma de la vida, a nuestro mismísimo centro de gravedad física.

Sin embargo, la mujer, por encima de todo, es sin ambages la excelencia del agujero… En realidad, a la hora del amor, el que se entrega es el hombre, cuando realiza el sexo con la mujer que lo acoge y lo cobija mediante su vulva. Ahí también comienza la vida esplendorosa no solo como placer, sino asimismo como reproducción, como nuevo comienzo. Más tarde, nacemos por esa carnosa y agridulce angostura para hacernos más humanos.

Cada vez que una persona muere deja un agujero imaginario en el espacio donde vivió. Detectar ese agujero quizás sea una oportunidad para los que aún vivimos intentando conocer la redención, intentando sentir la energía del ámbar que podemos descubrir dentro de nosotros mismos, o de ese ser que se marchó, que ya no está visible.

A mi modo de ver, todos los agujeros, orificios, hoyos, cuencas, corredores, pasillos y huecos pueden ser ilimitados. Porque todos vienen de esa especie de foramen universal e infinito que se encuentra en la profunda dimensión imaginaria de los sueños… Ese sentido de vida viene del horado de Dios.

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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