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El totalitarismo, notas al margen

El totalitarismo, notas al margen

El totalitarismo, notas al margen
junio 29
04:46 2017

El totalitarismo es una revolución permanente animada por una voluntad cuyo radicalismo es tal que podría definirse como satánica. Digo esto porque su máxima intención pasa por re-crear el mundo y para ello necesita destruir todo lo que existe a fin de poder disponer de “la página en blanco”, al decir de Mao Tse-tung. De lo que se trata es de hacer tabula rasa con todo el pasado y comenzar a escribir una historia totalmente distinta, nueva.

De ahí que el totalitarismo conciba la lucha política como una despiadada guerra de aniquilamiento que debe implicar a toda la sociedad: instituciones, leyes, valores, ideas, costumbres, tradiciones, sentimientos, etc. El objetivo declarado del totalitarismo es edificar un hombre nuevo, limpio de toda la inmundicia que las contaminaciones y los prejuicios de la pretendida civilización le habían echado encima, curado de las deformaciones y restituido a la pureza de sus orígenes.

Nada del viejo y decadente mundo debe quedar en pie: tal es la premisa fundamental de la construcción del mundo nuevo y del hombre nuevo. De aquí el radical nihilismo proclamado explícitamente por los fundadores de ambos movimientos, el bolchevismo y el nazismo. Para Lenin, el transito del capitalismo al socialismo vendría precedido de fuerte dolores de parto, un largo período de dictadura del proletariado. La demolición de todo el régimen burgués, el aniquilamiento implacable de todas las formas de capitalismo y la liquidación de la burguesía en cuanto clase hegemónica. Una operación que según Lenin había de llevarse a cabo “al modo plebeyo, exterminando implacablemente a los enemigos de la libertad”.

Uno de los rasgos esenciales del totalitarismo es la estatización integral de la sociedad. Para ello es menester abolir la propiedad privada y el mercado: así se elimina la autonomía de la sociedad civil en beneficio del Estado.

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La única revolución que merece la calificación de totalitaria es la comunista. En el comunismo, en el sector de la economía, todo deviene derecho estatal y jamás privado. La estatización íntegra de la vida social fue el objetivo del bolchevismo en Rusia, o sea, todo en el Estado. Nada fuera del Estado. Aunque Mussolini fue quien estableció esta máxima, Lenin fue quien llevó hasta sus últimas consecuencias este axioma del Estado Totalitario.

Una vez que se concibe al espíritu burgués, con su desmedido afán individualista y de lucro, como el principal obstáculo a la realización de una auténtica vida colectivista basada en la desaparición del individuo, engullido por la comunidad y la coincidencia del fin personal con el social, la única solución lógica pasa por la sustitución de la mano invisible del mercado por la mano visible del Estado planificador, dueño y señor exclusivo de vidas y haciendas.

También el fascismo devino forma nacionalista y moderada de socialismo revolucionario, si por socialismo revolucionario se entiende –como es de suyo– una declaración de guerra permanente a la sociedad liberal capitalista, tendiente a la creación de una compacta y monolítica comunidad orgánica. El fascismo fue un bolchevismo de derechas y, en efecto, el movimiento fundado por Mussolini presentaba bastantes rasgos propios del leninismo: la concepción militar de la lucha política, la despiadada voluntad de aniquilar a los enemigos, el desprecio por los valores liberales, la fanática convicción de ser el portador de una nueva civilización, la determinación de plasmar cualquier tema físico o moral a la luz de la ideología revolucionaria. En otras palabras, el totalitarismo fascista es antiliberal pero no anticapitalista, al menos en un sentido corporativo.

Por ejemplo, en Italia Mussolini se preocupó permanentemente de dejar bien claro que su régimen no pretendía en absoluto “atacar el derecho de propiedad”. Sin embargo, este derecho no podía conjugarse con la vocación totalitaria del fascismo y con su declaración de guerra a las libertades individuales. Asimismo, en Alemania existía el mercado, aunque no era un mercado libre y muchas de las decisiones que tomaban los propietarios de las empresas no eran producto de su libérrimo albedrío, sino decisiones de carácter abiertamente político, impuestas por el Partido Totalitario (nazi) que controlaba el Estado y que todo lo juzgaba con rígidos criterios ideológicos. El resultado fue que la propiedad no fue ya un asunto privado sino una especie de concesión del Estado, del cual dependía el poder de la intervención y de confiscación por quienes detentaban el monopolio de la violencia. Por supuesto que a partir de la guerra el control estatal de la economía y los recursos disponibles se hizo absoluto y completo.

El principio mussoliniano de la revolución continua –el hombre nuevo– se concibió en términos de adoctrinamiento intenso y pertinaz, dirigido a extirpar el espíritu crítico de las mentes y a sustituirlo por la fe ciega en la infalibilidad del Duce. El mismo, impulsado por su misma pretensión totalitaria, proclamó ser el guardián institucional de una nueva religión, no menos dogmática que la católica, en la convicción de que solo una doctrina vivida como una fe que todo lo incluye podría realizar la metamorfosis intelectual y moral de los italianos. La revolución permanente de Trostky es otro ejemplo de ello; la encarnación de la revolución en el líder carismático, como en el caso cubano.

La cultura liberal tradicional cifró su ideal en la lógica cartesiana, o sea, un hombre optimista, racionalista, confiado en la verdad y en los propios instrumentos de la lógica para comprender su destino en un mundo gobernado por la razón y por las leyes inmutables, encaminado a un progreso sin fin fundado en el crecimiento económico y la creación de riqueza, promovidos por sucesivas revoluciones industriales, científicas y tecnológicas. Por estas razones es que el totalitarismo se enfrenta a la Modernidad, pues ésta significa secularización, o sea, vida sin valores sacros, en otras palabras: todo lo contrario a la sacralización de la política y de la elevación del Estado a una categoría absoluta, frente al cual los individuos y los grupos carecen de voz y de presencia. El totalitarismo, en su versión nazi-fascista y bolchevique, debe ser considerado una manifestación de rebelión contra el mundo moderno. Esta ideología, animada como está por el rechazo a la Nación Moderna y la civilización de los derechos y las libertades individuales, desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

En la actualidad, el modelo liberal de democracia, basado en el imperio de la ley, se encuentra seriamente asediado, como nunca antes, por el marxismo cultural en su variante gramsciana, el islamismo radical y el poder autoritario ruso. De modo que estamos obligados a defender nuestras libertades so pena de convertirnos en ciervos de un nuevo y más avasallador tipo de servidumbre.

Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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