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El martes de Sísifo

El martes de Sísifo

El martes de Sísifo
marzo 10
22:31 2014

Como todo habitante de la gran ciudad tengo que adaptar mi empleo del tiempo a los caprichos de la administración pública y también de las empresas de servicios públicos. No he podido escapar a ninguno y he terminado por comprender por qué mis compatriotas lo dejan todo para el último momento. No es nada agradable ir a sacar la cédula de identidad, la licencia de manejar o pagar los impuestos. Todos estos trámites que en otros países más desarrollados están optimizados para reducir la pérdida de tiempo y el consecuente gasto para la nación en horas de trabajo perdidas, en nuestro país pareciera que adrede se han diseñado para ser complicados y tortuosos.  A cualquiera de nosotros nos ha parecido en algún momento que eran misiones imposibles. Muchas veces falta el material para hacer la cédula, el papel sellado o las estampillas fiscales. En los demás casos, cuando sí está disponible todo el material, son los empleados públicos los que están ausentes. Siempre existe alguna razón de peso : la niñita que se enfermó, el carro que no funcionó, el autobús que pasó tarde, el aguacero o la víspera de un feriado que justifica el no trabajar. Otras veces, después de la espera de tantos meses, resulta que la foto salió mal y es necesario repetir el proceso.

Como lo decía Albert Camus, “hay que imaginar a Sísifo feliz”. Nosotros no podemos permitirnos este lujo porque siempre existe algún documento que caduca. Salimos de un trámite para entrar en otro y la pesada piedra que como Sísifo empujamos hacia lo alto de la colina otra vez se va rodando hacia abajo. Es posible, tal como lo conjeturan algunos, que nosotros los ciudadanos existamos sólo para justificar la existencia de los funcionarios públicos. Esto apuntaría entonces a afirmar que los funcionarios públicos están emparentados con los dioses, lo que a su vez justificaría las ofrendas que algunos, ansiosos de alcanzar el éxito en algún trámite, les hacen bajo la forma de jugos de naranja, cachitos de jamón o billetes verdes. El orden natural de las cosas está invertido. El ciudadano está supeditado a los funcionarios públicos. Los empleados de las compañías de servicios no se quedan atrás.

Hoy es martes y fui a pagar el teléfono. Debo pagar el monto total indicado en la factura, aunque el servicio no funcione de manera continua y predecible y estén incluidas llamadas de larga distancia que no hice. Es un secreto a gritos que los técnicos de la compañía que deambulan por las calles de nuestra ciudad fingen estar arreglando las líneas, mientras llaman a sus novias o venden llamadas internacionales que serán cargadas a las cuentas de subscritores incautos. En muchas oportunidades, resulta más fácil hablar del teléfono que hablar por teléfono. Pareciera que todos los días, a las tres de la tarde, accionando un interruptor gigantesco, algún operario de la compañía de teléfonos desconecta a la urbanización Los Palos Grandes donde vivo y conecta a otra en su lugar. Simplemente, no hay tono. Reaparece generalmente dos horas más tarde.

La cola es larga. El empleado encargado de la cobranza tiene cara de pocos amigos. Finalmente llega mi turno. Lo saludo cordialmente, pensando que así me tratará mejor. Sin embargo ni siquiera me regresa el saludo. Le entrego mi recibo y un cheque. Toma ambos; los examina como si fuese la primera vez que ve este tipo de artículos. Le da vuelta y vuelta al cheque y finalmente me dice: “no puede pagar hoy”.  No sé qué decir. Finalmente pregunto por qué. A lo cual me contesta: “porque hoy es martes”. No alcanzo a comprender el razonamiento profundo que se esconde detrás de esta simple explicación.  Vuelvo a preguntar por qué no puedo pagar mi cuenta hoy, y él me contesta de nuevo con su críptica respuesta “porque hoy es martes”. No quiere salir de este círculo vicioso. “Y mañana es miércoles, ¿y? ” le digo yo, para ver si esta observación suscita alguna clave que me permita entender. Vuelve a la carga con su “hoy es martes” y pienso que la causa está perdida, que tendré que volver otro día a perder mi tiempo en una cola. De repente voltea mi cheque, mira la fecha y cae en cuenta de su error. Mi cheque tiene la fecha de hoy, no la de mañana como él lo había creído. Sella el cheque y me entrega mi comprobante de pago sin ninguna explicación ni disculpa.

Detrás de mí, un argentino solidario dice “¡es que te las revientan!”, tras lo cual el empleado se siente ofendido e interpela al argentino que, para curarse en salud, le dice que no ha pasado nada. Hoy es martes y no ha pasado nada inusual en esta gran urbe donde miles de ciudadanos han hecho su ofrenda de horas perdidas al dios de la burocracia. Mañana, miércoles, serán otros los que se inmolarán en las salas de espera y todos juntos de manera individual habremos perpetuado el mito de Sísifo.

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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2 comentarios

  1. Kiko
    Kiko marzo 15, 11:44

    Excelente, José Luis, como siempre.

  2. Vulgarcito
    Vulgarcito marzo 15, 13:20

    un martes venezolano!

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