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El poder de esas dos letras

El poder de esas dos letras

El poder de esas dos letras
febrero 21
23:50 2014

Dejen ya de intimidarme. Se ven ridículos, lucen mal. Es absurdo que me amenacen para que les explique lo obvio, lo que – como se dice en la calle – se cae de la mata. A ver, ¿para qué me trajeron hasta aquí? Si me lo hubieran preguntado en casa, yo se los hubiera dicho sin tanto aspaviento, sin tanto gasto de recursos por parte de ustedes. Esa cantidad de carros patrulleros cercando toda la manzana, los diez o doce policías que irrumpieron en mi casa con armas largas… y cortas, alterando la paz del vecindario, poniendo mi persona en entredicho, me siguen pareciendo innecesarias y torpes. Aunque yo sé por vía de quién se enteraron ustedes, no se vayan a creer que soy tonto. Lo que pasa es que lo han entendido todo mal o, lo que viene a ser lo mismo, lo han llevado todo al extremo.

Yo no soy un asesino, nunca le he hecho daño a nadie, ni me he metido en política, lo que hice fue… como decirlo… un acto pacífico, intelectual casi, en defensa propia. Cambien la polaridad de lo que acabo de hacer y verán cuánta gente hace lo mismo a diario. Es cierto que no lo pensé mucho antes de hacerlo, pero por mucho que lo hubiera meditado, jamás se me habría ocurrido una reacción tan violenta por parte de las autoridades, cuanto más, una multa por afear –que no lo creo– el ornato público, por alterar la monotonía urbanística de mi barrio, bastante deteriorada ya de por sí desde hace un montón de años. Además, esa es la fachada de mi casa, la misma que compró mi abuelo hace más de cincuenta años, donde nacieron mi madre y sus hermanos, donde nací yo, mi familia es la única que ha vivido en esa casa desde que se construyó. Al morir mis padres, mi condición de único hijo, me facultó para heredarla sin litigios ni investigaciones. No tengo descendencia y mi… esposa tiene la casa de sus padres, ¿cuál es el problema entonces?

Con el único objetivo de salir vivo de esta vida, que ya parece no tener fin, he tenido que enfrentarme a una interminable cadena de adversidades que, lejos de ir menguando a medida que las encaro, se van renovando a diario con nuevas dificultades, en tanto mi arsenal de soluciones, mi capacidad de respuesta, se agota irremediablemente. Y ya no puedo más con eso, he llegado al límite, a mi límite. La sensación de asfixia que siento cada mañana al despertar y que no cede en todo el día, me obligó a tomar la decisión que los llevó a ustedes a mi casa para traerme hasta aquí. Francamente me siento incapaz de soportarla por más tiempo.

Cualquier hombre en mi lugar habría hecho lo mismo o peor. ¿Cuántos se suicidan a diario? ¿Cuántos vuelcan en sus familias, en sus esposas e hijos, la violencia que desarrolla en ellos la acumulación de derrotas, vicisitudes y frustraciones que se les van sumando diariamente durante años, sin poder quitárselas de encima pese al esfuerzo realizado? Cientos de miles, convendrán ustedes. ¿Y qué hace la justicia con ellos? No mucho, según mi propia experiencia personal de casos que he tenido cerca. ¿Entonces por qué a mí sí? No entiendo, explíquenme.

¿Qué les molesta de esas dos letras que escribí con pintura negra en la fachada de mi casa? ¿Les incomodan los tres metros de alto por casi dos de ancho de esa palabra que define lacónica y enérgicamente mi futura actitud ante la vida? ¡Ah…! Ya sé, los inquieta el posible destinatario del mensaje. No sé cómo no se me ocurrió antes, perdón, ahora mismo les digo.

Ayer amanecí al borde del abismo, me senté en la cama y hasta la pausada respiración de mi esposa me perforó los nervios. Me encerré en el baño y estudié detenidamente la posibilidad de escapar. Sin recoger nada, con el escaso dinero que tendría en la billetera, saldría de casa y me desaparecería para siempre, sin dejar rastro, deshaciéndome del trabajo, de mi mujer, de las obligaciones hogareñas y los compromisos sociales, saldría a caminar en línea recta, hasta el fin del mundo, hasta que la vejez o la enfermedad me mataran. Eso mismo haría, pero enseguida me di cuenta de que así, si bien era cierto que saldría de muchas cosas, forzosamente tendría que lidiar con ese mundo exterior, responsable, en gran medida, de la hostilidad que me asediaba.

Les pregunto ahora, como me pregunté entonces: ¿cuál sería pues la solución? Invertir los papeles, claro. Era mucho más sencillo permanecer en casa, buscar la fuga hacia adentro, salir a recorrer mi propio mundo interior. Pero para eso necesitaría un candado, un cierre que impidiera la entrada de intrusos, algo que hiciera retroceder a cualquiera interesado en perturbar mi tranquilidad y mi ausencia. Con placer y envidia recordé las campanillas que en la antigüedad se colgaban en el cuello de los leprosos para anunciar a los sanos que se acercaban los enfermos, pobres desgraciados que disfrutaban de una libertad sin límites. Yo necesitaba de algo parecido. Pensé en montones de cosas, cosas verdaderamente repugnantes en muchos casos, pero que a la postre podrían resultar –por sus denigrantes naturalezas– del interés de la gran mayoría, produciendo el efecto contrario a mis propósitos excluyentes. ¿Acaso no se han detenido a pensar en lo atractivo que le resulta a la plebe la vista de un desgraciado sumido en la podredumbre física o ambiental? Todos, en algún momento, hemos sido testigos de las entusiastas aglomeraciones en  torno a la pobre morada de algún decrépito desaseado, enfermo o minusválido, o de los hilarantes comentarios que suscitan en el público la vista de cualquiera de las miserias de la condición humana. O sea que ni degradando mi casa y mi persona en la inmundicia me sentiría seguro. No más pensar en algo odioso, lo desechaba enseguida al ponerme en el lugar de la gente y descubrir que atraía en vez de espantar.

