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El perro de las dos gandingas

El perro de las dos gandingas

El perro de las dos gandingas
julio 17
16:21 2017

Es difícil ser indiferente ante el recuerdo de las posadas. Lo es al menos para todo habanero que tuviese más de 16 años en alguna de las últimas décadas del siglo XX.

Si vuelven la vista atrás, dudo que haya uno solo que no se vea pidiendo el último en alguna de aquellas oscuras salitas de espera en las que nadie se miraba a la cara, o en las desparramadas colas entre arecas y otros matojos, donde los hombres trataban en vano de ocultar a sus parejas mientras les llegaba el turno. Total, sabíamos que dentro de la precaria habitación íbamos a estar aún más expuestos a las miradas indiscretas, pero fingíamos no saberlo para no asustar a las damas, conscientes quizá de que ellas también fingían ignorar que iban a ser blanco de algún seguro mirahuecos, pero no podían remediarlo.

¿Cuántos amores fugaces o perdurables no se incubaron en esos recintos de mala muerte? ¿Cuántos matrimonios más y menos pródigos no se cultivaron? ¿Alguien tiene idea de cuántos cientos de miles de habaneros fueron engendrados entre las malolientes humedades de las posadas? Y debe ser descomunal la cifra de embarazos no deseados por más que fueran fruto de los más resueltos deseos. ¿Sería posible calcular el número de jóvenes habaneros, hembras y varones, que tuvieron su primera experiencia sexual en una posada?

La Campiña, Venus, 11 y 24, Rayo, Amistad, La Monumental, o el nutrido grupo de las de Playa de Marianao, junto a una larguísima lista a la que cada cual podrá agregar la suya, pero que a todos nos provoca quizá semejantes chispitas en la memoria. A fin de cuenta, sin que importe el nombre y la ubicación, todas, o la inmensa mayoría, pueden ser recordadas como una sola, entre percudidas penumbras, con idénticas paredes descascaradas y llenas de letreros con las más ordinarias ocurrencias (a veces eran muy graciosos sin dejar de ser groseros), repletas de rendijas más y menos ocultas para regocijo de los rescabuchadores. Las sábanas con sospechosos lamparones, las botellas de agua para suplir la que faltaba en los grifos, el perenne olor a leche náufraga… En fin, “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido”, confiesa Serrat en una de sus canciones. Y justo de eso trata. Nunca pudimos tener algo mejor. Así que hoy no nos queda sino recordarlas entre lo mejor que tuvimos.

Asimismo afirma Serrat en su canción que nada es más amado que aquello que perdimos. Igual se ajusta. Pues, aunque no fuera exactamente por su valor intrínseco, jamás valoramos tan alto a las posadas, y no las extrañamos tanto, como en aquellos días en que el régimen decidió darles el tiro de gracia, clausurándolas todas de un tirón. Acostumbrado a responder con remedios timadores ante cada demanda de soluciones, nuestros salvadores de la patria (inquilinos a pupilo de Miramar y Kohly) desactivaron las posadas para apilar en ellas a unos pocos menesterosos sin techo, solo una mínima parte de los cientos de miles que durante años y decenios habían estado pernoctando (y aún hoy pernoctan) en unos barracones de esclavos a los que llaman albergues.

Fue la clásica operación de desvestir a un santo para vestir al otro, lo cual, tratándose de la dictadura fidelista, significa siempre dejar a los dos santos sin ropa.

Es una historia que tuvo lugar hace un cuarto de siglo, poco más, poco menos. Y claro que todavía los menesterosos albergados subsisten en las antiguas posadas, hacinados a la diabla, porque fueron multiplicándose como los panes, y en condiciones de extrema debacle, ya que, aunque parezca inaudito, aquellos inmuebles han continuado indefectiblemente su descenso hacia la ruina.

Y ahora ocurre que el régimen está anunciando que planea reabrir las antiguas posadas.

Sería para destriparse de la risa si el anuncio no tuviese un fondo tan patético. Aunque no hay por qué dudar que algún ingenuo elogie la pretendida rectificación del viejo error, pasando por alto que su único propósito es matar la iniciativa de unos pocos cuentapropistas que habían resuelto suplir la falta de posadas mediante el alquiler de habitaciones por horas, destinado al público nacional.

Es como en esa fábula en la que un perro se roba una gandinga en el matadero. La lleva en su boca. Pero al pasar el río, ve otra gandinga reflejada en el agua. Entonces suelta la que lleva para coger la otra. Y así se queda sin gandinga.

La diferencia en este caso es que el perro se quedó sin comer por la avaricia de comer doble, mientras que al régimen, que es más avaricioso que el perro, pero además mezquino, no le afectan directamente sus torpezas. Les afectan a otros.

¿No sería lógico, y mucho más humano que en vez de abrir nuevas posadas, empleara los recursos en remendar aquellas viejas que indolentemente convirtió en cuarterías? Aun cuando no hiciera un buen negocio, por lo menos aliviaría la penosa situación de los cientos de miles de menesterosos que allí se apilan?

En cuanto a la afectación de los cuentapropistas que se dedican a rentar habitaciones por hora, tal vez resulte menor, pues ya se ha visto (con los taxis, las cafeterías, etc…), que el régimen es absolutamente incapaz de ganarles en la competencia. Si no logra que funcionen bien los hoteles cinco estrellas, es fácil suponer cómo funcionarían sus flamantes posadas. Pero mientras el palo va y viene, se da el gusto de asustar a los posaderos por cuenta propia, acosándolos con leyes, exigencias e inspecciones, para ver si los vence a golpe de cañona.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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