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El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro

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El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro

Marelbys Ochoa y Antonio Correa durante la presentación del libro en el Festival Vista

El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro
junio 23
12:04 2016

 

“El destierro se convirtió en disciplina intelectual”. Así comenzaba Esperanza Figueroa, del Elmira College, el prólogo a Cuentos para adultos niños y retrasados mentales, de Lydia Cabrera, en la edición de Universal de 1983. ¿Ha primado la disciplina intelectual en el destierro-exilio de las últimas dos o tres décadas?

No sería afirmativa la respuesta en su sentido pleno y justo. Con algunas excepciones el destierro-exilio ha sido disciplina intelectual, aunque en su gran mayoría la disciplina se ha disuelto y lo intelectual se ha licuado en una sudo-intelectualidad trepidante y mediática. No lo digo yo, la realidad se ha encargado de ello.

Todo lo anterior no es más que un pretexto para presentar un texto que, aunque dista mucho del anterior, está unido a él por el vínculo de la disciplina, en un esfuerzo por recuperar, restaurar y sobre todo tratar de superar la memoria y sus agónicas asociaciones.

Proscripción: El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro (Neo Club Ediciones, 2015), de Marelbys Ochoa (Topacio Azul), es un texto sencillo, que no es lo mismo que simple. Nada es simple, nos decía Gastón Bachelard, todo es una trama de relaciones. Y es sencillo porque “Proscripción…” se ha establecido desde lo testimonial como género o modo. Si esto es cierto, el testimonio –estructura seminal de este libro– no necesita de los sobresaltos de la poesía, del vértigo de las narraciones o de los vericuetos que algunos nos agenciamos para transmitir una experiencia. El testimonio se arroja como la experiencia, el testimonio se suspende en la acción narrativa generando un desasosiego muy parecido al vacío. Por eso un texto testimonial vale más que un tratado sociológico, ejerce más influencia que una argumentación histórica y definitivamente guarda para sí el incentivo de lo sensorial, el pasaje humano asociado al recuerdo.

Y es precisamente la memoria, el recuerdo, la remembranza, una de las claves estructurales del libro. Elizabeth Loftus (Distinguished Professor of Social Ecology, and Professor of Law, and Cognitive Science University of California) ha insistido en el hecho de que los trastornos asociados a la memoria no deben ser reducidos a cómo vamos perdiendo esta capacidad. Elizabeth Loftus ha insistido en el hecho de que los mayores trastornos relacionados con la memoria tienen que ser asociados a la constitución de falsas memorias, a cómo la persona recuerda o cómo un recuerdo puedo transformarse en ensoñación al tiempo que se pierde la capacidad de discernir si este hecho verdaderamente ocurrió. O el hecho mismo de no saber discernir la procedencia de un pasaje asociado a la memoria. Y lo más “común”: cómo se reconstruye la memoria sin la capacidad de discernir entre “realidad” y “ficción” pero, sobre todo, la dimensión ética en la reconstitución de la memoria.

Hago toda esta digresión pues la cuestión de la memoria y su manejo ha sido para el gobierno cubano anatema y razón política en la constitución del totalitarismo. Aquí podría abrirse una zona de confluencia que podríamos llamar “totalitarismo y memoria”, que en mucho me recuerda la obra de Tzvetan Todorov:

“Los regímenes totalitarios del siglo XX revelaron la existencia de un peligro hasta entonces insospechado: el de la manipulación completa de la memoria. No es que en el pasado se haya ignorado la destrucción sistemática de documentos y monumentos, lo que es una manera brutal de orientar la memoria de toda una sociedad (…) –y más adelante señala– (…) Los hechos que constituyen el pasado no nos llegan en estado puro, ya han sido seleccionados y jerarquizados precedentemente; además, se nos presentan a manera de narraciones, y esas narraciones adoptan todas la misma forma”.