Dudo que exista algo más terrible para nuestra psiquis que una negativa. Nada paraliza, aterroriza o espanta más que un “no” rotundo. El poder de esas dos letras –en el contexto social que sea– suele ser demoledor para el receptor, más aún en esta sociedad donde se teoriza tanto sobre decirle un “sí” a la vida.

Entonces se fue la luz como ocurre al menos dos veces a la semana en horas tempranas de la mañana. ¡Qué alegría! En la oscuridad del baño descubrí ante mis ojos la palabra mágica…

Dudo que exista algo más terrible para nuestra psiquis que una negativa. Nada paraliza, aterroriza o espanta más que un “no” rotundo. El poder de esas dos letras –en el contexto social que sea– suele ser demoledor para el receptor, más aún en esta sociedad donde se teoriza tanto sobre decirle un “sí” a la vida. Y es curioso, pues ya debíamos estar acostumbrados, teniendo en consideración la cantidad de veces al día en que se nos niega algo –o nos lo negamos los unos a los otros. O sea que ni la cotidianidad del “no” disminuye o merma la contundencia de sus nefastos efectos.

Por  respeto  a muchos  no  me  proclamaré el que más, sin embargo, sí creo que soy de las personas a las que más se le han negado cosas. Y no me refiero solamente a la sociedad, sino que hasta la vida misma, el destino, la suerte – o como quieran llamarle por ahí –se ha encargado de “No”-kearme no pocas veces, hasta el deseo de procrear.

¿Me siguen? ¿Se dan cuenta de lo que les trato de decir? Piensen un momento, recuerden la reacción habitual de quien recibe algún “no” a la hora de entrar a cualquier establecimiento público, o a quien se le impide hacer determinada cosa para la que se sentía capacitado o con derecho. A mí mismo, en aquel momento, se me negaba ver lo que me rodeaba en la oscuridad del baño. Esta misma noche se le negará a las amas de casa del mi barrio ver la telenovela, porque hoy justamente es uno de los tres días de la semana en que toca apagón en el horario nocturno. ¿Y qué me dicen de los funcionarios públicos? Los agentes de Salud Pública, inspectores de algo, cobradores de todo, ellos bravuconean y ladran un poco blandiendo sus credenciales, pero al final huyen despavoridos cuando se les impide el paso en una casa particular, por ejemplo.

Nada, que mi candado, mi escudo, sería entonces ese sencillo y repelente monosílabo.

Así que salí del baño loco de felicidad, desperté a mi esposa y la puse en medio de la calle con todas sus cosas, lágrimas y todo; luego, cuando ayudada por algunos vecinos entrometidos logró reponerse y se marchó a casa de sus padres, salí con una lata de esmalte negro para automóviles que un amigo me había regalado hacía tiempo para pintar unos muebles de patas metálicas y, encaramado en una escalera, pinté con las letras más grandes que pude, cuidando la simetría y rellenando bien los espacios, ese NO que cubre ahora la pared. Un No que va dirigido a esta parte del mundo que me rodea.

Con  eso  no  intento  ofender  a  nadie, ni  disentir  con  nada,  sencillamente anuncio mi inexistencia, me borro de la sociedad, me sustraigo a la vida activa. Desaparezco para mis amigos y enemigos, para mi esposa, para el trabajo, para los cobradores tanto del gas como del agua y la electricidad, ya no necesito ninguna de esas tres cosas. Así, además, le evito molestias al comité de vecinos que ya no tiene que contar conmigo para nada. Con esto libero también al Estado de su responsabilidad para con mi persona. Que se olviden de mí las entidades gubernamentales y los seres humanos. Hasta el sol, si quiere, que evada con sus rayos mi pequeño, pero libre, espacio vital. A ustedes les hubiera bastado con ignorarme, pues yo les garantizo que mi prisión es mucho más segura y hermética que cualquiera de las que puedan tener a su disposición.

Sobre el autor

Augusto Gómez

Augusto Gómez

Nacido en 1970, graduado en Lengua y Literatura Inglesas en 1993, y librero en las calles de La Habana por más de quince años, salió de Cuba en el 2008. Realizó algunas traducciones para la editorial española Renacimiento, entre las que cabe destacar “Memorias de Arthur Conan Doyle” como la más importante. Toda su producción literaria --dos novelas inéditas y varios relatos-- data de finales de la década de los noventa y los primeros años del 2000. Reside en Miami.

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4 comentarios

  1. bingo
    bingo febrero 25, 02:29

    Extraordinario.

  2. Armando Añel
    Armando Añel febrero 26, 13:21

    Un cuento matemático, perfecto. Pronto aparecerá por Neo Club Ediciones un libro de Augusto que va a ser todo un descubrimiento para los amantes de la buena literatura. Hay más escritores inéditos de lo que se piensa, y más seudoescritores publicados de lo que se reconoce.

  3. Callejas
    Callejas marzo 11, 23:10

    afirmativo; No es la palabra clave de este siglo

  4. Callejas
    Callejas marzo 11, 23:54

    y se me olvido decir: estupendo relato! ….

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