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El mundo perfecto: La redistribución poblacional

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El mundo perfecto: La redistribución poblacional

El mundo perfecto: La redistribución poblacional
marzo 30
02:20 2016

 

Uno de los principales problemas de las sociedades modernas, de la convivencia social y entre naciones, de la política en general, consiste en haber institucionalizado la superstición de que todos somos iguales. No aludo por supuesto a la idea de la igualdad de derechos a partir de la línea de arrancada, que inspirara el proyecto sociopolítico estadounidense. Me refiero a la idea absurda de que todos los seres humanos merecen igualdad material, o igualdad de reconocimiento, puesto que esencialmente son iguales en capacidad e intereses.

Nada más erróneo. Ningún hombre es igual a otro en lo que a actitudes, intereses y capacidades se refiere, por tanto ningún hombre merece ganar exactamente el mismo salario que otro, ni merece ser tan rico, o tan pobre, como otro, ni merece ser tan infeliz, o feliz, como otro. Un mundo ideal, entonces, sería aquel en el que, comprendida a cabalidad esta circunstancia innegable, los gobiernos se dieran a la tarea de redistribuir sus respectivas poblaciones previo acuerdo, poblando cada país en arreglo a las características socioculturales de los grupos asignados. Grupos que por supuesto, en coincidencia con sus convicciones, estarían muy felices con dicha redistribución poblacional.

Un país como Estados Unidos solo podría ser poblado con gente afín  a su proyecto sociocultural, cuyas coordenadas son fácilmente reconocibles (responsabilidad individual, separación de poderes, igualdad ante la ley, etcétera). O un país como Cuba sólo podría ser habitado por personas enamoradas de, o al menos en concordancia con, el sistema dominante (irresponsabilidad colectiva, unificación de poderes, igualdad en el discurso, etcétera). Así la convivencia geopolítica estaría garantizada, la libertad individual sería casi plena y las relaciones internacionales alcanzarían un punto cercano al éxtasis diplomático. Paz a toda hora. Por ejemplo, los países democráticos no tendrían nada que reprochar a los totalitarios, pues todos los adultos residentes en estos últimos asumirían de buen grado, con tal de garantizar su existencialismo parasitario, vivir bajo la égida de un partido único o de un dictador de opereta.

Lástima que en la prehistoria (tercer milenio, siglo XXI) aún no estemos en capacidad de dar ese gigantesco salto redistributivo. Porque en este mundo lo que hay que redistribuir no es la riqueza, sino a las personas.

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Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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