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El impulso poético en Juegos del inconsciente

El impulso poético en Juegos del inconsciente

mayo 15
03:50 2012

1-0_daphne_delioLo que se denomina inconsciente (subconsciente) en la psicología moderna, tiene que caer. En eso consiste el trabajo de la naturaleza del arte, en establecer que el tal inconsciente es sólo un tecnicismo lingüístico en manos de los psicólogos para ayudar a la lógica (al pensamiento) a establecer ciertas diferencias entre el concepto de lo consciente y lo inconsciente, entre lo sabido (la razón) y lo desconocido (lo ilógico).

Desde luego, esta sería una “visión” imaginaria que partiría de la retroalimentación de las experiencias y que el arte asume como principio básico, iniciático, con el fin de especular. Pero la visión poética nunca se determinará en ninguna expresión sobre ciertas analogías, sino que establecerá  un parangón real de magnitud, de grado, de cómo la experiencia es de más conciencia respecto a la inconsciencia o de más inconsciencia respecto a la conciencia. De modo que la visión poética parte de la existencia de la unidad, indivisible, de las cosas. En este sentido, conciencia e inconsciencia dependen del nivel de visión en que se encuentre anclado el artista.

Si la consciencia (la razón) llega al límite de la imaginación, entonces seguirá existiendo para el soñador la imagen del inconsciente, la imagen de lo desconocido. Esa es la prueba, el punto, el límite. La imaginación crea al supuesto inconsciente. Le da categoría de arte. Por eso todos los grandes artistas, Lezama, Picasso, Borges, entre otros, trabajan para crearnos un “mejor” subconsciente y reconocernos mejores éticamente. Dentro de la imaginación cabe la diferencia de dos magnitudes lingüísticas, de que la política y el arte dependen de la relación entre imaginación y realidad.

Debido a esta última opinión, me detengo y observo que gran parte de la obra de Daphne Rosas, “Juegos del inconsciente”, apunta, en cierto modo, a deshacernos de lo inconsciente buscando llenar la unidad de conciencia a través de la visión pictórica. Ella pinta sobre el inconsciente no por el hecho de haberlo imaginado, sino porque lo ha visto. Y hay una diferencia abismal entre imaginar y ver. La imaginación es una visión retroalimentada; la visión poética es una visión directa, instantánea, sobre la totalidad. La poética conoce la totalidad porque la ve sin ninguna mediación. La imaginación parte del hecho de que para conocer lo oculto, lo inconsciente, hay que imaginarlo y suponerlo. La primera te lleva a la realidad, la segunda a soñarla.

Wallace Stevens en un texto sobre “la relación entre poesía y pintura”, aparecido en su Ensayos sobre la realidad y la imaginación, establece la norma de que la poesía, como impulso, se revela en el arte: en la propia poesía, la música, el ensayo, la arquitectura, la pintura… Se revela como doble dimensión: como imaginación y visión. Stevens no estaba muy claro sobre la segunda dimensión, pero este trabajo, “Juegos del inconsciente”, de la pintora Daphne Rosas, no sólo juega con la visión, sino que la recrea tal y como es: un malabarismo peligroso por el cual el hombre descubre que la individualidad, la libertad, no sólo pueden ser objeto de la imaginación. La libertad y la individualidad deben ser objeto de la visión también: vista y no imaginada.

Este impulso poético de la visión despierta en Daphne algo más de realismo mágico, de real maravilloso, de real metafísico. Despierta su propia inconsciencia sobre lo que es el inconsciente. Llega a conocer la propia “existencia” de la que está hecho el inconsciente. Sus cuadros lo indican: mediante la imaginación, el inconsciente trabaja para controlarlo todo, incluso hasta para que no se exprese en su totalidad la propia individualidad, la libertad. La visión poética tiene que buscar entonces recursos simbólicos, caminos exotéricos expresivos para burlar la jerga lingüística del inconsciente. La visión poética se concreta en mensajes pictóricos para eludir a la imaginación pictórica. En ello radica el aporte de “Juegos del inconsciente”. No importan los símbolos y las formas, sino el mensaje que hay que descodificar.

Como todo concepto abstracto, el inconsciente nunca ha llegado a ser concreto y real. Vive en las tinieblas. Vive de sueños. No hay vida en el inconsciente, por llamarlo de algún modo, y por eso se le llama así: inconsciente, espacio que no puede ser conocido pero sí hasta cierto punto experimentado, sentido y visto. Sólo una larga tradición de la psicología se ha empeñado en crear una imagen abstracta sobre el desconocimiento de los misterios del ser. Lo ha llamado inconsciente, cuyo juego intelectual nos ha hecho creer que muchas cosas permanecen fuera del alcance de la conciencia humana. Por eso nos identificamos con los mitos, los cuentos, las novelas.

Por eso esta obra de Daphne no es ni freudiana ni junguiana. Trata de establecer una comparación tácita entre el poder de la imaginación y la visión. Dentro de la conciencia no hay nada, ni símbolo ni signo, ni forma ni color. Pero a través del color y la forma que se presentan ante la visión se puede ver al  inconsciente coloreado y formado.  Y esto es lo más significativo de la obra pictórica de Daphne Rosas: nos propone que el inconsciente debe caer.

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