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El nepotismo y las auras tiñosas

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El nepotismo y las auras tiñosas

Antonio Castro en medio del lujo

El nepotismo y las auras tiñosas
octubre 01
21:44 2016

 

Tal vez sea posible entender por qué la gente en Corea del Norte asume al tirano como a un dios y ve como algo congruente que éste convierta a su hijo en general con sólo levantar un dedo. Lo que le ronca el mango, por insólito y desconcertante, es que en una isla caribeña, retozona y revirada por naturaleza, ocurra lo mismo. Y que haya estado ocurriendo a lo largo de casi 60 años.

Dentro de ese estatus de modorra generalizada que algún día tendrán que estudiar los psiquiatras, creció silvestre en Cuba el nepotismo, una de las manifestaciones de corrupción más extendidas entre nuestros caciques, y probablemente la que con mayor indulgencia es tolerada por parte de la población.

De la misma incomprensible manera en que el cubano de a pie acató ayer como normal (y legal) que los jefes de la revolución se apropiasen gratuitamente de las residencias de los millonarios que habían obligado a huir del país, y que luego se gastaran niveles de vida absolutamente inaccesibles para las mayorías, hoy acata que ellos y sus parientes vivan como millonarios en medio de una crisis económica sin precedentes, engendrada por ellos mismos.

Es como si obedeciéramos un decálogo de la Providencia: ellos ahornaron el pastel, así que tienen licencia divina para comérselo solos, por los siglos de los siglos.

Y es en este contexto donde muestra su fea jeta el nepotismo, que aun cuando no haya sido suficientemente desmenuzado por la prensa y por los informes de la oposición, constituye una prueba de corrupción oficial escandalosa donde las haya.

A los perfeccionadores del socialismo que están jugando a ser rebeldes light al proclamar desde allí que la corrupción actúa como contrarrevolución dentro de la revolución, les convendría curarse en salud tratando de hallar razones convincentes para explicar por qué no ven como una práctica corrupta tan vieja como la revolución misma el hecho de que los hijos de papá sean favorecidos por el nepotismo, todos, tal vez con la excepción de aquellos que son vagos ricos, o incluso marginales, que también los hay, sólo que de una clase sui generis, pues viven en chalets y ruedan los más modernos automóviles europeos.

Por increíble que parezca, el nepotismo, al igual que otros tantos delitos relativos al abuso de poder, ha llegado a convertirse en elemento del paisaje cubano. Es como esas auras tiñosas que sobrevuelan a diario la raspadura del Comité Central: están siempre ahí, pero la gente ni siquiera levanta la vista para mirarlas, pues las suponen merodeadoras de una altura que no está a su alcance.

Antonio Castro empeñado en la construcción del socialismo... en Europa.

Antonio Castro empeñado en la construcción del socialismo… en Europa.

Por otro lado, la razón por la cual a nuestra gente no le escandaliza el nepotismo practicado desde siempre y a nivel general por los caciques, también puede radicar en el detalle de que este vicio es apenas una raya más para el tigre rugidor que representa el conjunto de los privilegios que ellos ostentan. Verdaderamente nadie tendría por qué esperar que los hijos y esposas y sobrinos y yernos del cacicazgo no sean favorecidos con los mejores empleos y con los cargos más jugosos, si por predestinación hegemónica crecieron dentro de una burbuja que orbita a varios años luz por encima de la vida corriente. Si habitan en barrios exclusivos, al margen del apagón y de la escasez de agua y del camello y del pan agrio de la libreta. Si son los únicos que pueden escoger libremente la carrera que desean estudiar y en las mejores universidades del mundo. Si disponen de una atención médica que ni en sueños ha conocido la gente del pueblo. Y si poseen hasta una capilla especial para ser velados cuando mueren. Entonces, ¿qué tiene de raro que sean empleados mediante nepotismo? Tal vez no lleguen a constituir una clase jay porque les falta clase, pero por lo menos conforman una minoría de élite que no sólo vive por encima y de espaldas a la realidad que les rodea, sino que se ha trancado bajo siete llaves, compartiendo sólo con ellos mismos los glamorosos cotos, casándose unos con los otros para prolongar el linaje, y siempre ensimismados en actitud de secta: la secta de los que cortan el bacalao, a la cual, naturalmente, no pueden acceder los comunes mortales, salvo excepciones como las de algunos deportistas de alto rendimiento e intelectuales o artistas destacados que ellos suelen adoptar como mascotas.

Si así fueron siempre y así continúan siendo, ¿por qué tendríamos que otorgarle una connotación especial al modo nepotista en que se reparten hoy las jerarquías? ¿Para qué alarmarnos por ese delito menor si los vemos incurrir a diario en tantos otros que por su magnitud y su escandalosa impunidad trascienden el fenómeno del nepotismo? Por ejemplo, está el hecho (comprobable a ojos vista) de que ni aun los salarios de sus altos puestos alcanzan para costear los niveles de abundancia y de lujo en que viven. Pero nadie sabe quién paga por ellos. O sí lo saben, puesto que la propia gente es la paganini, pero no le conviene reconocer que lo es. En boca cerrada no entran moscas.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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