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El mandala personal

El mandala personal

El mandala personal
julio 01
04:59 2014

El Sendero de la Flecha, que es el de la iluminación súbita, corre desde la altura de los genitales hasta el entrecejo, lugar que ocupa el chakra ajna, el sexto y último chakra corporal, porque el séptimo está en el cielo. La Flor de Oro, que es la Luz, está en el cielo, pero el origen de la Flor de Oro está en el entrecejo, una zona del cuerpo a la cual los budistas y los taoístas le han dado diferentes nombres: “Terraza de la vitalidad”, “El centro en medio de las condiciones”, “Castillo Amarillo”, “Sala purpúrea de la ciudad de jade”, “Altar donde son producidos conciencia y vida”.

Es necesario detenerse en estas dos palabras: conciencia y vida. Como siempre la dualidad, los opuestos que finalmente deben acceder a un proceso alquímico para que surja la vida consciente. Ese es el proceso alquímico que se persigue con la meditación: unificar conciencia y vida, esencia y materia, cuerpo y mente.

Conquistar la Flor de Oro es estar a un paso de alcanzar el samadhi, la última etapa de la iluminación, el salto que permite el regreso al Ser, a lo que siempre fuimos ignorándolo. Pero el origen de la Flor de Oro no está solo en el entrecejo sino en todo el cuerpo. El entrecejo, la oreja, el ojo, cada zona corporal, es una réplica del cuerpo, como el cuerpo lo es del cosmos y el cosmos del cuerpo humano. Algo similar a la serpiente que se muerde la cola. De modo que la Luz está dentro y fuera, está en todos lados, sólo necesitamos verla. La meditación nos enseña a verla. También nos enseña a hacer circular (Wilhelm) o girar (Cleary) la Luz. Jung ha dicho que la Luz “circula según su propia ley”. Esa ley mencionada por Jung está explicada satisfactoriamente en los textos taoístas. “Todos los rayos de luz del cuerpo humano fluyen hacia arriba en la apertura del espacio”, se dice en las Simples preguntas del Emperador Amarillo, donde también se consigna que si no nos sentamos en silencio cada día, es decir, si no nos entregamos a la práctica meditativa, esta Luz “fluye y se arremolina, deteniéndose quién sabe dónde”.

Antes de llegar al samadhi necesitamos entregarnos a una ardua práctica meditativa. Debemos ejercitarnos en estados meditativos cada vez más profundos. Pero para hacerlo necesitamos posesionarnos de los llamados soportes de meditación. Nadie se eleva sin apoyarse. Podemos apoyarnos en la imagen de una divinidad. Los budistas tibetanos meditan, por ejemplo, en uno de los cinco Sanadores Supremos: Amoghasiddhi o Ratnasambhava. Comienzan visualizando el cojín en que el Sanador Supremo está sentado, después visualizan la ropa que lleva puesta, luego sus brazos y su rostro. La imagen se va formando poco a poco, a medida que la meditación lo va reclamando.

Así ocurre también cuando el soporte de la meditación es un mandala: todas las partes que lo integran –círculos, triángulos, cuadrados– se visualizan poco a poco hasta armar el rompecabezas.

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Mandala es un término sánscrito que significa círculo, o todavía mejor: círculo mágico, un término que se ha incorporado al léxico occidental gracias a  psicólogos y psiquiatras que, como Carl Jung, encontraron similitudes sorprendentes entre los diagramas sagrados del mundo oriental, conocidos como mandalas, y los dibujos que surgían de las profundidades de la psique de sus pacientes. Como fenómeno psicológico –dijo Jung– los mandalas “aparecen espontáneamente en los sueños, en ciertos estados de conflicto y en casos de esquizofrenia. Con frecuencia contienen cuaternarios o un múltiplo de cuatro, en forma de cruz, estrella, cuadrado, octágono, etcétera”. En otro momento Jung señaló que si las fantasías son dibujadas, surgen símbolos que pertenecen al tipo llamado mandala. Y ya se sabe que el símbolo, para Jung, echa sus raíces en el espacio existente entre los opuestos de un conflicto, y por consiguiente es propio del símbolo, en su aspecto irracional, contener en sí mismo las energías contradictorias. Resultado de un conflicto, el símbolo es al mismo tiempo expresión de una energía renovadora. Por eso, cuando contraemos una enfermedad grave, que es siempre una señal del destino para acceder a una nueva ordenación de la vida, no es infrecuente que en esos momentos aparezcan en los sueños mandalas curativos que emergen desde las profundidades del alma para demostrar una vez más la presencia vigilante del sistema reparador, que ya ha puesto en marcha, felizmente, los esfuerzos autosanadores del organismo.

La Flor de Oro es el mandala. Cuando alguien dibuja un mandala está realizando el diagrama de su mundo interior. Así como está organizado nuestro mandala personal, está organizada nuestra luz.

