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El mundo sobrenatural que nos tutela

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El mundo sobrenatural que nos tutela

El mundo sobrenatural que nos tutela
septiembre 17
10:56 2015

 

La esencia de todo lo existente en el Universo es la energía divina –su fuente primigenia natural–, que dota de alma a los seres vivos, que sin ella no serían más que máquinas perfectas de sangre, carne, piel y huesos.
Esta energía divina tiene dos dimensiones naturales: la terrenal y la sobrenatural, conectadas entre sí por un ciclo cerrado de vida y muerte regido por esta última.

Cuando alguien muere, su espíritu cambia de dimensión y se incorpora al Banco de Energía del Universo, gobernado por Dios –el Todo–, con sus variantes multiculturales: Alá, Krsna, Olofi, Amón-Ra, etc.

Los que fallecen después de una vida plena, en la que pudieron aportar algo valioso a la Humanidad, después de haber evolucionado por varios ciclos de vida-muerte en busca de su perfeccionamiento, permanecen en el éter con una especie de frecuencia radial propia, a disposición de quienes en el mundo terrenal necesiten de su ayuda y se pongan en esa misma frecuencia, investigando o interpretando su vida, por lo que es común que los bailarines y los actores “sientan” que los personajes muertos que interpretan se comunican con ellos –o con sus archivos o registros akáhsicos, si es que ya han reencarnado–. Los registros akáshicos (de akasha, en sánscrito: cielo, espacio, éter), son una especie de memoria de todo lo que ha acontecido desde el inicio de los tiempos, que estaría registrada en el éter –ese fluido impalpable, inmaterial, sutil e intangible, que los antiguos hindúes suponían que penetraba todo el universo, y que era el vehículo del sonido y la vida–, hoy rebautizado como “ciberespacio”. El adjetivo akáshico es un neologismo acuñado por la teósofa británica Annie Besant (1847-1933), aunque hay quienes se lo atribuyen a Helena Blavatsky. Según la Besant, quienes pueden acceder a estos registros son aquellas personas con dones espirituales –como los chamanes u otro tipo de médiums–, y el modo de ingreso a dichos registros sería por medio del sueño lúcido, la proyección astral u otras formas de “experiencias fuera del cuerpo”. Este concepto es de uso mayoritario en las diferentes doctrinas que componen “la Nueva Era”. Sus partidarios creen que estos registros akáshicos han existido desde el principio de la creación del universo, creados por Dios para algún propósito específico, desconocido para el hombre, cual una “base de datos” de los mundos vegetal, animal, mineral y humano; así como de la historia, los fenómenos paranormales, el conocimiento trascendental de las cosas y la vida cotidiana.

Aquellos que al morir dejan cosas importantes inconclusas, o que su desarrollo espiritual aún es insuficiente, vuelven a reencarnar después de limpiar su memoria superficial en el Banco de Energía del Supremo, para continuar su ciclo-espiral de crecimiento humano, que cesa cuando se vuelven santos, a imagen y semejanza de Dios, siendo los intercesores de la Humanidad ante él, como San Lázaro, San Judas Tadeo, y tantos y tantos otros que existen así en esa dimensión, al haber renunciado al éxtasis de la absorción por el Todo con el fin de ayudar a la Humanidad en su viaje hacia arriba, a lo largo de los sucesivos ciclos de vida-muerte mencionados.

Su intervención y asistencia en los asuntos terrenales ha conducido a muchas leyendas, creencias, religiones y tradiciones de la Raza, pasadas y presentes, ya que se toman el más grande interés en los asuntos del Universo y juegan una parte importante en sus asuntos.

Quienes perecen jóvenes, por enfermedad o muerte violenta, sea esta por su propia mano, asesinados o en accidentes, sufren una ruptura en su ciclo, y su ascensión al Banco de Energía del Universo se dificulta, quedándose pegados al plano tierra y a sus familiares cercanos, que deben darles misas en la Iglesia para que se eleven y acepten su muerte y la separación de sus seres queridos, sin tratar de molestarlos ni de “llevárselos”, cosa que a veces intentan.

Cuando los familiares ignoran todo esto, dichas almas truncadas se aparecen en cuanta sesión de la Ouija se celebra en la Tierra, y perturban a los que los convocan de este modo, hasta que los familiares y amigos recurren a las mencionadas misas.

Otros, más atrasados aún, son utilizados por hechiceros alejados de Dios para hacerle daño a sus semejantes por encargo de sus enemigos inescrupulosos, pero esto Dios lo desaprueba y generalmente se vira contra el que lo usa.

Los hay que “vienen” a las sesiones espiritistas a manifestarse ante sus familiares y amigos para alertarlos de algo malo que pudiera pasarles, porque sea su destino o por daños de terceros, pues en el mundo sobrenatural es totalmente factible conocer el futuro (de ahí la fuente del conocimiento de adivinos y pitonisas).

Solo la comunión con Dios, a través de las mencionadas misas, puede lograr que estas almas se eleven al fin y se incorporen de nuevo a su ciclo-espiral de desarrollo, aunque algunas, que no logran esa suerte, se quedan pegadas a la Tierra para ayudar a los médiums a predecir el futuro, y a leer el pasado y el presente de los que los consultan a través de caracoles, runas, cocos o cartas, sean las tradicionales o las del Tarot.

La Ley de la Naturaleza determina entonces que después de abandonar definitivamente su cuerpo temporal, cada alma tendrá que aceptar otro cuerpo conforme a su karma, decisión que depende del juicio de la agencia superior de Dios (de Krsna, de Olofi, de Alá, como se le quiera llamar), y tras este juicio recibirá ya ese otro cuerpo.

Antes que nada debemos aceptar que Dios es el propietario de todo, y el Todo. Nosotros ahora somos solamente sus invitados en el mundo terrenal durante 50, 100 o 200 años; el cuerpo es el vehículo, el tren del alma. Si alguien comprende y acepta esto, alcanzará la paz, al conectar su inteligencia circunscrita con la inteligencia no circunscrita del Todo.

Sobre el autor

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín (Matanzas, 1955). Ingeniero estructural, en 1987 fundó en La Habana el grupo “Arar” (Arte y Arquitectura). Tiene publicados “Amaos los unos a los otros” (Betania), “Esperando el velorio” (Alexandria Library), “Calentando el bate” (ZV Lunáticas), “Una vida, un tren”, (Alexandria Library) y “Visión 21/21”, (Linden Lane Press), entre otros libros. En 2008 creó la Fundación Apogeo para el arte público, y en 2013 la revista cultural Caritate, tras casi cuatro años como columnista y jefe de redacción de la revista Venue. Es corresponsal en Miami de la revista Newsweek en español.

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