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El mercado y los intelectuales

El mercado y los intelectuales
agosto 25
23:29 2015

 

Jim Henson, el maestro creador de los legendarios Muppets, presentó hace muchos años en el programa de Ed Sullivan, una serie de pequeños sketches de marionetas a los que tituló, sarcásticamente, Business Business.

Revisé muchos de ellos en la Internet y también tuve acceso a la crítica hecha por la lúcida María Popova en Brain Pickings, quien se basa sobre todo en el libro de Elizabeth Hyde Stevens, Make Art Make Money: Lessons from Jim Henson on fuelling your creative career, para dar ciertas luces sobre la vida artística de Henson y su relación con el mundo empresarial.

Henson, por mediación de entretenidísimos diálogos y energéticos personajes, nos dice claramente que idealismo y mercado, inspiración y negocios, son incompatibles. Y establece que el dinero es el principal enemigo del arte. Para Henson, como para una mayoría de artistas e intelectuales, la creación de ideas es cualitativamente superior a la creación de bienes, lo cual revela la naturaleza auto elitista, discriminadora, de muchísimos “hacedores de palabras”, como definiera Robert Nozik a quienes intentan usar el intelecto como medio de subsistencia.

Y la Popova hace aquí un estupendo señalamiento. Ella dice que la posición de Henson es reduccionista por sí misma, pues el afamado titiritero no fue en vida tan sólo un admirable creador artístico, sino también un gran empresario y negociante, un “bisnero” del medio que triunfo y logró hacer de sus personajes, íconos del siglo XX como bien sabemos. Henson contradecía, por experiencia propia, sus sospechas y prejuicios con respecto al capital, y por ende, a las sociedades de mercado.

La realidad es que el arte y los negocios son, de por sí, complementarios y no contradictorios. Si no echemos atrás el tiempo y veamos los clarísimos ejemplos de auto gestión de un Leonardo Da Vinci o de un Migue Angel Buonarroti durante el Renacimiento… o al mismo Henson, por supuesto, ya en pleno siglo XX.

“Business Business” no es más, por lo tanto, que un reflejo de esa percepción errada que manifiestan muchísimos intelectuales. Percepción que establece que las motivaciones de la actividad intelectual contrastan con las motivaciones del mercado.

Robert Nozik decía que esta anómala disposición acerca de las motivaciones no era más que un “contraste exagerado”, porque terminaba obviando, excluyendo, a las recompensas extrínsecas tan propias al intelectual y tan perseguidas y buscadas por el intelectual, el artista, el creador. Hablaba de la vanidad, el dinero, la fama…

Tras esta evidente exclusión, se puede sacar por conclusión que el mundo intelectual, por regla general, odia al capitalismo. Los ejemplos son elocuentes y numerosos. Las causas que se han enarbolado para intentar explicar el motivo (o los motivos) de tal aversión son numerosísimas, pero todas apuntan a la inadaptación que siente el hacedor de palabras al mundo pragmático y real del mercado, del capital.

Los neoconservadores, por ejemplo, dicen que los intelectuales perciben que sus influencias estarán, en una sociedad capitalista, supeditadas al mercado, al pragmatismo de los trueques y las ventas. Y de igual manera creen que en sistemas colectivistas contarían con más poder y que alimentarían las canteras de burócratas, dirigentes y cuadros partidistas. Refrendarían, según Nozik, aquella afirmación de Platón de que la republica ideal sería la gobernada por filósofos.

F. A. Hayek, por su parte, argumenta que los socialismos priorizan a la ideología por encima de cualquier otra cosa, lo que resulta cómodo para los intelectuales porque los convierte en imprescindibles, asignándoles una posición de privilegio en los estamentos del poder, cosa que evidentemente no ocurre en las sociedades donde rige el capital porque el mercado, por su propia naturaleza, es neutral respecto al mérito intelectual. Y esto, evidentemente, genera resentimiento entre los hacedores de palabras, tal y como lo dijera Ludwig Von Mises.

Nozik así también lo piensa. El cree, de hecho, que la causa cardinal del odio es el resentimiento. Dice que parte de ello se debe a que el capitalismo hace caer al intelectual en motivaciones y emociones de escaso gusto como ganar dinero, competir, triunfar y crear fama. Si otro al que consideran inferior en intelecto triunfa, esto se debe a una imperfección del sistema. Al mismo tiempo Nozik se pregunta el por qué tienen los intelectuales que estar resentidos por tener que satisfacer las demandas del mercado si lo que quieren son los frutos del éxito del mercado.

Sobre el autor

Rafael Piñeiro López

Rafael Piñeiro López

Rafael Piñeiro López, escritor y poeta, es Doctor en Medicina por el Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana (1994) y Médico Cirujano por la Universidad de Chile (1998). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Además, es Diplomado en Gestión Pública y Medios de Comunicación (Universidad de Chile), Diplomado en Moral y Espiritualidad (Universidad Católica de Chile), Diplomado en Políticas: Desarrollo y Pobreza (Universidad Católica de Chile) y Diplomado en Responsabilidad Social. (Universidad Católica de Chile). Reside en Miami.

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