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El suegro y la nuera

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El suegro y la nuera

'Quijote y Sancho con cuchara' (Aristides Pumariega)

El suegro y la nuera
abril 10
21:52 2017

 

No era mucho lo que le pedía el suegro a su nuera. En realidad, en cualquier lugar del mundo -claro, un lugar normal-, para comer unos tostones, o patacones, o como se llamaran, solo se necesitaban un par de plátanos y un poco de aceite. Ese era el verdadero problema: no había ni una cosa ni la otra.

La nuera se apenaba con las manos del suegro entre las de ella y escuchándole decir, con la voz débil por la enfermedad, que ya sabía que estaba en las últimas, pero que no le preocupaba. El anciano intentaba asomar una sonrisa que le daba ese aspecto amable que lo caracterizó de joven y de adulto conquistador.

Con esa sonrisa había conquistado a su mujer, a sus amantes, a sus amigos y a ella también, a ella, que era su nuera. Luego del esposo, la primera persona que le había dado la bienvenida a la casa con un abrazo y con esa sonrisa espontánea, había sido él. Entonces, el suegro le había susurrado al oído que qué bueno que aparecía ella porque el hijo solo traía a casa a bailarinas y actrices, a jóvenes hermosas y medio putañeras pero que no tenían esa cara de mujer que sabe atender una familia, como ella. El tiempo así se lo había demostrado.

Ahora el viejo y la nuera, los dos, sabían que era cuestión de días, quizás hasta de horas… que ya no había nada que hacer. Había estado por más de dos meses en el hospital, pruebas y exámenes, cirugía, sueros, todo de todo, pero la conclusión de los médicos era una sola, que se fuera para la casa y que estuviera allí, en su cama, con su esposa, con sus hijos, con los nietos. Pero él no quería a nadie a su lado, solo a la nuera, que lo entendía y lo consentía.

Pero ahora ni ella lo podía complacer. Es que no hay plátanos ni en el mercado, y no saben cuándo volverán a traer. Él, ya en su semi-inconsciencia, a ratos lúcido, a ratos en un limbo, hacía un esfuerzo pero no podía comprender por qué su nuera no le hacía los tostones. Eran solo unos tostones, y que ni siquiera ella lo complaciera no le parecía nada justo. Ella, su nuera, a quien él tanto había querido y a la que él tanto había apoyado cuando nadie en la familia la quería porque venía de otro pueblo, porque ni cantaba ni vendía frutas, como decía la suegra, a quien sí le gustaban las anteriores mujeres del hijo. Por eso el suegro no podía entender por qué la nuera no le hacía los dichosos tostones.

Lo habían inyectado al amanecer, intentando disminuir el dolor y el estado de incertidumbre en que lo sumía la desesperanza por la vida. La nuera se decidió, encargó a la hija mayor que estuviera al tanto del abuelo, tomó su billetera, las llaves y un bolso y salió a la calle dispuesta para la gran batalla de conseguir lo necesario para complacer a su suegro. ¡Ay, Dios… Virgencita…. San Lázaro… San Lucas…. Que no se me muera mi viejo sin que se coma sus tostones!

Empezó por su mercado, a ver si por casualidad había llegado algo en la mañana. Nada…. Tomate, ají y una libra de papas por persona. Lo compraría al regreso y ojalá que no se hubiera terminado. Se fue adentrando en el barrio, el Vedado, lo mejorcito en La Habana. Aún se mantiene, caramba, lástima de esas casonas que las han tomado por invasión y ahora vive un montón de gente. Cada familia ha hecho su cueva como le ha dado la gana, y ahora muchas de esas espléndidas mansiones son edificios descoloridos y hasta algunos apuntalados. Pero no era lo que le tenía que preocupar ahora, ella no era arquitecta ni trabajaba para Eusebio Leal, el conservador de la ciudad, ni ocho cuartos. ¿Dónde estaba el próximo mercadito? Hasta hace unos meses no era tan difícil la cosa porque estaba el mercado campesino, pero ahora, ni eso.

¡Ah… ahí, en la esquina hay otro! Era ya el quinto que visitaba. Difícil, casi imposible describir la cara de la nuera cuando distinguió el quinto mercadito del barrio. Al fin… unas manos de platanitos fruta, de bananos. Cierto que no eran plátanos de verdad, y eran de los más recortados que ojos humanos hubieran visto, pero servían para los tostones que tanto deseaba el suegro. Por supuesto que cuando le preguntó al empleado si le podía facilitar unos, los llamó guineos, como le decían en su pueblo. Tantos años en la capital y no se acostumbraba a como llamaban las frutas y otras cosas. Con tanta suerte que el empleado también era de Oriente, de Santiago, y le dio gracia que alguien usara la palabrita “guineos” por bananos.

Así y todo, no fue fácil. Pues éste no era su mercadito, de manera que tuvo que aguantar al empleado dándole la perorata de que no, no puedo, porque si me coge el inspector… porque sí hay, ahí están los guineos, los platanitos, los bananos…pero su tarjeta no está censada aquí, en este mercadito. Tienes que entenderme, paisana, no puedo. Y ella que claro que puede, hombre, siempre se puede. Y el empleado que no y que no, yo quisiera pero, es que… y se queda prendado de la sonrisa de la guantanamera junto al susurro de ella que le dice que no sea malito y deja envuelticos en las manos del hombre dos dolarcitos. Un par de fulas, como le dicen en Cuba, que en ese momento al cambio resultaban ser 240 pesos en moneda nacional, seguramente que más que el salario del vendedor del mercado. Al fin, la nuera tuvo en sus manos los platanitos, que ya no estaban tan verdes, pero servían para los tostones. Feliz, guardó en su bolso el preciado tesoro.

Aún quedaba un paso difícil, aun mucho más complicado: conseguir el aceite. No lo pensó dos veces, pasó por la casa y sin consultar con el marido tomó dos dibujos que él apreciaba mucho. Uno había sido primer premio en Japón; y el otro, en Argentina. Pero ninguno de los dos servía para freír los platanitos para el suegro. Casi con las lágrimas afuera, a sabiendas que estaba al cometer un sacrilegio y que no se salvaría de la reprimenda de su esposo, autor de las acuarelas, tocó en la puerta del apartamento de arriba y aguantando la respiración esperó que abriera la italiana, que se había mudado hacia unos meses en el edifico. La italiana no estaba interesada en ningún dibujo, los miró una y otra vez y sin entender bien el llanto que hacia moquear a su vecina, con la que solía compartir alguna conversación vespertina para mejorar su español, se quedó con los dibujos sin estar muy convencida, pero le dio a cambio las dos líneas de aceite vegetal, que casi le imploraba la cubana.

Finalmente, esa noche, el suegro pudo deleitarse con los tostones de guineos. No eran los mejores, pero eran tostones. Se atoró un par de veces, pero la nuera pensó que hasta mejor que fueran de bananos, porque eran algo más suaves. Y la mañana siguiente, agarrado fuertemente de la mano de ella, se despidió de este mundo mirándola, agradecido, con aquella misma sonrisa con la que había conquistado a su esposa, a sus amantes y a su nuera.

Sobre el autor

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa (Guantánamo, 1949) es narradora, periodista, guionista de radio y televisión, promotora, productora cultural, crítica y ensayista. Técnica en informática, fue profesora universitaria y asesora de tesis de grado de la Facultad de Comunicación Social (Colombia 1998-2008). Es también curadora y ha obtenido numerosos lauros y reconocimientos por su obra literaria y radial. Su primer premio literario lo recibió a los 15 años de edad. Ha publicado varios libros con la coautoría del maestro Arístides Pumariega.

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