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El placer de leer en la cama

El placer de leer en la cama

El placer de leer en la cama
agosto 19
20:20 2017

Desde hace unos seis millones de años, más o menos, los humanos o sus ascendientes vivimos en vertical. Es difícil que emprendamos cualquier tarea sin haber caminado hacia ella erguidos sobre dos piernas. Esto, sin embargo, no impide que continuemos prefiriendo la horizontalidad a la hora de realizar ciertas cosas que alinean entre las más caras y especialmente placenteras para cualquier persona: dormir o hacer el amor, por ejemplo, aunque no son las únicas.

Leer es también un placer primordial. No tanto quizá como dormir o hacer el amor, puesto que se trata de un placer que –paradójicamente– ha ido cediendo terreno con el avance de la civilización moderna. Pero ¿acaso el placer del sexo y el del sueño no parecen haber sufrido igual merma con la modernidad? Al menos si nos referimos a un tipo de sueño pleno, sin somníferos, y a un pleno disfrute erótico, al margen del soez “Palón divino” que propone el reguetón.

La lectura se cuenta (¿seguirá contándose?) entre esos placeres que alcanzan la plenitud cuando son realizados en forma horizontal. Con excepciones, claro. Como mismo hay quienes prefieren hacer el amor con la ropa puesta; o en la playa, delante de los ojos de otros bañistas que miran sin poder ver; o abriéndole un hueco al blúmer; los hay que gustan leer sentados en el inodoro. “Voy al baño a leer”, fueron las últimas palabras pronunciadas por Elvis Presley antes de que lo encontrasen muerto, sentado en la taza y con el libro abierto. El lector convirtiéndose en libro, habría resumido el poeta Wallace Stevens.

En cualquier caso, entre el acto de leer acostado cómodamente en una cama o un sofá, y el de leer en el inodoro, en el bus, en el Metro, en la cola… suele mediar una diferencia básica, la que existe entre aquel que lee por el mero placer de leer y el de quien lo hace para aprovechar el tiempo, de igual modo en que haría el amor en plan maroma dentro de un automóvil o parado en una escalera.

El célebre Marcel Proust es un patrón rotundo para los que asumimos leer en la cama como uno de los grandes placeres de la vida, ya que además de leer, escribía acostado. Voltaire otro tanto. Truman Capote no sólo nos dejó su ejemplo, sino constancia gráfica: “Soy un escritor completamente horizontal”, habría escrito para la inmortalidad. Juan Carlos Onetti pasó tantos años leyendo y escribiendo en postura horizontal que, según ha contado, cuando se ponía en pie, su perro le ladraba mientras le mordía la pata del pijama para halarlo de vuelta a la cama. Al placer de leer acostado, Mark Twain añadía (además de los demás) fumar en pipa. George Orwell, otro amante de la horizontalidad, redondeó en la cama “1984”, novela tan recordada como poco leída.

En fin, que junto al buen provecho y a la enriquecedora tradición de toda la vida, hoy, como ayer, abundan los motivos para que se conserve intacto el placer de leer, en general, y el de leer en la cama muy particularmente. Yo diría que además de un placer, constituye incluso un remedio para la buena salud mental.

Ahora mismo, con las pantallas desbordadas de terrorismo islámico, zafiedades racistas o supramacistas, y madurismos o castrismos que en vez de perecer se multiplican cuando son troceados, como las lombrices… A ver si en lugar de sintonizar los telediarios, no nos resultaría mucho más beneficioso irnos a la cama y matar los tres pájaros con un solo tiro: leer, hacer el amor y dormir, sin temor a que el orden cuantitativo de los factores altere necesariamente el producto.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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