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El Talibán o los mensajeros de Alá

El Talibán o los mensajeros de Alá

abril 09
01:57 2011

1-mullah_omarAfganistán, tierra de feroces guerreros, es un país con 20 millones de habitantes cortado por la monumental cadena montañosa Indo-Kush, donde se elevan los montes Pamir, que Marco Polo llamó “el techo del mundo”.

Su geografía ha determinado su política, la naturaleza de su pueblo y su historia, que es de rutas (como la de La Seda), de encrucijadas imperiales, como la de Alejandro, de avalanchas nómadas como las de Gengis Kan y Tamerlán, de convulsiones religiosas como el zoroastrismo, el maniqueísmo y el budismo. El célebre poeta hindú Mohamed Iqbal la representó como “el corazón del Asia”, mientras Lord Curzón, Virrey de la India, la denominó como su “marmita”.

No resulta novedoso ser el epicentro del terrorismo. El Talibán, en su intento de oponer el Islam al Occidente y generar un choque de civilizaciones, es sólo el último en un amplio inventario de conquistadores, señores de la guerra, apóstoles y sofistas que han desandado por este corredor intra-montano, destruyendo viejas culturas y teologías.

Al Norte moran los Uzbecos y los Tayikos; al Este los persas shiítas; al Sur los Pashtún, que la han señoreado por casi 300 años. Los ingleses crearon aquí otro embrollo, componiendo el Afganistán con pedazos de Irán, de las Repúblicas Asiáticas y de Pakistán, dividiendo al pueblo Pashtún. Los soviéticos nunca entendieron Afganistán y por eso se empantanaron en una revuelta étnica armada por Estados Unidos, China y Arabia Saudita. El dilema es entonces: cuatro etnias islámicas, enemigas por siglos y que, en el poder, cada una se ha mostrado implacable con las otras.

La etnia Pastún (ahora Talibán) no ha sido la única que ha perpetrado genocidios; por eso, en Afganistán nunca han funcionado las coaliciones, los pactos, la “representatividad” gubernamental; aquí siempre se ha operado a partir de los Señores de la Guerra. El Talibán es una criatura de la desaparecida premier Benazir Bhutto y de sus órganos de inteligencia, para favorecer a los Pastún (mayoría en el ejército paquistaní) y controlar las rutas terrestres y el contrabando con Asia Central. Por eso recibían apoyo financiero de los camioneros transportistas afganos. La mayoría de estos guerreros islámicos eran jóvenes salidos de madrazas -escuelas teológicas islámicas-, que se reprodujeron como hongos en los campos de refugiados afganos en Pakistán. La mayoría huérfanos de la guerra, adoctrinados por toscos mullahs (guías) como “purificadores” de la corrupción y los excesos para instaurar una sociedad islámica ideal.

El jefe de esta hermandad masculina ha sido el Mullah Mohammed Omar, un tuerto inculto, misterioso y elusivo, sin pedigrí con la familia del Profeta, con su harén de tres concubinas, que se legitimó al encaramarse en un minarete de Kandajar, arropado con el supuesto manto sagrado de Mahoma, ante una multitud delirante de talibanes que le proclamó como líder absoluto de la fe islámica.

El Talibán asumió todas las características de una orden militar religiosa, que rememora las de la cristiandad de los cruzados, o del corte de los jenízaros turcos. La aplicación de la Sharia -la ley islámica-, por los soldados de Alá y mediante una Policía Religiosa, hizo cundir el pánico en la región, sobre todo al inspirar a comunidades islámicas a través del Pakistán y del Asia Central. Denegó todo tipo de recreación, desde la música hasta el empinar papalotes a los niños, envenenó pozos de agua, destruyó sistemas de irrigación, arrasó con villas y ciudades, precipitó sequías y dividió el país en Pastún y no Pastún.

Estos huérfanos criados como eunucos, sin conocer la compañía de mujeres, madres, hermanas, primas o amigas, que recibieron de sus mullahs la noción de la hembra tentadora que obstruía los servicios a Alá, que han mitigado sus deseos carnales en la interrelación homosexual, no vieron nada inusual en las pavorosas proscripciones de género que instituyeron. Su sociedad masculina absoluta, supuestamente desafiada por la otra mitad del género humano -¿aborrecimiento a la feminidad?- les llevó a vedarle a la mujer la educación, el trabajo, la vida pública, tapándola de pies a cabeza. Junto a la destrucción de los colosales budas, sometieron al hambre a la región de Hazara, porque las mujeres hazarí rechazaban la Burka.

En el meollo de esta pugna está la intensa rivalidad de los estados colindantes y las petroleras de Occidente por las vastas reservas (petróleo y gas) del Asia Central, por determinar el tránsito y terminal de los oleoductos hacia Europa y Asia. Rusia, con su viejo sueño zarista de una ventana al Indico; Pakistán favoreciendo al Talibán Pastún; Irán asistiendo a los shiítas afganos; Arabia Saudita afiliándose con quien esté en Kabul para controlar los precios del crudo; Washington apoyando al coloso Unocal con su gaseoducto por territorio Talibán.

Pero no es la batalla por los oleoductos lo que inquieta al Occidente y parte del mundo islámico, sino el fundamentalismo Talibán con su sangrienta limpieza étnica; en nombre de Alá, torturan, castran, despellejan vivos y ahorcan prisioneros. Dondequiera que esté el Talibán se generaliza el hambre, la marea de refugiados hacia todos los puntos, la exacerbación de las divergencias étnicas sumiendo el caos, retrotrayendo la Historia, polarizando los estados regionales en bandos hostiles.

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