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El silencio del poeta es también poesía

El silencio del poeta es también poesía

El silencio del poeta es también poesía
abril 01
19:55 2015

Hace ya quince años de ese, mi segundo exilio. Cuando me iba definitivamente de España, compré una antología de poemas de Tomas Tranströmer en español y un libro de relatos de Lars Gustafsson. Me subí a aquel avión más vacía que cuando me fui de Cuba. Esta vez lo había perdido todo. En aquel primer exilio me servía de asidero la lengua. Con eso se siente cualquiera menos solo, menos exiliado. Ahora sí era este el viaje de un desamparado, un paria sin palabras lo es más que el que se queda sin patria, por contradictorio que parezca.

Estaba convencida de que llevar libros de dos grandes poetas era talismán suficiente. “Con estos dos voy en coche, por lo menos para ir entendiendo”, me dije. Leía y leía en el avión. La verdad es que no entendía nada, ni en español, ni en chino. Pertenecían a una realidad tan distinta, tan desconocida, tan lejos de la mía. Necesitaría muchos años de aprendizaje, esos amigos buenos que me acogieron, otros poetas por descubrir, libros y más libros. También me ayudaría la dulce voz de Helena dell’Ara, mi talentosa profesora de literatura. Me ayudaría la propia naturaleza y esas bruscas estaciones que jamás soñé. Me ayudarían la nieve, el frío, la neblina y la lenta llegada de la primavera, esa cosa que los suecos llaman “längtan”, una mezcla de nostalgia por lo nuevo y la añoranza de lo que perdido.

De aquellos primeros meses en Suecia recuerdo que pasaba horas en la biblioteca, sacaba una y otra vez los mismos libros que antes había leído en español, me sentía medianamente a salvo si eran “relecturas”. Quería leerlos en la lengua que necesitaba aprender y aquellos garabatos seguían siendo pura y dura runa-jeroglífico, enigma que se resistía como podía a ser revelado. Probé de todo. Tuve largas sesiones bilingües, cabezazos de ampanga con los diccionarios y muchas horas de anotar y anotar en unos cuadernos que hoy me dan un poco de risa. Al cabo de largos meses y de esos inolvidables e intensos cursos de sueco, dios y Tranströmer mediante, ya balbuceaba como podía el vocabulario básico del día a día y dos o tres palabras que me regalaba el poeta.

Con los años me fui haciendo amiga de un buen tipo, me especialicé como pude mirando amaneceres, parejas de amantes furtivos, escuché a Schubert y a Bach haciendo del piano un ejercicio poético de lector con curiosidad inusual, yo que siempre he creído no entender ni jota de música. Pero Tomas sabía, yo me dejaba guiar. Ah, nadie como él para entender el mundo, y al describirlo, casi pintarlo con palabras, dejarlo como delante de los ojos detenido. Un instante perfectamente dibujado ante los ojos. Su poesía era eso, una imagen del momento, una precisa y certera foto. Si miraba el amanecer no era por el amanecer en sí, sino por descubrir cómo es que lograba alguien describirlo así. Curiosa y muy asiática su manera de contar pero a la vez tan nórdica. Por Tomas pude llegar a otros poetas, fue él quien me abrió el camino a Strindberg y tantos otros.

Un día me atreví a hablar con una bibliotecaria de mis progresos y del impacto de la palabra de Tomas Tränstromer en mí. Fue así que intentaba fulminar con mi entusiasmo a la bibliotecaria de turno, sobre el manejo de sus metáforas, la fuerza de las imágenes tan nítidas, el talento de un hombre a la vez poeta, psicólogo y virtuoso del piano. Lo intentaba careciendo de figuras lingüísticas sólidas y con poco más que una vehemencia pueril que nunca me abandonará, mientras me hundía en un mar inconexo de tartamudeos incomprensibles como ese universo brusco de contrastes que es Tranströmer, cuando se me torció la alegría. Ella me dijo muy seria: “él hombre no puede hablar, ha sufrido una trombosis y se ha quedado sin voz y sin movilidad de un lado del cuerpo, está sentado en una silla de ruedas, ahora es su esposa quien transcribe”.

“¿Y qué hace el poeta si se queda sin voz? ¡Ah, pobre tipo, no, no me digas eso! ¡Qué mala suerte caramba!”, parecí balbucear. Y la mujer, tratando de consolarme: “No, no, pero escribe, hay Tranströmer para rato”, yo qué sé, me pareció que decía. Me fui casi llorando, llegué a casa y escribí un texto con tristeza, con rabia, con decepción de un pésimo dominio del sueco y machacha´o a palos, un texto en que lloraba por mí misma y que aún me duele: “El silencio del poeta es también poesía”. No lo había vuelto a leer hasta que me llegó hoy la noticia de su muerte. Sé que con este adiós me enfrento a los días terribles de mi tercer exilio, quién sabe si el peor.

De Cuba a España, no me sentía una desterrada, tenía mi lengua, la capacidad de hablar. Pero cuando llegué a estas tierras y tuve que aprender una lengua que jamás será mía, lo único que me consolaba era el poeta aquel y sus sombras, su silencio, su mundo desde dentro e intacto, como el mío. Sin poder comunicarnos pero vivos. Ahora tendré que entender que el poeta no está, o que está pero desde otro lugar, leer y releer los libros de ese valiente que no se quedó sin escribir, que desde el silencio le plantó cara a la vida, y que me regaló los poemas que hoy son parte indisoluble de la mía.

Sobre el autor

Amaranta Freya

Amaranta Freya

Amaranta Freya (La Habana, 1971) estudió Ing. en Telecomunicaciones, Programación de aplicaciones y sistemas en IBM y es Máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabaja como profesora de asignaturas demasiado técnicas y muy lejanas a la literatura como: Diseño de Interfaces gráficas, Diseño Web y Programación en Suecia, país donde reside desde hace ya casi veinte años. Sin embargo, es lectora ávida y empedernida y piensa que los lenguajes de programación son también un modo de entender la comunicación y la literatura como forma vital de expresión que ha sido siempre su única y gran pasión. Se considera una lectora vehemente, escribe poesía esporádicamente, aunque también tiene inéditos algunos cuentos y ensayos. Junto a otros creadores y escritores, participa en proyectos de difusión de la lectura y la cultura en general. No ha publicado ningún cuaderno ni libro de poesía, no ha concursado ni ganado premio alguno, es la primera vez que aparece algo suyo en una publicación escrita.

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4 comentarios

  1. Juan Calero
    Juan Calero abril 06, 06:38

    Impresiona la conversión de la niña de un pueblo con bahía hermosa en el corazón del Caribe a una mujer fuerte en un clima tan adverso como el sueco. Buena redactora, publicable y debe hacerlo sin falta. Aquí esperamos sus lectores.

  2. Jorge Tamargo
    Jorge Tamargo abril 06, 14:51

    Muy bien dicho, amiga. Siento que tu exilio se va resolviendo. Créeme, un proceso migratorio resuelto es una bendición… Y sí, el silencio puede con-tener mucha poesía…

  3. Rafael Piñeiro
    Rafael Piñeiro abril 07, 22:17

    Cálido y hermoso testimonio, preñado de amor a la poesía y a la literatura. ¡Felicidades!

  4. Aleisa(Amaranta)
    Aleisa(Amaranta) abril 10, 08:26

    Gracias a ustedes por haberlo leído. Los poetas suecos de quienes hablo son grandes por sí solos, no necesitan de mi, les comparto sin embargo mi pasión de lector y eso es lo que haré cuando pueda y tenga el valor, casi nunca muestro lo que ecsribo.

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