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El insólito Enrique Labrador Ruiz

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El insólito Enrique Labrador Ruiz

De izquierda a derecha: Eugenio Florit, Lydia Cabrera y Enrique Labrador Ruiz

El insólito Enrique Labrador Ruiz
octubre 28
15:30 2015

 

Enrique Labrador Ruiz había llegado al exilio. Se dice fácil, pero Enrique tenía setenta y cinco años. El exilio es siempre una forma de volver a empezar. Es cavar, lentamente, bajo los pies, para ir hundiendo las raíces propias en el suelo extraño. A los setenta y cinco años ya uno es sólo raíces. Y uno está cansado. Y a uno le duelen los recuerdos como si fueran hijos muertos. Aquella palma. Aquella playa. Aquella mirada de amor, de odio, de cualquier cosa. El manotazo frío del “norte” habanero. El último abrazo de Lezama Lima, la mirada indigna y esquiva de Nicolás Guillén.  El “tú también te vas, Enrique” de un Pepe Tallet, lloroso y solitario. Pero Enrique y su mujer Cheché –medio siglo juntos y revueltos– se fueron. Se exilaron. La nostalgia es menos dolorosa que el asco.

Labrador tenía una obra más intensa que extensa: 12 libros publicados y media docena inéditos. Era, sin duda, uno de los más importantes escritores cubanos. Y probablemente el más cubano –en su literatura– de todos ellos. Por la literatura cubana contemporánea pasa una raya misteriosa que divide a los autores en vitales y cerebrales. Si pudiera probarlo –no puedo– me gustaría decir que unos son escritores y otros son literatos. Novás Calvo, Montenegro, Labrador Ruiz, serían los escritores vitales. Lezama, Carpentier o Sarduy serían los literatos cerebrales. Cabrera Infante se bambolea en medio de la cuerda. Esa raya pasa también por la prosa suelta: los escritores tienen un largo oficio de periodismo y en consecuencia una lengua ágil y transparente. Los literatos se encandilan con la estética barroca y escriben, fundamentalmente, en revistas de élite. Pero, insisto, soy incapaz de ahondar en esa observación: hay mil matices y excepciones que acabarán por embarullarlo todo.

Y bien: iba a entrevistar a Labrador. Y no podía hacerlo de un modo lineal. Labrador hablaba inconteniblemente. Contaba anécdotas, decía cosas ingeniosas, se abismaba en temas difíciles. Todo esto lo hacía a la vez, como un mago de la palabra. Yo lo he visto en una librería madrileña deslumbrar a una peña de indeslumbrables literósofos. He visto el raro espectáculo de un mano a mano entre Labrador y Gastón Baquero, otro hablista colosal, en medio de un restaurant madrileño, y he notado cómo se apagaban las voces en las mesas circundantes con el evidente propósito de oírlos. A los postres, increíblemente, hubo aplausos en el restaurant. Esto, en un país de “palabreros y memoriosos”, como decía Baroja, era insólito. Lo que ocurre es que el insólito era Labrador Ruiz. Por eso resultaba tan difícil entrevistarle.

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Una versión más amplia de este texto apareció en De la literatura considerada como una forma de urticaria (1980). Cortesía http://www.elblogdemontaner.com/

Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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2 comentarios

  1. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías noviembre 01, 22:15

    Muy bueno este artículo. En mi novela Marja y el ojo del Hacedor intenté hacerle un homenaje a Enrique Labrador Ruiz. Ojalá lo hubiera conocido personalmente. Hubiera sido para mí un hecho extraordinario haberle estrechado la mano. Gracias por estas hermosas palabras a Carlos Alberto Montaner.

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  2. pedro perez
    pedro perez noviembre 04, 00:08

    como siempre

    Reply to this comment

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