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El poeta en el centro de su fundación

El poeta en el centro de su fundación

El poeta en el centro de su fundación
junio 25
13:46 2015

La ciudad y la literatura forman un parentesco, un linaje trashumante e indisoluble en tiempo y espacio. Es en una ciudad, Uruk, donde se encuentran los primeros restos de escritura, piedra angular para la formación de una cultura y, por tanto, precedente de lo que conocemos como civilización, más allá de las atrocidades y calamidades humanas que atentan para desvirtuar su trono semántico. Por suerte, la literatura es un engendro benigno de la civilización; digamos, un territorio redentor, o por lo menos un refugio, que nos permite hacer más llevaderas nuestras vidas cuando la ciudad se nos confunde con la jungla y nos tienta la desmemoria de un supuesto paraíso perdido llamado naturaleza, con nada de edén y mucho de prehistoria.

Orlando Rossardi, en su libro Fundación del centro, funda un centro en torno a sí mismo, a partir del cual logra que su experiencia citadina sea el espejo que les devuelve a otros hombres el meollo de sus penas y glorias en cualquier ciudad del mundo, en cualquier siglo de sus vidas. La poesía, madre de la síntesis, sin los elementos descriptivos y sin la prolijidad que caracteriza a la prosa, ya sea cuento o novela, brinda, sin embargo, la posibilidad de que su hacedor sea el dueño de un don, el don de captar las esencias, para así sacar del escondite al rostro de una realidad que puede pasar desapercibida por nuestros ojos; mas ese cazador que es el poeta, con la flecha y la bala de su mirada, da en el blanco y la pone al descubierto. Eso sí, ya no como realidad, sino como rostro independiente que la trasciende.

“Yo te he hecho y te he puesto a andar conmigo. Te he cantado luego,

y luego a un tiempo se me ha vuelto a ver los ojos de muy lejos los

espacios que rutilan por tu humana geografía; un cuerpo muchos cuerpos

en un solo vientre…”

Con esas palabras emprende Rossardi su singladura, y con ellas nos da las claves de este libro, como una brújula que nos orienta a seguir la complicidad de su rumbo, de ciudad en ciudad. Porque al final de estas páginas descubrimos que este viaje sólo termina con la vida y que una ciudad vive en otra, es decir, una ciudad es muchas ciudades. El hombre viaja, emigra, se exila, y se lleva consigo una ciudad: las ciudades viajan a otras ciudades. Atenas vive en la Alejandría que alguna vez fue, en Antioquía, en Roma… Y Roma vive en Estambul, en Cádiz, en Washington DC… ¿Y cuánto de todas esas ciudades no tiene también La Habana?

El poeta se sitúa en ese centro, donde convergen todos los vientos citadinos, donde una ciudad se mira en otra: “te he puesto en medio de mi vida  para que devengas con ella en las formas de mí grande y fiera, y también dulce ciudad de mis infancias y mis mayores”. La ciudad de Rossardi ha logrado vencer las barreras del tiempo y el espacio, de lo moderno y lo antiguo; consigue una ubicuidad en la que su ser entronca con el espíritu medular de las ciudades: sus puentes, sus  barrios, sus fuentes, sus parques, sus adoquines y  ventanales, sus letreros de pase y de paradas, sus amaneceres y atardeceres, etc. Pero también sus lustres humanos: su música, su literatura, sus tradiciones, los encuentros y andanzas con sus amigos, a los que le rinde homenaje en este libro.

La ciudad, en Fundación del centro, sobrevive a los conflictos y avatares, pues su centro los bordea, sin que estos constituyan una amenaza para que la alabanza se torne plañidera. La ciudad de Rossardi queda ilesa a la hecatombe humana, como Manhattan en la voz de Whitman, Ítaca en la travesía de Cavafy, La Habana en Testamento del pez, de Gastón Baquero, y ese universo habanero que es La calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego.