Si tenemos en cuenta todo lo anterior, eso que llamamos o solemos llamar “pueblo”, y en este caso concreto “pueblo cubano” –aunque no siempre sepamos qué queremos decir con eso–, no tiene sus cuentas muy claras con la memoria. Lo que un hecho fue, no tiene su correlato en la memoria; lo que en un momento ocurrió no puede ser constatado en el “archivo” de la historia. Donde digo, digo, resulta que después digo Diego. Afirmación, negación, regresión, conmiseración, encubrimiento, revelación, son muchos de los extremos en la construcción de la memoria. Por ejemplo, cuando Fidel Castro en respuesta a una de las preguntas de Ignacio Ramonet afirma que no sería justo decir que la revolución cubana comenzó en 1959, sino en 1868, estamos en presencia de lo que Elizabeth Loftus ha llamado “falsa memoria”. Una memoria falsa se define como una serie de recuerdos de detalles o eventos que no ocurrieron o que han sido distorsionados si es que realmente ocurrieron.

¿A qué viene todo esto, a santo de qué todas estas consideraciones… intempestivas?

Proscripción: El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro agrupa varios nudos temáticos que –aunque no son desarrollados en su totalidad– ofrecen una percepción del conflicto que esta relación ha supuesto en este más de medio siglo de domino hegemónico.

La propia noción-acción de Proscripción aglutina un fenómeno que ha sido perpendicularmente estudiado y reducido a zonas limítrofes, como si el fenómeno de las UMAPs y/o el llamado “Quinquenio gris” explicaran por sí solos la naturaleza rizomática y vario-pinta del exilio-in-xilio-ostracismo que vivieron varias generaciones de cubanos. Un segundo nudo temático sería el tormento de la Fe y, lo que es más importante, los mimetismos asociados a este, y un tercero aunque no último, la “Cuba de Fidel Castro”. Su solo enunciado lo hace de por sí anatemático. Y es que nos guste o no –y aquí entra a jugar nuevamente la sustanciabilidad de la memoria– hay una Cuba construida a imagen y semejanza de Fidel Castro que no guarda correlación alguna con la tradición republicana de pensamiento, acción y civismo.

Proscripción coloca en el centro de atención a quienes han sido –como los judíos lo fueron– epicentro de una segregación sobradamente antinatural. Los Testigos de Jehová en el caso cubano se han constituido en epicentro de un desprecio al que no ha sido sometida ninguna otra denominación protestante y/o católica. El solo nombrarlos convoca al desprecio, el resquemor y la silenciosa descomposición; no importa si existen razones fundadas o infundadas para ello. Por alguna razón -sin explicación hasta hoy– el gobierno cubano ha logrado instalar una suerte de animadversión y despreciable jocosidad hacia esta denominación, instalándose en el universo simbólico del cubano de a pie.

Quizás una de las razones de este desprecio no deba ser buscada en el campo teológico. Ha sido lo político, pero sobre todo la firmeza en torno a ello, lo que ha destapado y recrudecido un odio visceral a los practicantes de esta denominación. Por ejemplo, el hecho de ser “apolítico” metafísicamente hablando despertaba y despierta en los represores un ensañamiento “pocas veces visto”. Y es que en todo ello no hay un sentido “antinacionalista”, es sencillamente una posición consecuente con una comprensión de la Fe y su práctica.

Los que sí entendieron desde muy temprano todo este fenómeno asociativo fueron ellos que –articulando una resistencia casi fundamentalista– fueron incorporando este sentido de la resistencia cuando las masas –que nunca han tenido forma– bailaban el son de las victorias ilusorias.

Por ello, Proscripción: El tormento de la Fe en la Cuba de Fidel Castro es un texto valioso en su difícil sencillez. Y lo es una vez que recupera heridas abiertas –como dije en mis palabras de presentación del libro de Ángel Santiesteban– o cicatrizadas que aún laten, pues recuerda la forma brutal en que fueron hechas. Proscripción es un texto valioso pues nos coloca de plano en historias de vida que no han entrado en el discurso oficial de la historia y que siguen regurgitándose una y otra vez, llenando de acidez un paladar atrofiado por una normatividad política y simbólica.

Pero también Proscripción es un texto sobre el manejo de la religiosidad y de su papel en la sociedad cubana, un papel que se ha pretendido reducir al contoneo feliz y complaciente de Cardenales y Obispos apoltronados.

Cuando todos los escenarios políticos apuntan a una “reconciliación” desmemoriada desde el establishment; cuando los jerarcas en extremos cromáticos se empeñan en reeditar el beso que antaño se propinaran Erich Honecker y Leónidas Breznev; cuando parece que nada a pasado en las últimas décadas, se impone la disciplina intelectual como ejercicio y práctica para –reagrupando la memoria– devolverle a los muertos la razón de su muerte.

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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