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El principio de no intervención y los dictadores

El principio de no intervención y los dictadores

marzo 29
03:09 2011

1-chavez_y_gadafiUn matrimonio comienza  a discutir acaloradamente. Ambos cónyuges se insultan a gritos  y el escándalo se oye en toda la vecindad.  El  marido le da varios golpes a la esposa, la agarra por el cuello y la zarandea, pero ella logra zafarse  y  corre.  

Él coge un bate de béisbol, la persigue por toda la casa y bestializado le grita que si la alcanza la va a matar por “pu…”.


Varios vecinos acuden al lugar. La puerta de la casa está cerrada. Uno de ellos  llama por un teléfono móvil a la policía. Otros dos vecinos, al ver que no hay tiempo para esperar a los agentes del orden, rompen una ventana, entran a la casa, agarran al  hombre  y le quitan el bate cuando ya le va a propinar el primer batacazo a la mujer.  Horas después, el esposo acusa a los dos vecinos de allanamiento de morada  y la policía se los lleva presos  por violar la ley.

¿Quién hizo lo correcto, el vecino que por no entrar sin  autorización en la casa llamó a la policía, o quienes le salvaron la vida a la mujer?

Esta pregunta, que parece  tonta, no lo es. Simplemente expresa   lo que ocurre en la segunda década del siglo XXI con el llamado principio de “no intervención en los asuntos internos” de un país, y que de hecho hace de la ONU una entidad  casi  inútil en cuanto a la defensa de los derechos humanos y a evitar sufrimiento a los pueblos.

El caso de Libia es elocuente. La demora de más de un  mes de la ONU y de las potencias occidentales en evitar que Gadafi continuase masacrando a su propio pueblo, y las reiteradas aclaraciones de gobernantes –encabezados por Obama— de que el objetivo de la operación militar iniciada en Libia  no es el tirano, han puesto sobre la mesa otra vez el tema controversial  del papel de la ONU en el mundo de hoy.

A la anterior pregunta agreguemos otra:  ¿Tiene derecho  un gobernante  a esgrimir  la “no intervención”  para perpetuarse en el poder y pisotear  los derechos del hombre reconocidos por la ONU desde 1948, infligir sufrimiento a su pueblo, reprimirlo, marginarlo de la revolución tecnológica, desinformarlo,  hacerlo pasar hambre y necesidades y suprimirle  las más elementales libertades individuales?

La respuesta correcta sería que no, pero eso no es lo que ocurre hoy en el mundo.  La dictadura castrista es la mejor prueba de ello. Volviendo al caso libio, sólo cuando Gadafi anunció que iba a ir “casa por casa” para asesinar a sus opositores, fue que China y Rusia dejaron de bloquear una resolución para evitar que el tirano siguiese bombardeando a la población civil. Y el documento precisa que no habrá invasión terrestre y que el objetivo no es Gadafi, quien junto a Fidel Castro, Kim Il Sun y el albano Enver Hoxha es uno de los cuatro  tiranos que sin ser reyes o príncipes han estado más de 40 años en el poder.

La Carta de las Naciones Unidas, constitutiva de la ONU,  fue redactada al finalizar la Segunda Guerra Mundial con el lógico propósito de evitar otra conflagración tan letal como aquella. Por eso el primer artículo del capítulo 1  expresa que el objetivo de la ONU es “Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz…”

Sin embargo, 65 años después el objetivo de la ONU no puede limitarse a dicho propósito –que es obviamente básico–, sino que debe ir más allá. Ya en el tercer milenio, es hora de que en este planeta haya  leyes universales que prohíban las tiranías y la violación de los derechos humanos. El mundo moderno debe establecer vías jurídicas supranacionales para evitar el sufrimiento de los pueblos a manos de  autocracias de cualquier tipo.

Además de preservar la paz y la seguridad internacionales, la ONU debe tener como propósito la defensa y protección de los derechos del hombre.  La Carta de la ONU debiera ser actualizada para colocar al ser humano por encima de las fronteras nacionales, la política, la ideología, la religión, el Estado,  los gobiernos, reyes y príncipes. O sea, primero el hombre y luego todo lo demás.

Lo que pasa es que mientras exista el derecho de veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad –Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia–, es decir,  las cinco potencias que “inventaron” y a la vez “secuestraron” a la ONU,  muy poco podrá hacer el máximo organismo internacional en materia de derechos humanos e incluso de mantenimiento de la paz, debido a que China es gobernada por un partido comunista y Rusia por un régimen a medio camino entre el autoritarismo y  una democracia con rezagos totalitarios que no la dejan cuajar del todo.

Pekín y Moscú siempre van a esgrimir la no intervención por tres razones: 1) porque tienen lazos económicos y hasta políticos con decenas de dictaduras; 2) por razones de rivalidades geopolíticas con Estados Unidos y otras potencias occidentales; y 3) para mantener alejada a la comunidad internacional de sus manejos antidemocráticos y violadores de los derechos humanos en el plano doméstico.

No es casual que el principio de “no intervención” en la práctica sólo sea esgrimido por  dictaduras, regímenes comunistas, gobiernos autócratas o democráticamente establecidos pero permeados por la propaganda marxista o de la izquierda nacionalista que prioriza la “soberanía nacional de los pueblos” para hacer y deshacer internamente y porque poco les importa el respeto de los derechos humanos.

No es ninguna sorpresa, pues, el fervor nacionalista con el que enarbolan la bandera de la no intervención el régimen de los hermanos Castro, o los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia. Tampoco es casual que haya sido México  el paladín latinoamericano del no intervencionismo, una nación que fue gobernada por un mismo partido durante siete décadas y que el escritor Mario Vargas Llosa definió como “la dictadura perfecta”.

A Holanda, Bélgica, Canadá,  Australia, Japón o Chile, por citar algunas de las democracias sólidas que hay en el mundo, no se les ocurre hablar de la “autodeterminación de los pueblos” que arguyen Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez o Gadafi.  Esas naciones democráticas nada tienen que ocultar a cualquier inspección internacional por los motivos que sean.

El mundo necesita ya que se suprima el derecho de veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y que se establezcan normas supranacionales que prohíban la violación sistemática de los derechos humanos, declaren fuera de la ley a los gobernantes de naciones miembros o no de la ONU que hagan sufrir a sus pueblos e instrumenten vías para realizar intervenciones internacionales que pongan fin a las tiranías.

Pero el derecho de veto no va a ser suprimido en largo rato, y para que los tiranos sean declarados convictos y derrocados por fuerzas internacionales probablemente habrá que esperar otro medio siglo.

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