La Habana, ciudad de donde viene el poeta, y para ser más exacto, su pueblo natal, el ultramarino Regla, trazan el centro de este libro. De ahí que la presencia del mar, la bahía, “la misma que cerraba la ciudad con su muralla exacta de agua ennegrecida”, el malecón, los castillos y la Plaza de Armas, el barco Covadonga zarpando del puerto ante la presencia de esas “calles de putas cansadas”, “y un Caballero que vendía sus poemas por un pan y un café con leche” sean referentes de su tiempo cubano. Rossardi parte de La Habana y descubre su ciudad en otras ciudades, pero reconoce que cada una de ellas posee un alma propia, una identidad, tal como consigna: “El espacio en que Dover se aísla, se queda sola con su plaza y su molino y se aprieta es también distinto y otras son sus calles y sus callejones”.  El poeta escribe desde un centro de centros, en donde puede distinguir todas las ciudades en una, sin que éstas dejen de ser ellas mismas.

El binomio ciudad- hombre forman una alianza, una correlación que determina que un hombre sea el reflejo de una ciudad y viceversa. La ciudad hace al hombre, tanto como el hombre hace a la ciudad. La ciudad es un ser humano “con sus  columnas que son manos, sus paredes como pellejo sin color, su piel ruinosa y la cáscara de su pasado que me llevan a mí mismo”. La ciudad, como el hombre, envejece, pero no muere, cada hombre le ofrenda con su vida una historia, y la ciudad va legando la memoria de muchos hombres, que pasa a ser también su propia historia. Y luego nacen otros hombres y la ciudad vuelve a nacer, y rejuvenece en la bitácora de éstos por sus calles y recodos.

Juan Ramón Jiménez, con la estrofa de su Espacio y el fragmento de su tiempo, le ha dado el asidero y su impronta poética a Orlando Rossardi, para que exista este libro. Pero el poeta cubano, en el centro de una fundación, ha logrado crear un espacio y un tiempo que pueden prescindir de la geografía y la cronología. Ni siquiera necesita esa esperanza que anuncia Guillermo Cabrera Infante, en Vista del amanecer en el trópico, cuando vaticina la permanencia geográfica de la isla, y su amada Habana, sobreviviendo al último de los cubanos.  Y aunque la poesía es el cofre de este centro, tampoco necesita  acudir a ese territorio indemne que es la literatura y por el que Borges dice: “Ilion fue, pero Ilion perdura en el hexámetro que la plañe”, pues el centro  en que habita es un territorio aún mayor, que no delimita espacio ni tiempo, y con el que su ser ciudadano se funde  para formar un mismo cuerpo, un arquetipo.

Rossardi, como Ulises, parte de su Ítaca, pero no lo desvelan los cantos de sirenas, pues el regreso ha dejado de ser un afán. El poeta se ha encontrado así mismo en el centro que funda a cada ciudad, y se ha visto a sí mismo en muchos hombres: en Langston Hughes al cruzar una calle neoyorquina del Harlem Renaissance; en su recuerdo de Dylan por los caminos rojiverdes de Vermont y de New Hampshire; en Pound y Emy Lowell en un café del Londres imagista, por quienes puede  escuchar “el grito del bufón de Marinetti”; en Vallejo con “su muerte querida y su café y viendo los castaños frondosos de París”; en Juan Ramón Jiménez  por una acera de Coral Gables en ese Miami donde hoy reside y no reside. Y gracias a la otredad que yace en su centro, lleva consigo todos los hombres cuyos caminos han culminado en Roma. Toda la belleza del centro ya es posesión suya, y con ella ha recuperado a su Ítaca habanera.

Orlando Rossardi, Fundación del centro (Aduana Vieja Editorial, Valencia, 2011).

fundacion-del-centro

Sobre el autor

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez

Joaquín Gálvez (La Habana, 1965). Poeta, ensayista y periodista. Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Ha publicado los poemarios "Alguien canta en la resaca", "El viaje de los elegidos", "Trilogía del paria" y "Hábitat", este último con Neo Club Ediciones. Coordina el blog y la tertulia La Otra Esquina de las Palabras. Reside en los Estados Unidos desde 1989.

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