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El presentador

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Junio 25
00:51 2017

A mi hermana Karin Aldrey, que acostumbra dirigirse al Mundo

Señoras y señores… –dice el hombre y se interrumpe. Lleva prendida en el guargüero la grotesca sequedad que intenta resolver con una carraspera infructuosa. Es la sequedad algo muy parecido a la tristeza. Escapa en ocasiones, se enreda en la lengua cuando el discurso debería aflorar como la costumbre.

Hoy no importa la fecha. No importa qué haya sido de la vida este hombre en la más reciente vuelta del eje de la tierra con duración aproximada de veinticuatro horas. Tampoco importa el día anterior, ni el siguiente. ¿A quién puede importar si un perro ha muerto o si el helecho en el balcón dejó de ver la luz para irse al reino marchito de la ausencia? Por eso nuestro hombre, que impecablemente brilla sobre el escenario con su frack, esta vez intentando tragar la sequedad de su garganta, repite:

Señoras y señores… –pero la gente siempre espera algo, siempre quiere algo, tal vez una excusa para desconectarse, quiere un circo, una fábula, leyendas…, cualquier cosa menos un hombre estancado en una frase seca e inconclusa. La gente siempre quiere ver pasar carrozas dirigiéndose al palacio de lo irreal con esa opción sublime ofrecida por la antesala, o sea derivándose de una gran presentación. Señoras y señores gastados, personajes de butaca que aguardan el maná de la farsa, del drama, del sainete…, para subir la comedia armada por la imaginación dejando atrás sus propias vidas, fingiendo acaso no haberlas tocado ni con el índice apostado en vuelo tangencial de la memoria.

Señoras y señores… –ha dicho nuevamente y una gruesa lágrima se ha desplazado con gran dificultad por el meandro nasofaríngeo hasta su garganta. Una sola lágrima crecida y avivada como única vía de abonar la sequedad. La lágrima se estanca sobre la aridez de la inflamada campanilla, crece como una bola de nieve, o de fango. Y mientras el hombre trata en silencio de tragar la sequedad con el auxilio de una gota de ese caldo salado y amargo, un nudo se fragua como terrible mal debajo de otro nudo en su corbata, se mueve casi imperceptiblemente. Sucede que todas las señoras y señores de este mundo esperan. Todas las señoras y señores de este mundo palpan cierta densidad en el ambiente, cierta seriedad ceremonial, como si todas las promesas de este mundo fueran una sola promesa: la promesa del anuncio. Mas todas las promesas de este mundo no son si no una lágrima que no siempre ha de escaparse por los ojos, no son otra cosa más que una lágrima debatiéndose como nudo irremediable que fabrica su propia promesa, la promesa que convierte a un hombre en un presentador irresuelto.

Señoras y señores… –el silencio, que antes fuera impaciencia, termina por caer como lluvia sobre todas las butacas de este mundo, y el hombre con su frack, el mismo de las noches anteriores; el hombre con su voz, la misma de las noches pasadas, se ha convertido en promesa ininteligible, una promesa que solo la gente que siempre espera algo podría lograr desentrañar de la temible afiliación con el abatimiento. El desconsuelo y la impotencia escapan por debajo de su lengua anudada por la lágrima, también por la corbata. Entonces nuestro hombre, ahora más nuestro que las noches anteriores, más nuestro que nunca porque nunca antes logró reunir semejante cúmulo de atención total, repite la frase por última vez:

Señoras y señores… –ahora nuestro hombre ha dejado de ser un enunciado para convertirse en el silencio mismo, un silencio desnudo y apretado como la expectación del público. El nudo en la corbata está a un paso de estallar por la presión insoportable de la sequedad y la batalla inexpugnable de la lágrima. Y la voz que no logra salir de la garganta, que no expresa aquello que la gente espera, cede paso al rumor que ha levantado en peso el silencio de la sala. El hombre solo escucha otro rumor, rumor de pasos, calculados pasos sobre una barandilla o sobre una tabla suelta. Con esfuerzo ladea la cabeza y dirige la mirada a lo alto, como si allí entre bastidores existiera un único dios capaz de sacarlo de aquel trance. Sus ojos se abren como globos. El rumor se hace denso, más denso, más tupido, como si fuera sumándose a los pasos sobre la barandilla, o sobre la tabla suelta, porque solo la gente que siempre espera algo es capaz de obtener lo que no espera. El rumor ha crecido, se ha elevado ensordecedoramente, se ha transformado en aplauso; aplauso atronador, cerrado, grave, como la gravedad del plomo cuando cruza la frontera del disparo.

Isla de Mambrú 19/02/2011

Sobre el autor

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro nació en La Habana. Narradora, poeta, es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-Exilio, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, y el comité editor de La Peregrina Magazín. Es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Ha publicado “No soy yo” en edición bilingüe (español y rumano), 2005; “Nueve cuentos para recrear el café” en edición bilingüe (español y francés), 2010; “Escaparate, el caos ordenado del poeta”, en 2011, y “Arreciados por el éxodo” en 2013. Reside en Miami.

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