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El terror rojo

El terror rojo

El terror rojo
marzo 07
17:55 2015

Al comienzo del Estado soviético Lenin defendió el terror sin ambages: “Hay que plantear, abiertamente, que el terror es justo en principio y en política, que lo fundamenta y lo legitima su necesidad”.

¿Se trataba el bolchevismo de una variante rusa del comunismo, exportada a continuación, y el estalinismo su período más intenso?

No es posible aislar a Laurenti Beria de Stalin, ni separar a Stalin de Lenin. Este fue quien fijó los grandes rasgos del nuevo régimen, de prevalecer a toda costa en un maquiavelismo extremo, donde el fin justifica todos los medios y donde no existe absoluto alguno.

Lenin nunca buscó la verdad, buscaba la victoria. En los países comunistas la “dictadura del proletariado” implicaba el terror policíaco. De ahí provienen los asesinatos en masa, la tortura y las amenazas; a lo que se añaden los campos de concentración.

Lo ilustra 1989: en cuanto el terror fue suspendido la policía y el ejército no recibieron órdenes de disparar, y Mijail Sergeevich Gorbachev ordenó a sus divisiones blindadas de no interferir; fue entonces que los Estados totalitarios comunistas se derrumbaron como un castillo de naipes. Lenin impartió al comunismo una orientación moral mucho más importante que su contenido intelectual.

Esto fue lo que hizo del comunismo una fe, una militancia de partido, una devoción. Lenin repetía que para un proletario la moral correspondía a sus intereses de clase y su lucha por el poder. Su partido se convirtió en una elite con el mandato de todo el progreso humano, y el militante asumió la dedicación del profeta y la intolerancia cruel del fanático.

La policía de Estado invirtió el principio expresado por el novelista León Tolstoi, según el cual en el mundo no hay culpables. “Nosotros, los chequistas –dice un personaje de la novela Vida y destino, del soviético Vassili Grossman–, hemos puesto a punto una tesis superior: no hay en la tierra gente inocente”.

Fuera de las cárceles o en el interior de las cárceles, la vida en el comunismo es la misma. El individuo suprime el derecho a la acción, renuncia a su autonomía y obedece las leyes impersonales de la Historia, formuladas por los poderes públicos y por las directrices dictadas por los líderes. Así, el Estado tendrá como principio esencial ser un ente sin libertad.

La Cheka era el más aterrador instrumento de la dictadura y sembraba el terror por toda Rusia. Y Félix Dzherzhinski, primer verdugo del nuevo Estado, se mostró aquí, bajo cierta luz, sanguinario e implacable. Y en el sistema de los nuevos valores éticos, a este jefe de los carceleros y de los verdugos le tocó el papel de eminente modelo moral. A primera vista, podría creerse en una especie de perversión patológica de la nueva sociedad.

Dzerzhinski fue calificado por Lenin como el sólido jacobino proletario que al frente de la clase obrera aplasta, mediante un terror masivo, a la hidra de la contrarrevolución’ “Que los enemigos de la clase obrera sepan que todo individuo detenido en posesión ilícita de un arma será ejecutado en el mismo terreno, que todo individuo que se atreva a realizar la menor propaganda contra el régimen soviético será inmediatamente detenido y encerrado en un campo de concentración”.

Una amenaza que León Trotski ya había adelantado en diciembre de 1917, tan sólo dos meses después del estallido revolucionario, cuando al crearse la Cheka dijo: “En menos de un mes, el terror va a adquirir formas muy violentas, a ejemplo de lo que sucedió durante la gran Revolución francesa. No será ya solamente la prisión, sino la guillotina, ese notable invento de la gran Revolución Francesa, que tiene como ventaja reconocida la de recortar en el hombre una cabeza, lo que se dispondrá para nuestros enemigos”.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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