En el Tarot no son las cartas las que hablan y deciden: el que habla y decide es quien las consulta para complacer la curiosidad del que ocupa el otro lado de la mesa: en última instancia decide la intuición del consultor. En lo que respecta al mandala ocurre lo mismo: no es el triángulo ni el cuadrado ni el círculo el que habla y decide, sino la intuición del psicólogo. El ojo incógnito del psicólogo “ve” en el mandala lo que nadie más es capaz de ver: las turbulencias del mundo interior de su paciente. Y, por supuesto, lo ve con tanta claridad, como si estuviera reflejado en un espejo.

Para escapar a la opción de la realidad, que es lo que hacemos con lamentable frecuencia, decimos que el espejo refleja pero no conserva. Hemos visto tantas veces a nuestra imagen cuando desaparece en el  espejo apenas iniciamos un movimiento de retirada que llegamos a asumir como cierta la imposibilidad de que hayamos quedado atrapados en el fondo del espejo. Vana ilusión. El espejo es la eternidad, y sin ese espejo “delicado y secreto de lo que pasó por las almas –ha dicho Borges– la historia universal es tiempo perdido, y en ella nuestra historia personal”. En cada espejo al que nos hemos asomado ha quedado escrita una parte nada insignificante de nuestra historia personal. Por eso hay quien, sin saber por qué, evade mirarse al espejo. Hay quien maquinalmente tiene el temor de ser observado/escrutado por el espejo. Hay quien se mira al espejo con lástima. Hay quien se mira al espejo y se burla de sí mismo. Hay quien evita desnudarse ante un espejo. Hay quien esquiva contemplar su rostro en el espejo para no ver reflejados en esa superficie el paso del tiempo y las inevitables ceremonias de la vejez.

Para el psicólogo budista existen dos clases de conciencia: la conciencia personal (mana) y la conciencia cósmica (amala). En la conciencia personal existe un subconsciente, tal como lo describió Freud, y un inconsciente (alaya). Precisamente es este inconsciente nuestro el que traba contacto, durante la práctica meditativa, con el inconsciente cósmico (amala). Cuando alaya se transforma en amala el hombre se ha autorrealizado: ha logrado su armonía con la conciencia cósmica. En ese momento se percata, como ha dicho Taisen Deshimaru, que él no es el reflejo de su persona en el espejo y, sin embargo, ese reflejo es él: es él en armonía con el cosmos, es él reflejado en el cosmos, estableciendo una indisoluble interacción entre su inconsciente personal y el inconsciente cósmico, entre el cosmos y su persona. Al interactuar fluidamente con el cosmos la persona se ilumina.

El espejo es el inconsciente. Es el mandala. Nuestro espejo, ese que aguarda por nuestra imagen en nuestra habitación, es nuestro mandala personal. Pero hay también un mandala universal, como hay un inconsciente universal. Todo es arriba como es abajo. Y en ese espejo que está en los cielos se reedita nuestra imagen, una imagen que deambula entre incontables imágenes, en medio de todas las imágenes posibles de todos los hombres que han transitado por la Tierra. Y allí, en ese espejo, en ese mandala universal, en ese inconsciente universal que es también el nuestro, se verifica el último escrutinio, el juicio final mencionado en todos los textos sagrados, porque Alguien quiere saber  si persistimos en sucumbir a la materia o en retornar a la Luz. Porque tal vez Varuna, el guardián del Orden Cósmico, el encargado de que el Dharma no sea violado,  quiere saber si al cabo de todas las experiencias nos decidimos por el ejercicio del poder o por la práctica del amor.

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http://www.amazon.com/Del-sexo-amor

Sobre el autor

José Lorenzo Fuentes

José Lorenzo Fuentes

José Lorenzo Fuentes (Santa Clara, 1928) es escritor y periodista. En 1969 fue expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por “traición a la patria”, y condenado a tres años de trabajo forzado en las cárceles de la provincia de Pinar del Río, en el occidente de Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “El sol, ese enemigo”, “Después de la gaviota”, “El hombre verde”, “Brígida pudo soñar” y “Meditación”. Tiene una Maestría en Hipnología Multidimensional y Biolística Curativa, y se graduó de Medicina Tibetana y Autocuración Tántrica en Sri Lanka. Recientemente, la editorial Alexandria Library publicó sus cuentos completos, disponibles en Amazon. Reside en Miami.

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2 comentarios

  1. Odaliska
    Odaliska julio 07, 09:24

    Bellísimo articulo , soy amante del poder del ser, de que existe un poder universal y que ese poder esta dentro de nosotros, y solo nosotros podemos sacarlo afuera , aunque confieso a veces se me olvida y dejo que pensamientos oscuros y negativos llenen mis minutos , por suerte recurro a la naturaleza para purificar de nuevo mi ser

  2. Leilan Martinez
    Leilan Martinez julio 08, 11:08

    el maestro demostrando que un verdadero escritor cabe en todos los registros, que ademas de esteta es grande por humilde y por inocente….

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