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El Maleconazo como operación encubierta

El Maleconazo como operación encubierta

El Maleconazo como operación encubierta
agosto 05
13:24 2017

 

En agosto de 1994, cuando se produjo el Maleconazo, no estaba yo donde generalmente solía estar. Nací y me crié en Centro Habana, muy cerca del mar, coincidentemente por donde pasó el huracán popular que enardeció hace 23 años las esperanzas de una nación dormida, básicamente entre el hotel Deauville y el Parque Maceo.

Aquel día, bien temprano, salí hacia El Vedado y a continuación, llevado por el impulso, seguí hasta Marianao, donde entonces vivía mi madre. Fue estando en su casa que descubrí lo que pasaba, con la comparecencia televisiva de Fidel Castro, luego de que fuerzas policiales, y paramilitares, disolvieran las protestas. El malecón había sido tomado por hileras de vehículos militares, policías y brigadistas armados de cabillas. De vuelta a los predios habituales, pude ver varios jeeps descender hacia el mar, Rampa abajo, con morteros y ametralladoras montadas en trípodes. Vi helicópteros patrullando la capital, cosa inaudita. Una advertencia para quienes ponen en duda que el castrismo recurrirá a las armas contra la ciudadanía si lo considera necesario, al más puro estilo sirio… o venezolano.

Podía respirar la tensión en el ambiente, densa como la harina, mientras caminaba hacia mi apartamento de Centro Habana, dejando atrás el llamado Coppelita, con el Parque Maceo en perspectiva. Si mal no recuerdo, la noche ya se había cerrado sobre La Habana. Curiosamente, como excepción a la regla, ningún militar o policía me pidió el carnet durante ese tramo de litoral. Tampoco era necesario: El “pueblo combatiente” acechaba armado hasta los dientes, como un extraño público primitivo a ambos lados de una pasarela, y yo entraba al epicentro de una revuelta ya sofocada en lugar de escapar de él. No tenía nada que esconder, ni siquiera un triste libro prohibido. Evidentemente, daba la impresión de ser un absoluto despistado de vuelta de su centro de trabajo o estudios (recuérdese que en aquella época los medios de comunicación estaban muy limitados, y por supuesto no existía el teléfono móvil).

Pero lo que da pie a estas líneas es la anécdota que me revelara un amigo llegado de la Isla el pasado año, quien sí presenció los acontecimientos in situ. Me comentaba que encontrándose en la calle Neptuno (centro de Centro Habana) pudo escuchar a segurosos (agentes de la Seguridad del Estado) vestidos de civil mientras, a través de walkie-talkies, daban y recibían instrucciones para asaltar y dañar algunos de los mercados (tiendas por departamentos) de la zona. Cosa que definitivamente hicieron. La estrategia gubernamental consistía en convertir, mediáticamente, una revuelta popular en un asalto de vándalos cuyo único objetivo habría sido “apropiarse de los bienes de la población”, forrarse a “costillas del pueblo”. Se trataba de una operación en ciernes dirigida a embadurnar las protestas con pintura de asalto delincuencial. A desprestigiar o disminuir moralmente a quienes se oponían al régimen.

Para desvirtuar y/o despolitizar el Maleconazo, el castrismo fue capaz, incluso, de ir contra sus propios intereses económicos inmediatos. Un modus operandi al que ha recurrido más de una vez, incluso en el exilio, aunque en diferentes circunstancias.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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