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El Seco

El Seco

El Seco
marzo 10
22:02 2014

Era un tipo de gaznate seco, por eso bebía aguardiente, para mojárselo; tan áspero además, que apenas podía sostener la rabia en el estribo cuando el aguardiente, que le mojaba el gaznate seco, le cocinaba las entrañas, y el estómago y el hígado reverberaban en ese cocido de ripios, nudo insalvable para llegar al corazón. Y su alma, que era como un alma seca o como una sequedad sin alma, ahora se le podría de rabia.

Ella, de llameante estampado con un tajo en el escote que le desangró las pupilas y le secó aún más el gaznate que se comprimió como el de un ahorcado al verla, estaba más linda que nunca. Y él, más seco y más áspero que nunca; con una aspereza salvaje, o con un salvajismo áspero que crecía y crecía mientras ella paseaba el estampado pegado al cuerpo como hiedra que se la tragaba con fruición, deleitándose con cada una de las ondulaciones de su cuerpo; entonces ella no era ella sino una colosal exuberancia sin nombre de cuerpo estampado, o una estampa de profusiones corpóreas pavoneándose ante él, que la contemplaba como a una visión capaz de lubricar de una buena vez su plétora de sequedades, posado en el taburete con los puños crispados, como si en vez de manos, sus brazos terminasen en un par de nudos.

Quiso esbozar una sonrisa, una extraña sonrisa, con la boca cosida a la barba como si ésta le hubiese borrado los labios y sólo fuera una barba sonriente o una sonrisa barbuda que se hunde hasta el reverberar de las entrañas que ya salían en forma de humo por su boca y por sus ojos: alumbre sobre el rostro borroso por la maldición de aquel bochorno eterno con que el Gran Hacedor había castigado a su isla. Sintió el nudo del hígado reventársele dentro, y aquellas ganas terribles, hasta de matar, para calmar la rabia. Y ella, que nuca supo de su rabia, seguía paseando aquel estampado de hiedra frente a la navaja afilada de sus ojos secos.

Se puso de pie, eructó el pantano de aguardiente que le amordazaba el pecho, abalanzó el alumbre del rostro borroso sobre el tajo de aquel escote, y empuñando la navaja afilada de los ojos, extendió los nudos que remataban sus brazos como garras y lanzó el rugido de su mundo tambaleante en pos de la colosal exuberancia de cuerpo estampado, o de la estampa corpórea pavoneándose ante él, que, de súbito, no era ya una estampa sino una estampida llameante y seca que corría, corría como una exhalación hasta perderse.

Sobre el autor

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro

María Eugenia Caseiro nació en La Habana. Narradora, poeta, es Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba-Exilio, Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía, y el comité editor de La Peregrina Magazín. Es Miembro de la Asociación Caribeña de de Estudios del Caribe, de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe y de la Unión Hispanoamericana de Escritores. Ha publicado “No soy yo” en edición bilingüe (español y rumano), 2005; “Nueve cuentos para recrear el café” en edición bilingüe (español y francés), 2010; “Escaparate, el caos ordenado del poeta”, en 2011, y “Arreciados por el éxodo” en 2013. Reside en Miami.

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1 comentario

  1. URF
    URF marzo 16, 03:19

    me admira el poder de esta prosa que va directamente al grano y sin embargo goza de belleza y se justifica como escritiura sanguinea que no debe nada a la narrativa cuadrada y mas tradicional del feminismo apocado. Gracias!!!

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